LUN
AGO
20

UNA ÚLTIMA COPA





3 agosto, 2018

-¿Le puedo ofrecer una copa? Manzanilla de Sanlúcar, faltaría más.
Jeremías Tadic asintió con la cabeza y el camarero, haciendo gala de su natural simpatía andaluza, le dedicó una amplia y luminosa sonrisa que, dadas las circunstancias, era lo mejor que le podía pasar a aquel reportero a quien le temblaba la mano izquierda desde los terribles días del Tesalónica.
El sol de mediodía en todo su esplendor le recordó el incidente que trataba de mantener en uno de los cajones de su memoria. Sus rayos se posaban sobre la cresta de las olas que rompían contra el acantilado, anunciando la inminencia de la resaca. Aquella tarde, sentado frente a la costa mediterránea, con la bahía de Cádiz en lontananza, Tadic sólo esperaba que el sabor de la manzanilla disipara de una vez los tormentos del pasado. Sabía que iba a ser difícil, sobre todo porque a su derecha se sentó una mujer que enseguida reconoció como Tania. El agradable camarero se le acercó portando una bandeja plateada con una copa y una botella de manzanilla.
-Su aperitivo, señorita Blume. Le ofreció y ella, sin inmutarse, deslizó un “gracias”.
El camarero le sirvió la medida justa, era todo un profesional a pesar de su rostro adolescente picado de viruela, y ella se llevó la copa a esos labios que Jeremías había besado con fruición la noche antes de que un par de matones de Carlos Alberto Blume terminaran abruptamente la velada. “Sabés demasiadas cosas, periodista de mierda” le espetó uno de ellos asestándole un fuerte rodillazo a la altura de los riñones mientras ella, cubriendo su desnudez con una sábana, trataba de mantener la compostura lo que ya era demasiado tomando en cuenta la hora y media de sexo puro y duro que había sostenido con el hombre que investigaba los negocios de papá.
El comodoro Carlos Alberto Blume había huido de Argentina cuando se cayeron todos los andamios que sostenían el régimen militar. Aceptó el refugio de su hermano menor, Néstor, que vivía en Cádiz dedicándose a comerciar con los llanitos de Gibraltar. El militar no tardó en hacerse su socio invirtiendo en un par de fuerabordas y un local de alterne para clientes de lujo llamado Tesalónica. Tadic, que en aquellos días investigaba el paradero desconocido de algunos mandos intermedios del Proceso implicados en la desaparición forzosa de decenas de opositores políticos, siguió una pista proporcionada por una fuente de la Policía bonaerense. No lo dudó un segundo: compró un pasaje de avión a Madrid, se subió a un tren que comunicaba la capital española con la Tacita de Plata y se instaló en un modesto hostal para mochileros a cada cual más sucio. Quizás por eso era el lugar ideal para investigar con calma sin despertar sospechas. Pero cometió un error imperdonable. Una noche calurosa, de insoportable bochorno, conoció a Tania Blume en una discoteca frecuentada por turistas extranjeros. Le pareció una mujer muy atractiva a pesar de que se había teñido el cabello de rubio platino y vestía una camiseta con un enorme estampado que rezaba: LOVE. A Jeremías aquello le parecía un gesto de notable mal gusto, pero igual se acercó a la joven a quien calculó unos veintipocos años. De entrada, ella supo llevarlo a su terreno. Utilizó todas las armas de seducción al alcance de una mujer y le invitó una copa de manzanilla.
-A partir de ahora, vos ya no querrás tomar otra cosa más. Susurró acercándole una copa que el reportero apuró de un trago.
-Ja-celebró Tania arqueando las cejas bien delineadas-No bebás tan rápido que esto se sube rápido, guacho.
Pero ya era demasiado tarde. Jeremías sentía que las luces estroboscópicas de la discoteca lo atrapaban como los tentáculos de un pulpo que apretaba con precisión quirúrgica los botones de su supuesta resistencia a la bebida. No era aquel un buen momento para confesar que en realidad tenía serios problemas con el alcohol y que de algún modo se había comprometido a dejarlo en la última reunión de Al Anón celebrada en la Recoleta. Había reincidido pero, consideraba, que bien valía la pena. De modo que se tomó una copa y luego otra, manteniendo como buenamente pudo el hilo de conversaciones subidas de tono, reflexiones filosóficas propias de los argentos allá donde van y, para colmo de obsecuencia etílica, brindando por el general Galtieri que tuvo los huevos de enfrentarse a los piratas ingleses hijos de la gran puta. En medio de tanto festejo no advirtió que dos hombres seguían todos sus movimientos. Uno de ellos era bajo pero fornido; el otro, alto, desgarbado, con aspecto de ave rapaz. El primero, a quien sus amigos o lo que fueran aquellos tipos de aspecto patibulario que lo acompañaban, apodaban El Tapita, se le acercó apestando a tabaco barato y le advirtió sin perder su sonrisa lobuna y desagradable:
-Cuidadito con la hija del jefe, boludo. No te pasés de la raya.
Tadic, curtido en los bajos fondos de la Boca, sabía que esas amenazas no pueden ni deben ser pasadas por alto. Así se lo recomendó Ignacio Tognetti, el redactor de policiales y era algo que siempre trataba de tener presente aunque la manzanilla causara estragos en su memoria privada de cualquier posible capacidad de razonamiento. Llegado a aquel momento, sólo atinaba a admirar la figura bien acabada de Tania dispuesta a llevárselo a la cama en cuanto lo considerara oportuno. A ello se dedicaba con el entusiasmo propio de una joven liberada sin orden ni concierto, que en cuanto puso un pie en la playa de… decidió que jamás rendiría cuentas a nadie, ni siquiera a un padre autoritario que, por lo general, solía hacer demasiadas preguntas que se resolvían con un simple “pa, yo a vos te amo” que derrumbaba a aquel viejo marino cuyos antepasados lucharon codo a codo con San Martín en Chacabuco. Siempre había aspirado a la gloria militar, a las gestas heroicas que leía en los viejos volúmenes de la Comandancia de Marina, pero luego acabó por convencerse de que su tarea se circunscribía a los libros de actas que reflejaban las confesiones de los comunistas detenidos por subversión. Jeremías conocía esa historia. Se la había escuchado a un dirigente sindical peronista que conoció el sótano de la Casa Verde. Por eso estaba en aquella discoteca, tonteando con Tania, sintiendo como los ojos oscuros de El Tapita le taladraban la nuca.
-¿Qué decís? ¿Nos vamos? Propuso Tania Blume con la voz pastosa, lo bastante sexy para convencer a un hombre que había bebido demasiado.
-Dale. Repuso el periodista, sin calibrar las consecuencias.
Salieron abrazados de la discoteca. Él la llevaba de la cintura; ella cruzó un brazo por el hombro derecho. Sus pasos eran torpes, descuidados, pero no llamaban la atención entre el gentío que recorría la calle. Un hombre alto y fornido de piel morena se les acercó. A pesar del ambiente festivo e informal vestía un terno impecable azul marino.
-Muñoz-dijo Tania respondiendo un saludo ladeando la cabeza-Vamos al Tesalónica.
El chófer ignoró a Jeremías. No se le pagaba por fijarse en las compañías de la hija del jefe que “ya era mayorcita” para tomar sus propias decisiones aun aquellas que pudieran resultar cuestionables. Y quizás esa, lo era. De modo que subieron a un Opel con matrícula de Madrid, ubicándose en los asientos traseros. Un vidrio polarizado los separaba del conductor.
-Veo que la manzanilla se te subió un poquito-dijo Tania repasando su labio superior con la punta de su lengua, gesto que Tadic interpretó como abiertamente lascivo-Eso me pone mucho, pibe.
“¿Me pone?”, pensó el reportero asumiendo que aquella joven llevaba demasiado tiempo entre gallegos. Pero no hacía falta un diccionario de modismos para entender el significado de la expresión. La atrajo a su cuerpo por la cintura y, cuando la tuvo a la altura de sus labios, la besó con fuerza. Sintió que su lengua se entrelazaba con la de Tania que jugueteaba con la solvencia de una dama de compañía lo bastante cara para cobrar lo que le diera la gana sin perder clientela. Mientras tanto, buscaba la cremallera de su bluyín, deslizándola hasta hallar las joyas de la corona. Jeremías no opuso resistencia a pesar de su educación religiosa; aquella situación le parecía incómoda incluso impropia para quien se había formado en los Escolapios. A esa altura del partido, a medida que ella lo masturbaba, no había lugar para los reparos mojigatos. Cuando alcanzó el clímax sólo atinó a cerrar los ojos y viajar a un territorio desconocido que lo seducía y asustaba de igual manera. Fue entonces cuando el auto se detuvo frente a una casa localizada en las afueras de la ciudad. Jeremías leyó un letrero de neón al que le faltaba la letra “e”: T salónica.
-Guardátelo-ordenó Tania con el rostro serio-Espero que tengas fuerza para un segundo round.
Tadic asintió, aunque albergaba dudas razonables sobre su capacidad de respuesta sexual. Recordó una terrible experiencia sufrida en Salta y poco a poco restableció el orden de sus prioridades. Había llegado a la guarida del lobo. Si todo salía como lo planeado, obtendría la evidencia de que el Carnicero del Arrabal se ocultaba al otro lado del Atlántico. Bastaba un par de fotografías dignas de ser publicadas en la primera plana de Clarín. Su editor se lo agradecería y, por lo tanto, instruiría el pago de un cheque al portador por la cifra convenida. Mientras bajaba del vehículo comprobó si la cámara de bolsillo seguía donde la había guardado antes de salir del hostal. Suspiró al encontrarla en el bolsillo interior de su chaqueta de corte militar. Luego la pareja cruzó un pequeño y descuidado jardín bajo la atenta vigilancia de Muñoz que encendió un cigarrillo para aliviar la espera. Ascendieron los peldaños de una escalera que comunicaba con la puerta de entrada protegida por dos matones que charlaban animadamente. Uno de ellos saludó a Tania alzando una mano; el otro, su compañero, fumaba con un desagradable gesto de displicencia y abandono, forzado a cumplir con una tarea que quizás no era de su agrado mientras los jóvenes de su edad se descosían bailando en las discotecas gaditanas. De cualquier modo, fue él quien les abrió la puerta.
-Bienvenido al Tesalónica, Yerko. Dijo invitándolo a pasar extendiendo una mano amiga, la misma que había sido tan generosa en los asientos de atrás del coche.
Tuvieron sexo en una habitación de ensueño decorada con un gusto exquisito. Los muebles eran antiguos y sobrios, sin estridencias, quizás adquiridos a un anticuario de la capital. Desde el balcón, de corte renacentista, se veía la pequeña ciudad sobre todo la torre de la catedral de San Jacinto de Vallejo. Tadic sentía una fuerte jaqueca, cercana a aquellas habituales migrañas recurrentes desde que un petardo estalló cerca de su oído derecho durante una manifestación de mineros. Ella recuperaba fuerzas en el balcón dejando que la luz de la luna bañara su cuerpo semidesnudo apenas cubierto con una sábana de seda. Al periodista le pareció hermosa. Alguien con quien merecía la pena pecar una y otra vez hasta que se congelara el infierno. Se acercó con sigilo, felino, y la tomó por los hombros besándole la base de la nuca. Ella reaccionó con naturalidad. “Ya nada la sorprende”, resolvió Tadic. La mirada de Tania nunca había sido dulce. Sus ojos oscuros le daban un aspecto duro y malicioso como si se tratara de una bestia surgida del Averno. Pero Jeremías no estaba preparado para escucharla pronunciar una frase tan potente como devastadora.
-Yo sé perfectamente quién eres.
Fue escuchar aquella sentencia cuando la puerta se abrió con fuerza, irrumpiendo El Tapita y uno de los tipos mal encarados que vigilaban la entrada al Tesalónica. La jaqueca aún no había remitido y lo único que Tadic pudo hacer fue tratar de cubrirse la cabeza cruzando los brazos sobre ésta. El Tapita, que sabía muy bien su oficio de sicario, le asestó un puñetazo en el flexo solar rematado por un contundente rodillazo en los testículos propinado por Muñoz. Luego se hizo la noche.
Tadic reaccionó cuando un matón le arrojó un balde de agua fría. El paso de la oscuridad a la luz aturdió sus sentidos. El periodista vio una galaxia completa reproduciéndose en el cielo raso de aquel lugar insalubre que apestaba a todo tipo de deposición humana y animal. Las paredes estaban cubiertas por una densa capa de moho y la humedad convertía a aquella operación en un frigorífico. Jeremías, descalzo, sintió que el suelo estaba frío. Alguien le había despojado de la camiseta y sólo conservaba su ropa interior. En la lejanía escuchaba el rumor eléctrico de una máquina mezclado con la cháchara entre dos o tres hombres. Pronto salió de dudas.
-Te dije que fueras con cuidadito, boludo. Le susurró El Tapita al oído antes de abofetearlo con el dorso de una mano. Un hilillo de sangre manó de su nariz y al llegar a su labio superior sintió su sabor dulzón. Pero aquello sólo era el preámbulo de lo que le iba a pasar.
-Señor Tadic. Jeremías. Yerko para los amigos. Bienvenido al Tesalónica.
La voz era vieja y cansada. Su acento y sus maneras eran repulsivamente conchetas. Desde su ubicación, Tadic podía sentir el aroma dulce y fresco de una colonia de lavanda. Era el comodoro Carlos Alberto Blume.
-Le reconozco su valor. Hay que tenerlos muy bien puestos para venir por acá. Con dos cojones, como dicen los gallegos.
El comodoro hizo una pausa esperando una risa cómplice de las hienas que la acompañaban. Luego prosiguió.
-¿Piensa usted que tiene alguna posibilidad de que yo vuelva a casa enmanillado? Ja, eso no va a pasar. Tapita, pasame la manzanilla.
El secuaz sirvió una copa y el comodoro se la llevó a los labios cerrando los ojos.
-¿Sabe? Me he aficionado a este aperitivo. De hecho, lo consumo en cualquier circunstancia aún ésta, tan ingrata si me permite decírselo. En fin Tadic, lo dejo. Chicos procedan.
El Tapita suspiró ansioso.

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SUMA

Miles de canes están siendo vacunados en todo el país, en la campaña en contra de la canina. En Tarija fueron habilitados diferentes puntos en los barrios.

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Venció el plazo para que la Asamblea Departamental de Tarija pueda declarar prioridad la compra de un resonador magnético para el hospital  San Juan de Dios. Tanto la Asamblea como la Gobernación se culpan entre sí por esta situación, mientras la salud sigue relegada.