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MIL PALABRAS La llamada





18 agosto, 2018

Por Ramón Grimalt
Se había acostumbrado a abrir el periódico por la página cuarenta y cuatro, donde se publicaban las esquelas. Buscaba algún conocido, una familia a quien dar sus condolencias y tal vez presentarse en el velatorio con su tarjeta de visita. En eso se había transformado Jacobo después de pasarse cuarenta años en la trinchera de una oficina de bienes raíces administrando la venta de inmuebles. No le fue nada mal. Estaba muy lejos de ser una víctima del sistema que un día jubiló a aquel agente de toda la vida que en persona atendía a sus clientes sustituyéndolo por una aplicación para teléfonos móviles, un número de Whatsapp. Cuando le tocó pasar por caja cobró una indemnización que le permitía, entre otras cosas, viajar a donde la diera la gana. Le fascinaba conocer nuevas culturas, empaparse de sus costumbres, disfrutar de su folclore y gastronomía y de paso aprender unas cuantas frases hechas por si surgía alguna conversación que valiera la pena; de hecho detestaba las charlas intrascendentes que no conducían a ningún lado, salvo al jardín de la apatía.
De modo que se levantó del sillón desvencijado, con muelles que emergían del mueble como escarpias y recorrió el visillo de la ventana que daba a la calle. No había mucha gente, era domingo por la tarde, y sólo estaba abierto el bar de Joaquín. Una pareja discutía con inusitada pasión. Él alzaba la voz, ella trataba de atemperarla; él movía las manos, ella mantenía el gesto duro, tan rígido como lúcido, ese propio de la mujer con milenios de aguante, silencio y prudencia, esperando el momento justo para saltar a la yugular. “No sé. Pero María Isabel, era diferente”, coligió Jacobo desplazando su atención hacia una foto en blanco y negro que presidía el comedor. Él difícilmente se reconoció de joven, vestido con un traje oscuro, demasiado serio y riguroso que sólo alegraba el confeti que algún idiota le había arrojado en medio de un sonoro “¡que vivan los novios!” Del brazo iba María Isabel, con esa sonrisa cristalina que enamoraba a primera vista, la misma que mantuvo hasta el final, cuando un 12 de noviembre tomó su mano derecha entre las suyas y tras besarle la frente decidió que ya no valía la pena seguir bregando contra la enfermedad que padecía y que no era cáncer ni alzheimer, sino simple y llanamente vejez, algo de lo que nadie se cura y con lo que hay que saber vivir y, por supuesto, morir. Ella supo despedirse con dignidad. No esperó a que una enfermera le cambiase los pañales o le alimentara a través de una sonda. María Isabel tuvo la decencia de irse con elegancia que es lo que toca cuando se ve que la cosa ya no funciona y los engranajes de la máquina rechinan de oxidados que están. “Mira, Jack, yo he cumplido. Ahora tú vive por mí”, le musitó al oído sin perder el sentido del humor. Y Jacobo cumplía el pedido de su mujer, con quien pasó duras y maduras, alguna crisis que prefería guardar en calidad de secreto de inventario, y  varias alegrías, al amparo de aquel departamento de cuatro por cuatro que ambos habían llenado de ilusiones, sueños y esperanza.
-Me dejaste solo. Justo cuando más te necesitaba, vieja mía. Lamentó aquel hombre levemente cargado de hombros, la frente huidiza, mirada fija y edulcorada por el paso del tiempo y cierto aire circunspecto y culto que se plasmaba en el mapa de carreteras de su piel surcada por decenas de arrugas tatuadas en un rostro ligero y generoso, sin pesares.
Ella le respondió con su eterna sonrisa y Jacobo asintió en silencio. Siempre acababa convenciéndolo del mismo modo. No necesitaba palabras. Bastaba trazar una sonrisa y en eso, María Isabel, era una experta. Optimista por naturaleza, veía el lado bueno de las cosas, se sentía satisfecha con un chocolate caliente a media tarde y una película de las de antes, en blanco y negro y doblaje castizo, esperando a que llegara su Jack para cenar y contarse cómo transitaba el camino de la vida, sobre todo después de que cada polluelo emprendiera el suyo. Los hijos ya eran cosa de otros, se habían tornado visitantes ocasionales, por Navidad y algún cumpleaños celebrado a salto de mata. No se lo reprochaba; jamás hubo un reclamo o un mal gesto. Ambos interpretaron que esa era ley de vida, que una vez criados, ellos dejan el nido y vuelan libres, sin mirar atrás. “Al menos, Avril llama todos los días”, se consoló Jacobo recordando que su hija menor, la niña de sus ojos, no faltaba a su cita de las cuatro y media, incluidos fines de semana y días festivos al punto que Jacobo se había acostumbrado a ese “Hola papá, ¿cómo estás?”.
Por eso miró el reloj. Eran las cinco menos cuarto. El corazón de Jacobo se activó cual si le hubieran inyectado una sobredosis de adrenalina. Sentía que se le cerraba la garganta y el pecho se tornaba una especie de fuelle que avivaba las brasas de un hogar desangelado. La sangre bullía en sus venas, se  estrechaba el alma y los genitales se comprimían en una atávica manifestación de miedo primigenio a la incertidumbre. “Algo ha pasado. Algo le ha pasado a mi niña”, repetía con insistencia, mientras se le iba la cabeza y las paredes del comedor se derretían perdiendo su forma. Volvió a echar un vistazo al reloj.
-¡Las cinco menos diez y no llama! Exclamó preso de la desesperación. Sintió que la boca se le secaba y la lengua se hacía estropajosa, como si hubiera lamido la cubierta de acero de una tubería.
-Quizás es un buen momento para un infarto. ¿Es esto lo que quieres María Isabel? ¿Así quieres que me vaya contigo? Preguntó a la fotografía que siempre le devolvía la misma sonrisa. No, ella aún no lo quería a su lado. Trató de alcanzar el teléfono, pero el aparato uno de esos con auricular de color verde y disco para marcar le quedaba al otro extremo de la sala. En ese estado, con las piernas temblando, las rodillas que no se sabía muy bien si iban o venían, y los brazos apenas dos fideos desabridos, sin salsa ni sazón, le parecía una quimera alcanzarlo. “Debí haber aceptado ese móvil que estaba de oferta en el supermercado”, lamentó iniciando su singladura hasta el aparato telefónico. Adelantó la pierna izquierda, resistió un calambre que le recordaba que la pierna todavía estaba dormida y prosiguió con la izquierda. Había conseguido dar un par de pasos. “Va, recuerda la mili. Aquellos días de marcha con el sargento Carrasco. Aquel sí que era un cabrón. Cómo nos hacía subir hasta lo más alto de la colina para plantar la bandera del regimiento”, evocó Jacobo a dos metros de su objetivo. De pronto, sintió un pinchazo en la base de la espalda. “No me digas que es ahora cuando aparece la ciática”, protestó por lo que consideraba mal fario. El dolor ascendió vertiginosamente por su columna y se instaló en la nuca. Aulló como un lobo hambriento. Se llevó la mano izquierda a la región atacada por aquel trueno que le hacía ver una constelación completa en su cerebro, pero más podía la ansiedad. “Te acordarás de esto, Avril. Te lo recordaré todos los días”, protestó. Entonces sonó el teléfono. Ring Rang. Vamos, un paso más. Ring Rang. Si sólo falta un metro. ¡Dale, viejo! ¡Tú puedes! Ring Rang. Ring Rang. Jacobo, “Big Jack” como le apodaban sus compañeros en la oficina por su capacidad para cerrar negocios en pocas horas, extendió su brazo derecho culminado en una mano de dedos largos, huesudos, de pianista, parecidos a las garras de un ave de rapiña pero con las uñas siempre cuidadas, ligeramente mordisqueadas en las puntas, por aquello del nerviosismo futbolero. Alzó el auricular, lo pareció que podía pesar dos kilos y se lo colocó en la oreja izquierda, que era la buena. El oído derecho había dejado de operar por cuestiones técnica.
-¿Ho-hola? Balbuceó Jacobo.
Hubo una tensa pausa de un par de segundos, seguidos de un ruido de estática. Al fin un ser humano abrió la boca al otro lado de la línea.
-Hola papá, ¿cómo estás? Perdón por no haberte llamado antes. Tú sabes, los niños…
-Ah, Avril no te preocupes-minimizó Jacobo tratando de sonar tranquilo y seguro de sí mismo-Estaba a punto de iniciar un viaje.
-¿Un viaje?-repuso su hija extrañada-¿Pero acaso no acabas de llegar de Londres?
-Sí, claro. Pero hay planes para otro. Quizás un poco más lejos.
-Ay, papá. Tienes que cuidarte. Te noto un poco agitado.
“Si supieras”, pensó Jacobo, pero tenía que mantener la compostura.
-Oh, no es nada. Un achaque.
-¿Has ido al médico? ¿A la farmacia?
-No creo que sea necesario. Por aquí tengo un jarabe bastante bueno para la tos.
-¡Tos! Es que con este clima tan cambiante me han dicho los vecinos que no te abrigas.
“Esos malditos chismosos” condenó Jacobo, pero siguió en su papel.
-Bah, no es nada. Sólo un poco de tos. ¿Y tú cómo estás? ¿Cómo está Pedro?
Hubo un silencio.
Jacobo creyó que había metido la pata una vez más.
-Mira, de él prefiero no hablar. Hace dos semanas que se fue de casa.
-Pues ya sabes que cuando quieras hablar…
Avril lo interrumpió abruptamente.
-Sí, sí, lo haré. Pero creo que esto lo debo resolver sola.
-Como quieras hija.
-Y ya que estamos, ¿tú cuando viajas?
-Pensaba hacerlo esta misma tarde. Lo tengo todo listo.
-¿En serio?
-Puedes apostar que sí.
-Bueno, papá. Tú sabrás lo que haces. Sólo mantente comunicado. Localizable. Recuerda aquella vez que fuiste a París y apareciste un día después en Las Tullerías.
“Aquella sí fue buena”, reconoció Jacobo con un rictus de ironía en los labios.
-En fin, te llamo mañana papá. Donde estés, ¿vale?
-Ya, estaré esperando.
-Adiós. Te quiero. Dijo Avril rodeada de todo el ruido posible que puede emitir una gran ciudad en ebullición.
Cuando colgó, Jacobo advirtió que todo volvía a la normalidad: su ritmo cardiaco, las piernas, esas rodillas quebradas por las circunstancias, el cerebro que recobraba sus funciones y la sangre que ya había recuperado el cauce. Se sentó entonces en el sillón. Oyó el sonido de sus muelles y al reconocerlo, lo sintió hasta agradable, familiar. Entonces alargó el brazo hacia una mesita. Sobre ella se apilaban varios libros. Había un atlas, su favorito porque Rusia seguía siendo la Unión Soviética, con aquellas pequeñas repúblicas socialistas pintadas de rojo. Pero también había tres libros de viajes, narraciones de primera persona de exploradores que se animaron a cruzar la frontera de sus propias limitaciones. Jacobo sonrió dulcemente. Abrió el atlas con cuidado porque la tapa estaba muy gastada y encontró un mapa. Arriba, a la derecha, leyó: Finlandia. Y aquel país le pareció que sería su próximo objetivo.