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MIL PALABRAS (210) Mejorando lo presente





11 octubre, 2018

Por Ramón Grimalt
Al final Carlos Mesa, genio y figura, dejó de deshojar la margarita y aceptó la invitación del Frente de Izquierda Revolucionaria (FRI) para ser candidato a la Presidencia en las elecciones generales de 2019. El vocero de la demanda marítima boliviana tardó cinco días (aquellos que van desde el fallo de la Corte Internacional de Justicia hasta su anuncio de candidatura) para decirle a Evo Morales que no tendrá el camino, precisamente, pavimentado; vamos, que deberá esforzarse si quiere re-repetir.
Hablando en oro, Samuel Doria Medina aparte, usted y yo sabemos que Carlos es el único capaz de hacerle frente a Evo, tomando en cuenta que desde las plataformas ciudadanas del 21-F, algunos políticos de oposición y parte de la opinión pública (dele un vistazo a los sondeos) su candidatura es un clamor.
Insisto. Sin duda Mesa capitalizará la demanda de respeto al referéndum del 12 de febrero de 2016, representará a una parte del electorado que busca otro ciclo en la política boliviana asumiendo que el Proceso de Cambio se agotó por sí mismo y, en un ejercicio de honestidad con la historia, tratará de redimir su “Presidencia sitiada”. Y es ahí, precisamente, adonde voy. Si gana, nada ni nadie podrá garantizar su gobernabilidad tomando en cuenta que la calle le pertenece a los movimientos sociales y después de la reacción post fallo de La Haya, todos sabemos lo difícil que es para Evo Morales encajar la adversidad. Además, probablemente el partido político (o coalición) que Mesa represente no contará con mayoría en la Asamblea Legislativa lo que será un factor difícil de superar. A Carlos, por lo tanto, no le quedará otra que negociar y este aspecto no es precisamente su fuerte. Ahí, naturalmente, le concederemos el beneficio de la duda.
Por otro lado, en caso de que el Movimiento Al Socialismo (MAS) gane los comicios, deberá aprender a gobernar a partir de un necesario e imprescindible acto de contrición, aprendiendo de los errores cometidos y orientándose hacia una política de Estado en el marco de la Agenda 2025. Si bien es imposible reinventar a Evo, la figura del presidente necesita ser reforzada desde la empatía, alejándose definitivamente de la imagen de “jefazo” omnipotente invulnerable a las críticas. Ese es el problema de un ejercicio prolongado del poder, cuando el gobernante (por más bueno que sea) se considera por encima del bien y el mal y no atiende a más razones que aquellas que justifican sus actos amparados en la retroalimentación política que sólo puede garantizar una oposición firme y solvente. Y, si se me permite escribirlo, Carlos Mesa es y será un referente que, de un modo u otro, bien puede mejorar el panorama.

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