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Nueva investigación confirma que el corazón tiene mente propia






24 agosto, 2018

ECOOSFERA
Ya lo dijo Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón ignora”.

Somos una unidad compleja: nuestro organismo es un cúmulo de extraordinaria biología, donde cada parte es dependiente de otra. No obstante, solemos pensar que la mente –entendida como capacidad intelectual– lo es todo, y hasta hoy, no habríamos pensado que es posible poseer varias mentes. Pero una nueva investigación de la ciencia moderna sugiere que el corazón se halla, también, en insólitos lugares como el corazón.

Visto fríamente, este órgano podría concebirse como “parte de la maquinaria” de nuestro cuerpo: una válvula necesaria en un sentido más técnico que espiritual o racional. Y sin embargo, el corazón ha sido el músculo donde se han decantado todo tipo de ideas filosóficas, metáforas poéticas y sugerencias espirituales: es el corazón “el que nos duele” cuando alguien se marcha, o de donde sale todo el amor que nos inspira el otro; y para muchas culturas antiguas, como la griega o la egipcia, es un “lugar” simbólico, y uno de los más importantes en cuestiones humanas.

Pero entre biología, filosofía y poesía…

¿El cerebro piensa?

Más allá de que sin el corazón nuestro cerebro no funcionaría, pues el primero provee sangre con oxígeno y nutrientes al segundo, es verdad que el corazón tiene un cerebro: en el ventrículo derecho se encuentra una compleja red de neuronas, a través de las cuales el corazón piensa y toma decisiones respecto a la parte que es “autónoma” en su funcionamiento, como se muestra en este lúcido documental de la BBC, Of Hearts and Minds.

No obstante, mucho del funcionamiento de estas neuronas sigue siendo un misterio, pero una cosa es segura: entre cerebro y el corazón existe una simbiosis; y sin embargo, hay también una autonomía relativa entre ambos. Ninguno de ellos es sólo parte de una gran macchina, como el pensamiento racional desde Descartes concibió al cuerpo humano, sino que hay una biología repleta de interrelaciones.

En el citado documental se demuestra con un experimento cómo el cerebro del corazón toma decisiones autónomas. El doctor David Paterson, de la Universidad de Oxford, coloca una pieza de tejido del corazón de un conejo, concretamente del ventrículo derecho (donde las neuronas están alojadas), en un tanque con nutrientes y oxígeno. En él se puede observar cómo el tejido sigue latiendo por sí mismo, ya que son las neuronas en el ventrículo las que emiten las señales para ello.

Así que por sí solo el corazón no “produce” emociones, pero sí “piensa”. Además, se ve tan afectado por las emociones como también las trastoca: una mente bajo los efectos del miedo acelera los latidos del corazón, y un corazón agitado, a su vez, perturbará la mente.

Como sea, esto demuestra algo y tiene una suerte de encanto, pues, dependiendo de la época histórica, el ser humano ha creado sus propios símbolos y formas de interpretar el mundo a partir de los órganos y el cuerpo. Éstos se han vuelto un lenguaje, por lo cual recordar que nuestro cuerpo es una compleja red de interrelaciones –algo que sabemos gracias a los avances neurocientíficos– sirve como metáfora para navegar la propia complejidad de nuestro mundo actual, repleto de conjugaciones y rupturas, de racionalidades e instintos y, en fin, de situaciones que a veces necesitan de nuestra mente cerebral, otras de nuestra mente cardíaca y otras, de ambas.