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La Copa que consagró a Gonzalo “Pity” Martínez






2 enero, 2019

AGENCIAS
La historia de la canción que los fanáticos inmortalizaron luego de la victoria en el último Superclásico en La Bombonera por la Superliga comenzó en enero de 2015. El club desembolsó 40 millones de pesos argentinos (en ese entonces alrededor de 4.5 millones de dólares) por el 70% del pase de Gonzalo Nicolás Martínez, el enganche estrella de Huracán que había ascendido con el Globo y se había consagrado campeón de la Copa Argentina. “Es un paso enorme en mi carrera, estoy cumpliendo un sueño”, dijo en ese entonces el hombre nacido en Guaymallén, Mendoza. No mentía: de chico, cada vez que el Millonario visitaba su provincia, el hijo de Luis y Liliana -quinto de siete hermanos- iba a sacarse fotos con los jugadores.
Un mes después de que el talentoso volante se sumara a los entrenamientos con el plantel del Millonario, Pablo Aimar debía ser operado nuevamente de su tobillo y Marcelo Gallardo decidía darle la camiseta número 10, esa que lucieron Norberto Alonso, Ariel Ortega y el propio Muñeco, al Pity. “No creo que le pese porque es un chico con personalidad y tiene el juego en la sangre”, lo bancaba el DT. Esa era la primera vez que Gallardo respaldaba al mendocino, pero no fue la única.
En su primer Superclásico en el Monumental, por la ida de octavos de la Copa Libertadores 2015, el 10, que había entrado a los 28 minutos por Driussi, encaró y forzó el penal de Marín que terminó en gol de Carlos Sánchez para el triunfo 1-0. La vuelta fue el recordado episodio del gas pimienta. Tres meses después levantó la Copa y le cumplió el sueño a su papá y a sus hermanas, fanas del Millonario. Eso sí, su escasa participación en la Libertadores obtenida lo dejó con sabor a poco (ni siquiera tuvo minutos en el partido consagratorio ante Tigres) y con ganas de tomarse revancha.
El final del 2015 y el comienzo de 2016 no fueron de lo mejor para el volante que alternaba buenas y malas (más malas que buenas) y despertaba la impaciencia de los hinchas que murmuraban cuando agarraba la pelota y se quejaban cuando la perdía o no terminaba bien una jugada. En febrero, ante Quilmes en el Monumental, se esucharon algunos silbidos ante algunas malas decisiones del Pity que, en su primer gol de los dos que convirtió en esa goleada, festejó con el dedo índice sobre sus labios cerrados pidiéndole silencio a la platea Belgrano. Apenas un rato después ofreció disculpas públicas: “Le pido perdón a la gente de River”.
Con el correr del 2016 fue afianzándose en River y sus buenos rendimientos fueron más regulares. Gallardo siempre lo respaldó y esperó para ver a ese jugador por el que tanto había insistido. Incluso, probó cambiándolo de posición para darle más alternativas y herramientas. El Pity no lo defraudó y se transformó en una pieza clave para el Millonario. En 2017 llegó su primer gol a Boca, de zurda y de volea, para poner el 1-0 parcial en el triunfo 3-1 en La Bombonera. Cuando tenía que aparecer, el ex-Huracán estaba allí. “El caso de Gonzalo es exponencial, porque está mejorando su rendimiento y el hincha lo respalda”, dijo a comienzos de 2017 Gallardo. Y el año terminó con otro título, el sexto desde que llegó al Millonario.
El 2018 fue, definitivamente, su año. En marzo volvió a convertirle a Boca en uno de los partidos que quedarán para siempre en su memoria. Fue por la Supercopa Argentina: el 10 agarró la pelota, pateó el penal y le dio el primer gol al Millonario, que lo terminaría ganando 2-0 con un tanto de Scocco (asistencia del Pity). A partir de ahí, fue todo para arriba. Aunque tuvo algunos partidos flojos, demostró que Gallardo tenía razón: se convirtió en una figura fundamental en el tipo de juego que decidió plantear el DT. La pelota siempre pasó por él y, cuando el mendocino estuvo bien, todo River brilló y festejó. Fue el conductor del equipo siempre, también en los partidos más difíciles. Como en La Bombonera, cuando repitió el gol que había hecho en 2017 y que motivó a los hinchas a dedicarle el cantito que se hizo titular, remera y bandera.
Después del festejo ante Boca por la Superliga, el 10 se hizo cargo del penal en Porto Alegre en la revancha de semis ante Gremio y clavó el gol de la clasificación, nueve minutos antes de que terminara el partido. Pasaron 11 días y en La Bombonera, donde se disputó la ida, jugó e hizo jugar: asistió a Pratto en el 1-1 y tiró el centro que provocó el gol en contra de Izquierdoz para el empate que anticipó una Superfinal para alquilar balcones y ver al Pity jugar. La historia de las idas y vueltas para celebrar la revancha son por todos conocidas, hasta que llegó la mítica noche del 9 de diciembre en el Bernabéu y su última locura: la corrida de casi 60 metros en soledad con la pelota pegada a su zurda para tocarla ante el arco vacío. La Copa era una vez más de River, en gran parte gracias a la figura del equipo, quien minutos después hizo lo opuesto a su tanto: paró la pelota y anunció que, después del Mundial de Clubes, buscaría un nuevo rumbo para su carrera (será el Atlanta United), ya con su nombre grabado en la historia de Núñez junto al de otros eternos.
El adiós no pudo ser perfecto por un detalle: en la semifinal del Mundial de Clubes ante Al Ain tuvo un penal que pudo ser el 3-2 y el pase a la final, pero reventó el travesaño y luego el equipo emiratí se impuso en los penales. Sin embargo, en el duelo por el tercer puesto pudo celebrar sus últimos dos goles y desatar la ovación casi eterna de los fanáticos que viajaron hasta Medio Oriente.
Según una de las definiciones de la RAE, loco es aquel o aquello que “excede en mucho a lo ordinario o presumible”. El Pity Martínez, sin dudas, está loco y se transformó en uno de los grandes ídolos de River.

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