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Como la naturaleza, sé resiliente ante el desastre






8 agosto, 2018

Ecoosfera

Nosotros, como parte de la naturaleza –y aunque nos disociemos tanto de ella–,somos resilientes. O por lo menos lo fuimos antes de caer en las tentaciones de la vida moderna, inicialmente industrializada y ahora vertiginosamente digital.

Que fuimos resilientes puede probarse no sólo porque la propia naturaleza lo es –y al igual que ella, todos los que la habitan deben serlo, pues ahí reside su equilibrio primordial–, sino porque aún hoy existen muchas personas con vestigios de resiliencia, o incluso con marcados rasgos de esta cualidad en su forma de asumir el mundo.

Según Glenn Grenberg, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina Yale, la resiliencia genera actitudes flexibles en torno al estrés:

Muchas personas son capaces de aceptar lo que no pueden cambiar: aprender de las fallas; usar emociones como la codicia y el enojo para potenciar la compasión y el coraje; y buscar oportunidades y significado en la adversidad.

Para estos individuos, una dialéctica subyace espontáneamente en su manera de actuar: saber que la vida es un proceso lleno de cambios, positivos y negativos, que regulan el fluir de la existencia.

Así, estas personas pueden lidiar con cualquier situación, aunque les provoque miedo o dolor.

No obstante, la resiliencia como una forma de asumir el mundo y sobrellevar todo acontecimiento puede ser un rasgo fácilmente adoptado por discursos de autoayuda y superación personal, casi siempre individualistas y nefastos.

Contrario a eso, la propuesta es conocer la resiliencia natural y aprender de ella.

Eso implica, a manera del más humilde de los discípulos, escuchar a la omnipresente maestra que es la natraleza: un libro infinito donde encontrar respuestas a nuestras preguntas, y un acogedor alivio para la trastornada psique contemporánea.

Pero a su vez, no podemos renunciar a nuestra humanidad. En esto debe haber un punto medio que nos permita lidiar con los problemas actuales, como la ansiedad, el estrés o la epidémica depresión –aún más aguda en países como México–, y encontrar sanación en nuevas formas de afrontar la complejidad de la existencia.

Concebir a la naturaleza no como utopía, sino como un territorio realmente existente al que podemos regresar.

Es posible hacer esto sin tener que abandonar todo lo valioso que el devenir de la humanidad –con el trabajo de cientos de mujeres y hombres a lo largo de la historia– ha traído consigo en forma de evolución.

Así, volver a la naturaleza es tan factible como necesario. Por un lado es un imperativo para la sociedad, para que los modelos de vida sean más sustentables y orgánicos. Pero por otro, también lo es para sanar los cuerpos y las psiques tan trastornados por el capitalismo –que no es sólo un modelo económico, sino una forma de reproducción social opuesta a la naturaleza y que tiende a destruirla–.

Este equilibrio entre volver a la naturaleza sin negarnos a nosotros mismos, es necesario para que nuestra resiliencia no se convierta en una forma de sumisión o de excesiva tolerancia, sino en un paradigma emocional y cognitivo que permita superarnos como sociedad y actuar respecto a lo que en ésta hay de enfermo.

Porque es urgente tomar el control de las afecciones psíquicas –individuales y colectivas– que nos están llevando a una catástrofe de las emociones, misma que probablemente será recordada en los libros de historia sobre el siglo XXI si no la frenamos ahora.