JUE
OCT
18

El triunfo de la vida





8 agosto, 2018

Por Ramón Grimalt
Josías echó un último vistazo al viejo almendro de gruesas raíces, algunas centenarias, capaces de desafiar el paso del tiempo, emergiendo de aquella tierra agradecida que el hombre había pervertido para sus más oscuros e insondables intereses. Toda su vida había pasado cerca de aquel árbol. Las largas tardes de verano jugando al escondite con los amigos del pueblo, el primer beso furtivo y por supuesto, también su captura.
El menor de los Vázquez había robado para comer. No pudo evitarlo y sin considerar las consecuencias de sus actos entró en la panadería de don Anselmo armado con una navaja con que amenazó cortarle el gaznate y se llevó cien pesos de la caja registradora. Corrió calle abajo como alma que lleva el diablo oyendo la voz de alarma del panadero que pedía ayuda. A medida que cruzaba la plaza y remontaba la avenida Cisneros, Josías pensaba en su familia. Su padre estaba a punto de perder la granja debido a la mala cosecha, mamá compartía su desgracia desde el silencio y la prudencia y sus tres hermanos habían emigrado a la capital. Sólo quedaba él, triste, lánguido y delgado hasta la extenuación, el recuerdo de lo que fueron los Vázquez de Vallejo, aquel lugar alejado de la mano de Dios donde crecía el almendro que los lugareños veneraban como si fuera la piedra fundacional del pueblo.
-Dirás tus últimas palabras, supongo. Le dijo Mateo García, el líder de la cuadrilla.
Josías, las manos atadas a la espalda y una soga en el cuello, esperando su destino final, no tenía nada que decir y negó con la cabeza.
-Tú sabes muy bien cómo los criminales pagan sus penas. Insistió García regodeándose con aquel modo tan singular como inhumano de administrar justicia. Era, sin duda, un hombre joven, despiadado y cruel a quien no le temblaba el pulso. Ni siquiera en aquellos momentos; sobre todo en aquellos momentos.

-Cuélguenlo de una vez-sugirió Antúnez, uno de los amigos de Mateo.
-Que sea lento. Que sufra. Acotó Horacio Gómez desde su posición de cobarde agazapado en el grupo.
Josías sangraba de la cabeza. Alguien le asestó un golpe con un mazo para aturdirlo. Luego lo arrastraron hasta el almendro. Se preguntó por qué tenía que morir ahí donde había besado a Graciela. No le parecía justo.
-Mi padre… Masculló debido a la dificultad de expresarse con una soga apretándole el cuello, presionando su nuez de Adán.
-Tu padre, ¿qué? Le espetó Mateo García.
-Está enfermo. Necesitaba comprar medicamentos.
-Podrías haberlos pedido. No robarlos. Le dijo Antúnez extendiendo los brazos.
-Nadie ayuda. A nadie le importa. Deslizó Josías Vázquez sintiendo cómo el esparto laceraba su piel.
-Mala suerte, amigo-dijo García asiendo la soga con las dos manos-Así aprenderás.
El campesino apretó los párpados. Una constelación apareció de la nada y con ésta una oración aprendida en su tierna infancia que pronunciaba antes de acostarse. “Padre protégeme siempre. Y si decides llevarme durante el sueño, al menos que no sufra”. Pero estaba claro que Dios tenía otras ocupaciones y evidentemente aquello era tan real como que diez hombres, algunos conocidos, estaban dispuestos a lincharlo.
-Puedo devolver el dinero… Puedo trabajar.

-Demasiado tarde. ¿Qué te parecería si a todos los criminales les diéramos una segunda oportunidad? ¡Imposible! Repuso Mateo García seguro de sí mismo y de la responsabilidad asumida en nombre de las buenas costumbres del pueblo que había jurado preservar.
-¡Arriba! Ordenó Horacio Gómez y cuatro hombres jalaron la soga. Josías sintió un latigazo en la espalda mientras sus pies levantaban un palmo del suelo.
-¡Más arriba! Clamó García con autoridad.
“Si me vas a llevar…” oró Josías sin poder contener el temblor que recorría sus piernas.
Dicen que hay una justicia divina, al menos en Vallejo creen en ello. Sólo así se puede explicar lo que pasó aquella tarde de verano. Sin mediaciones, se oyó el rumor de las propias entrañas de la tierra, las potentes raíces se desprendieron de su soporte natural y la rama de la que pendía el cuerpo de Josías acabó quebrándose.
-¡Por Dios! Exclamó Antúnez que no acreditaba lo que estaba sucediendo.
-¡Esto es cosa del diablo! Lamentó atónito Horacio Gómez.
-¡Esto lo liquido yo mismo! Resolvió Mateo García cogiendo un hacha, dirigiéndose amenazadoramente al almendro que agitaba sus ramas como si fueran los tentáculos de un pulpo.
-¡Quieto!-le pidió Josías tratando de liberarse de la soga-¡Ese no es el camino!
-¡Luego volveré a ti! ¡Haré justicia! Gritó desaforado el líder de la cuadrilla asestando un hachazo a una de aquellas potentes raíces. Aquel fue su gran error.
Las raíces reaccionaron enredando las piernas de su agresor, luego los brazos y el torso, apretando lo necesario. De pronto la placidez que evocaba el viejo almendro se tornó en una vorágine letal que acabó engullendo a Mateo. “Gracias, amigo”, musitó mientras el árbol florecía celebrando el triunfo de la vida.