MIL PALABRAS (233) Aquí estoy

4

Por Ramón Grimalt

Siempre lo he dicho y me importa muy poco o nada reconocerlo: yo no tengo amigos. Evidentemente por ahí aparecen conocidos, varios, pero de ese punto a la amistad hay un largo trecho, porque en un país gregario como el nuestro andamos sobrados de compadres y comadres, hermanos y hermanas como si todos fuésemos una gran familia, y perdóneme, usted y yo no comemos del mismo plato.

Admito que soy un tipo raro que, dadas la circunstancias, vive rodeado de libros, escribe como un condenado a muerte a quien le hubieran concedido ese último deseo antes de que le fundan los plomos en la silla eléctrica, escucha ópera a todo volumen soliviantando al vecindario y ama devotamente a una mujer fantástica a quien he entregado mi alma sin derecho a devolución. Pero entremos al ruedo, que es ahí donde usted y yo nos solemos encontrar.

Bien. La otra tarde, repasando las noticias de la jornada, me sorprendió la deriva legal que ha tenido la publicación en Brújula Digital de una nota firmada por Raúl Peñaranda cuestionando ciertos procesos de licitación de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTEL). En realidad, me llamó la atención que desde la gerencia se amenace al periodista con un juicio penal considerando que todavía en Bolivia rige la Ley de Imprenta. No seré yo, porque además no me corresponde, quien rompa una lanza por la nota publicada, pero lo que toca en este momento es recordar a ENTEL que la Constitución consagra y garantiza la libertad de expresión y el derecho a la información y que por lo tanto no corresponde un proceso legal por la vía ordinaria.

Pero más allá de esto que de algún modo u otro se dilucidará en las instancias correspondientes y que subrayo, preconizo y defiendo porque soy periodista y de ello me alimento, me gustaría dejar por escrito mi solidaridad con un colega a quien aprecio mucho sin que sea mi amigo porque, insisto, no soy como Roberto Carlos y su millón.

Conocí a Raúl hace diez años en la calle, mi medio ambiente natural cuando ejercía de reportero. Entonces, me hizo una oferta que no pude rechazar y con un puñado de colegas fundamos el periódico Página Siete. De aquella etapa guardo gratos recuerdos, por ejemplo, las reuniones editoriales encabezadas por Raúl en el cargo de director y Cándido Tancara como jefe de redacción, además de los editores de sección de la talla de Alberto Bonadona, Marco Zelaya y Fernando Chávez. Aquellos encuentros a primera hora de la mañana que culminaban en enriquecedoras tertulias, me permitieron conocer diversas perspectivas de la realidad boliviana y aprendí a trabajar en equipo, nutriéndome del conocimiento de cada uno. Por supuesto tuvimos nuestras discrepancias a la hora de hallar un enfoque, incluso discutimos con la vehemencia propia de quien defiende su chaco, pero siempre en el marco de un respeto profesional que hoy, cuando las cosas vienen mal dadas, es lo que quiero expresar a Raúl. A mí no me va, y él lo sabe, la palmadita fácil en la espalda, el beso, el abrazo  y ese “estoy con vos, mi hermano” que suele quedar muy bien de cara al gallinero.

Yo, muy señor mío, suelo ir de frente y aquí y ahora le digo a mi compañero de faena, que si me necesita aquí estoy. Siempre estoy, Raúl.