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MIL PALABRAS (203) Tobillo izquierdo





7 septiembre, 2018

Por Ramón Grimalt
Lo primero que vio fueron sus pies. Siempre le habían llamado la atención. Quizás por la forma de los dedos, siempre irregular o porque el empeine mostraba un puente que cruzaba un mar de dudas. Lo cierto es que los fotografió, sucios de tierra, las uñas ennegrecidas por el trasiego y, en el derecho, un hematoma a la altura del tobillo que, dedujo, se podía a deber a una torcedura anterior a su muerte. Ah, claro. Ella había sido asesinada y su cadáver arrojado al río Choqueyapu.
Mauro estaba acostumbrado a fotografiar muertos; de eso comía. Ahí estaba, siguiendo sus propias reglas, nada convencional, por supuesto. Siempre había ignorado a la Policía. Para él no existía aquello de “Línea Policial. No pasar”. Mauro Pogliesso, porteño, con más de una década en La Paz, se movía a sus anchas, cómodo, sin presiones. Si alguno de aquellos pacos se interponía o pretendía hacerlo, bastaba una mirada de su inmediato superior: “al gauchito no se lo toca, ¿está claro?”. Y el fotógrafo lo agradecía con una mirada clara y celeste como el cielo que cubre esta ciudad que alguien bautizó “maravillosa” y que a él, acostumbrado a la vorágine bonaerense, le provoca una irrefrenable sensación de permanente ansiedad. De hecho, cada año se prometía volver a casa, visitar a sus padres, tertuliar en algún cafetín o simplemente dejarse caer por el Colón. Pero siempre surgía algo. Siempre había un muerto que retratar.
-¿Qué se sabe, Pedrito? Preguntó al teniente a cargo de la investigación. Era un tipo joven, bajito, de rasgos aymaras, el cabello al cepillo y un lunar debajo del ojo izquierdo que le otorgaba un aspecto que a Mauro le resultaba inquietante.
-Poco. Es una chiquita. Le calculo unos veintipocos.
-¿Tenés algo más?
-La botaron desde allá arriba-indicó el oficial apuntando con el dedo… un promontorio, cercano a la estación del teleférico en la curva de Holguín, en el barrio de Obrajes- Su cuerpo está muy maltratado, jefe.
-¿Maltratado?
-Mirá nomás la cantidad de plantas que hay por acá. Rudo, ¿no?
Mauro asintió sin decir nada. Buscó un cigarrillo en el bolsillo interior de su campera pero recordó que se lo había fumado poco después de la declaración informativa de un hijo de puta que golpeaba a su pareja por deporte. A esas cosas no se acababa de acostumbrar nunca. Peor cuando la denunciante se presentaba en la oficina de la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia con la cara convertida en el mapa físico de la luna, un cráter aquí y otro allá, Mar de la Tranquilidad incluido. Sí, también tenía que fotografiarla.
-Si vos quieres sacar fotos, metele, hermano-dijo el policía moviendo las manos con elocuencia, lo que resultaba extraño en un nativo de Achacachi siempre opaco-Mirá que ya va a anochecer.
Y eso hizo Mauro calculando, a ojo de buen cubero, que le quedaban quince minutos de luz natural. De modo que echó un vistazo alrededor, advirtió que el terreno estaba blando, húmedo, después de la lluvia de todo el día y agradeció estar calzado con aquel par de botas militares de resistencia garantizada que le prometió el vendedor, en realidad un truhán de poca monta. Pisó un charco, maldijo; saltó unas piedras apelmazadas de moho, puteó en arameo; se puso en cuclillas para pasar debajo del tronco de un eucalipto caído como un guerrero fatigado tras una larga y cruenta batalla. Vio que dos policías habían tenido el decoro de cubrir el cuerpo con unas frazadas, salvo los pies, naturalmente. Aquel gesto de piedad contrastaba con los comentarios soeces que compartían. Mauro los miró con desprecio y bajaron el tono, incluso se apartaron para que el fotógrafo pudiera hacer su trabajo. Si su mente hubiera sido una grabadora habría registrado el sonido del atardecer, el tráfico, las bocinas de los vehículos de transporte público, la música chicha a todo volumen de algún minibús y la parsimonia de las cabinas del teleférico. Pero no había tiempo para ello. Tenía que regresar a la redacción lo antes posible. Se afanó en su tarea vaciando la mente de cualquier prejuicio cuando recordó, casi de un modo fugaz, que su hija, Marita, había salido de compras con unas amigas y en principio, a aquella hora de la tarde, las seis y cuarto, debía estar en casa.
-¡Mierda! Exclamó sobresaltando a la pareja de policías. Hurgó en el bolsillo izquierdo de su bluyín y sacó el teléfono celular. Comprobó que apenas tenía diez por ciento de batería y maldijo su suerte. Admitió, sin embargo, que al menos podía hacer una llamada. Buscó el número de Marita en el directorio y pulsó la tecla CALL.
-¡Me cago en todo! Reaccionó al escuchar: “DEJAR MENSAJE TIENE COSTO”. Por alguna razón su hija había apagado el puto móvil e insistió una vez y otra obteniendo la misma respuesta. Mauro sintió que sudaba a pesar de la baja temperatura. La transpiración pegaba la tela de la camisa de algodón a la espalda mientras la sangre se atropellaba a borbotones en sus venas; incluso sus sienes latían hasta provocarle un reflejo de jaqueca que poco a poco afectaba su visión. Una nube oscura y densa ocupaba un espacio cada vez más reducido en su ojo izquierdo y su pecho se vaciaba de golpe como si un vampiro hubiera absorbido toda su energía. De pronto todo daba vueltas. El paisaje se desvanecía confundiéndose el asfalto y la naturaleza brava de aquel barranco, la última luz del día y las luminarias de la avenida. Mauro apenas podía tenerse en pie. Se sentó tambaleándose en una roca mientras trataba de que el teléfono no cayera de su temblorosa mano derecha. Ahora necesitaba más que nunca un cigarrillo. Sólo uno. Y su mirada volvió al cadáver.
-¿Qué? ¿Ya tienes suficiente? Le preguntó el teniente Pedro Quispe sin hallar respuesta.
“Dale, carajo. Contestá” pidió el fotógrafo a una hija que no daba señales de vida. Y su tormento, era precisamente ese porque su cerebro operaba a mil por hora evocando imágenes pasadas, presentes y futuras: el día del nacimiento de Marita, sus primeros pasos, cuando se cayó de un columpio partiéndose el labio inferior, la bronca con aquel crío de quien estaba enamorada y tanto la hacía sufrir, las lecciones de fotografía en el Montículo, el beso en la frente que le dio antes de salir a la facultad y ese tatuaje que nada le gustaba. “Tatuaje”. La palabra se repetía con la insistencia de un latido insoportable. Entonces se puso en pie; las rodillas parecían un par de esponjas, pero aún tenía resto para caminar hasta el lugar donde se había producido el levantamiento del cadáver.
-Lo siento, pero no puedes contaminar las pruebas, pues. Le dijo el teniente sin evitar que Mauro alzara el extremo de una frazada con un tigre estampado.
-No puedes…
Y Mauro recordó haberle dicho a Marita que era mala idea tatuarse el nombre de Javicho y un corazón en el tobillo izquierdo.