MIE
AGO
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UNA RATA EN LA COCINA





7 agosto, 2018

Él era uno de tantos médicos desempleados porque ya no había una enfermedad que curar. De hecho, el hospital cerró sus puertas por falta de pacientes y Miguel, a sus treinta y cuatro años, diez de ejercicio profesional, le pidió al director una autorización expresa para llevarse su mandil blanco, impecable, de recuerdo. Consideró que bien podía usarlo para no mancharse la ropa de pintura o quizás para cocinar, una de sus pasiones. Pensó que, ciertamente, los fogones serían su destino; invertiría sus ahorros y parte de una herencia en un restaurante, pequeño, coqueto, en el centro de la ciudad. Total, ya no había restricciones en el uso de los alimentos. Enfermedades y patologías como la diabetes, la obesidad y la intolerancia a la lactosa, por ejemplo, habían pasado a la historia; sólo eran una referencia en los archivos digitalizados accesibles desde cualquier computadora. Internet presentaba millones de accesos referentes a aquellas viejas enfermedades que tanto dolor y luto habían causado a la humanidad, superadas gracias al impresionante desarrollo tecnológico y científico alcanzado a principios del siglo XXII. Por supuesto, la industria farmacéutica quebró con el paso de los años. Los enormes consorcios transnacionales se declararon en suspensión de pagos y los gobiernos redujeron notablemente su presupuesto sanitario. Las políticas de salud pública derivaron en la promoción de los derechos sexuales y reproductivos, aunque la anticoncepción era natural en una sociedad que había superado el debate moral y trascendido la religión. Al final, sin guerras ni carencias, la humanidad vivía anquilosada en el bienestar.
-Pero, ¿me puedes decir de qué viviremos? Preguntó Elba haciendo pucheros como una cría.
Miguel le respondió con una sonrisa complaciente y tierna. Había esperado el inicio de aquel interrogatorio demasiado tiempo.
-Lo he pensado muy bien. Abriré un pequeño restaurante. Un bistró con comida casera.
-Pero si no sabes ni freír un huevo, cariño.
-Aprenderé.
Y Miguel Donaire se inscribió en una escuela de cocina. Aprendió técnicas y recursos, tendencias y expresiones hasta que, seis meses después, le entregaron un título y con éste bajo el brazo se presentó ante Elba.
-Ya lo tienes. ¿Y ahora qué?
-Abrimos en dos meses. Seguro.
El local era pequeño pero estaba bien ubicado. Miguel lo pintó de amarillo y blanco y compró muebles usados que barnizó para que parecieran nuevos. El día de la inauguración invitó a sus compañeros de facultad y a un par de amigos. Elba sirvió cocteles y canapés, mostrando su mejor sonrisa. Pero la procesión iba por dentro. Su natural escepticismo le provocaba dudas razonables mientras veía a su pareja departir con los presentes con amabilidad. Ella agradecía verlo feliz después de una temporada sombría. Curiosamente no se había encontrado una cura universal contra la depresión. La tristeza seguía siendo un sentimiento humano y sí, la gente continuaba muriéndose de pena porque no existía un maldito médico de almas. Aquella especialidad nunca formó parte de ningún pensum. A alguien se le olvidó que, más allá de haber conquistado Marte, eliminado el hambre y superado las limitaciones que proponía la naturaleza, el ser humano tiene un espíritu susceptible de enfermarse, oscurecerse y morir sin dejar huella; un espíritu que anida allá donde no llegan los drones ni las probetas. El mismo que impulsaba a Miguel a tratar de convencer a la mujer que amaba de que después de todo iba a triunfar en la vida.
-Si estás a mi lado, nada es imposible. Le dijo en cuanto el último invitado abandonó el restaurante.
Elba cerró los ojos; permitió que durante unos segundos su mente se atiborrara de recuerdos hasta que, atribulada, retornó a la realidad para ver con espanto cómo una rata, negra y solitaria, mordisqueaba un pedazo de queso encaramada en la barra.
-¡Una rata! ¡Qué asco! Gritó con la fuerza que le quedaba después de una velada tan intensa atrayendo la atención de un agotado Miguel que dio un brinco hacia atrás, sorprendido y atónito.
Creía que las ratas, esos roedores vulgares y asquerosos, habían desaparecido. Recordó que ese fue el tema de la última conferencia de prensa de la Organización Mundial de la Salud. Pero ahí estaba la alimaña, royendo sin pausa, concentrada en aquella labor frenética, como si aquel par de seres humanos no existiera. Se la quedó mirando sin saber qué hacer hasta que Elba le espetó:
-¿A qué carajo esperas? ¡Mátala!
Miguel volteó y la vio aterrorizada. Tenía que actuar. Cogió una escoba, la blandió como si se tratara de una espada justiciera y se abalanzó contra la rata que recién, al sentirse amenazada, erizó la piel negra y grasienta dejando caer el pedazo de queso que mordisqueaba. Su instinto la hizo saltar sobre sus potentes patas traseras justo cuando aquel furibundo ser humano descargaba su rabia.
-¡Has fallado! ¡Inútil! Vociferó Elba.
Miguel se enjugó el sudor de la frente, miró de reojo a su mujer subida sobre una silla, con las piernas temblorosas, y volvió a la carga. No era un hombre vigoroso, detestaba el trabajo físico, y aquel combate con una bestia escurridiza lo estaba agotando. La rata, ágil, saltaba de un lado a otro mientras caían los escobazos hasta que se detuvo. Miguel sintió que la mirada gélida del roedor se tornaba en lastimera como si pidiera clemencia. El médico advirtió que se había lastimado la pata izquierda. Sonrió con triunfal malicia y asió con fuerza el palo de la escoba, alzándola con el resabio de la fuerza que le quedaba y asestando un golpe seco que rompió el espinazo del animal cuya vida se fue con un suspiro.
-¡Bien hecho!-Festejó ruidosamente Elba-¡Ese es mi hombre!
La rata se estremeció, tuvo un par de espasmos y murió. No había sangre. Miguel creyó que la había reventado, que sus intestinos regarían toda la cocina. Pero de algún modo se sentía orgulloso.
-¡Y me dijiste inútil! ¡Mira! Celebró como uno de esos cazadores del siglo XIX tras cobrarse una preciosa pieza en el corazón de la selva africana.
-¡Oh, ven aquí! Invitó Elba ante aquel alarde de valor.
Miguel se deshizo del arma abrazándose al menudo cuerpo de Elba. Sintió su respiración entrecortada y el aroma suave de su piel. Deslizó una mano debajo del vestido sin que ella se lo impidiera. Las bocas se encontraron en una acometida furiosa, de lenguas entrelazadas, y ambos dejaron que la pasión hiciera el resto. Entonces, cuando Miguel estaba presto a sumergirse en la entrepierna de Elba, escuchó un rumor que poco a poco fue subiendo de intensidad.
-¡Mierda! ¿Y ahora qué pasa? Protestó el doctor.
-Ignóralo. Deslizó Elba.
-No puedo-reaccionó Miguel-Eso viene de ahí abajo.
-Ah, mierda. Siempre rompes el momento…
Miguel se subió el pantalón refunfuñando y caminó hacia donde provenía un ruido intenso, que le recordó al traqueteo de la llegada del metro a la estación. Pero la línea más cercana quedaba a más de un kilómetro. Nervioso, como nunca antes en su vida, destapó el acceso al drenaje para encontrarse con cientos de pequeñas luces rojizas que lo miraban fijamente, tratando de hipnotizarlo.
-Cariño, creo que tenemos ratas en la cocina. Dijo tratando de conservar la calma.
-¿Y eso? Repuso Elba recuperando el resuello.
-Alguien tendrá que abrir la farmacia.
-¿Y?
-Y necesitará médicos.
Miguel Donaire trató de reprimir una sonrisa irónica, pero no pudo, y una carcajada surgió de su fuero interno ante la paradoja que estaba a punto de provocar un nuevo cambio en el orden mundial. A partir de una pequeña, sucia y repulsiva rata en la cocina.