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MIL PALABRAS (217) El buzón de quejas





7 noviembre, 2018

Por Ramón Grimalt
Hay un viejo adagio inglés que reza con mucha ironía, faltaría más, “los médicos me enferman” y la otra tarde, sosteniendo una inevitable charla circunstancial en plena vía pública (a veces no me funciona ese recurso de la armadura de los auriculares y el libro o el periódico bajo el brazo a fin de mantener una prudente y saludable distancia con la gente), un buen hombre me contaba su peregrinación para conseguir una cita con un prestigioso traumatólogo paceño.
Tras escucharlo (en realidad hubiera preferido oírlo) le recomendé que se lo tome con paciencia, que seguramente el facultativo en cuestión tiene una agenda al borde del colapso y que vale la pena esperar, por decirle algo y sacármelo de encima porque se estaba poniendo un pelín pesado. “Pero usted, señor periodista, no podría decir algo en su programa para que el doctor se dé por aludido y atienda un poquito más rápido”, acabó pidiéndome aquel caballero que mostraba una notoria cojera y al menos fue digno y decente y no buscó el recurso fácil de hacerse la víctima arrastrando la pierna.
¡Y aquí vamos de nuevo! El periodista como respuesta a los problemas de la sociedad cuando nuestro trabajo es mostrar esos problemas con el objetivo de que las autoridades los solucionen, pues para eso cobran un sueldo. Personalmente no creo en el periodismo como buzón de quejas; siempre he detestado la nota o pieza lastimera en que un reportero pone el micrófono en las narices de la víctima de alguna desgracia para que ésta se desahogue a moco tendido. N o se trata de una cuestión de sensibilidad ni mucho menos, sino de ejercicio profesional. El periodismo refleja hechos, lo más objetivamente posible y toma distancia, jamás se involucra o empatiza con la fuente. Sí, le permito que me llame frío y si quiere o lo prefiere desalmado, pero ese es mi trabajo, contar hechos, nunca narrarlos, porque en la construcción de una narración existe una notoria carga de subjetividad y fuero interno qua acaban convirtiendo al hecho en relato y éste jamás será periodismo. Por supuesto, entiendo a los colegas que sienten la necesidad de abanderar una causa, cualquiera que ésta sea; pero de ahí a confundir las tornas existe un abismo. Si el periodista toma partido deja de ejercer aunque defienda una causa justa; podrá dedicarse, entonces, a las relaciones públicas o alguna otra rama de la comunicación social, actividades dicho sea de paso, mucho más agradables y económicamente gratificantes.
A día de hoy, mientras tecleo casi sin descanso, ignoro si el señor en procura de una cita con un especialista lo habrá conseguido o no; la verdad, me da lo mismo porque no es problema mío. Tampoco lo es del periodismo. Se trata de un asunto de distancia, conservarla, mantenerla y respetarla porque de lo contrario acabas convirtiéndote en una ODECO sin cobrar un peso.

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