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Tecnología cívica para los desafíos urbanos





23 noviembre, 2018

Antoni Gutierrez-Rubí

Las grandes tecnológicas han revolucionado la agenda urbana. En cualquier gran ciudad del mundo se pueden identificar los efectos producidos por esta ola digital, hasta el punto de que ya no son temas ajenos a la opinión pública. La disrupción ha llegado a los entornos urbanos, después a la opinión pública y, finalmente, a los legisladores. Hoy ya no hay ninguna duda acerca de que las big tech están condicionado el diseño y la implementación de las políticas urbanas.
Cualquier análisis sobre el acceso a la vivienda o el modelo turístico no se puede desvincular de la generalización de plataformas digitales de alquiler de alojamientos. El estudio para la mejora de la movilidad debe tener en cuenta cómo nuevos formatos de transporte están afectando al tránsito. Las políticas para afrontar la desigualdad urbana deben conocer el papel del sector tecnológico y el cambio de modelo productivo de la transformación digital. Y, también, las estrategias de promoción económica estarán condicionadas por la relación que las ciudades pretendan establecer con los nuevos gigantes de la economía global.
Estos son solo los primeros síntomas de un fenómeno que acaba de arrancar. El despliegue de estas grandes tecnológicas en las ciudades donde operan no es casual, ni improvisado. También tiene su propia agenda. Los entornos urbanos son los escenarios idóneos para probar nuevas tecnologías—incluso condicionando la trama urbana desde el origen—, para instalar sedes con proyección global y, obviamente, un gran mercado en el que seguir creciendo.
Ante esta situación, hemos visto cómo los gobiernos locales alrededor del mundo reaccionaban para paliar los efectos de este aterrizaje tecnológico. Por un lado, aplicando políticas de contención para ganar tiempo y para tratar de poner orden a aspectos de la vida urbana que se habían descontrolado; y, por otro, iniciando contramedidas, como las iniciativas a favor de la soberanía digital, o abriendo debates sobre los peligros de una ciudad demasiado inteligente.
Pero no nos engañemos, pasada esta toma de contacto, el choque irá a más. Y, para afrontarlo con garantías, las ciudades no necesitarán una estrategia de resistencia, necesitarán un modelo. Tener un criterio propio que les sirva como guía de actuación para mejorar y profundizar en la gobernabilidad, a la vez que se adaptan a la transformación digital de la sociedad. Sin confrontación, ni sumisión. Una agenda propia que sea compartida y que se integre en el nuevo relato urbano que está emergiendo.
Las tecnológicas también deberían estar tomando nota de las resistencias que encuentran. Las grandes áreas metropolitanas no son ni espacios caóticos que hay que ordenar, ni mercados por explotar. Esta visión no funcionará en los entornos urbanos. Actuar así es el mejor incentivo para que sigan apareciendo nuevos límites regulatorios y para que los problemas de imagen ante la opinión pública vayan a más.
El reto es el empoderamiento efectivo de la ciudadanía. El futuro de las ciudades no reside solo en su capacidad de integrar la tecnología, sino también en su voluntad de fomentar e incrementar las interacciones sociales y el protagonismo ciudadano. En otras palabras, de promover la emergencia de los ciudadanos inteligentes a través de la tecnología cívica. La civic tech no tiene otro objetivo que adaptar la herramienta a un propósito que está —o debe estar— por encima de ella: la mejora de la gobernanza.
Quizá esto debería plantearse al inicio de nuestra reflexión. En la era de la obsesión por la innovación es preciso detenerse y recordar lo obvio: los cambios sociales no los genera la tecnología, sino las ideas. Este es el orden correcto. No es el último avance técnico el que moldea la realidad, sino que lo hacen las nuevas corrientes de pensamiento. Y en cualquier caso, la tecnología se puede adaptar a estos movimientos de fondo, convirtiéndose en una herramienta fundamental, en un medio.
En un momento de replanteamiento profundo sobre la ciudad inteligente, este podría ser un buen punto de partida para todos los actores implicados. Un modelo compartido y consensuado para gobiernos locales y metropolitanos, una línea estratégica para el sector tecnológico y un objetivo de mínimos para la ciudadanía. Sin ello, será muy complicado que podamos afrontar todos los problemas que ya forman parte del presente y futuro de la agenda urbana.

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