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MIL PALABRAS (187) Capítulo final





29 julio, 2018

Por Ramón Grimalt
Estaba satisfecho y, por primera vez en su vida, orgulloso de sí mismo. Salió de casa con una sonrisa trazada en los labios dispuesto a comerse el mundo. Después de horas de trabajo, una tras otra tecleando sin descanso, había terminado su novela. Doscientos cincuenta páginas, debidamente numeradas y encuadernadas, suponían para el joven aspirante a escritor la materialización de un anhelo obsesivo. Lector empedernido, conocía todas las técnicas literarias empeñándose en la caza y captura de un estilo que creía haber alcanzado aunque no sabía definirlo: a veces sonaba a Hemingway, otras a Faulkner. En aquel momento le daba igual. Sobre todo porque había recibido una llamada telefónica de E&M editores, concretamente de una secretaria fría e impersonal que le invitó a una cita con uno de los principales ejecutivos de la empresa. Se trataba de una reunión informal “nada serio o definitivo”, le advirtió la joven edulcorando aún más su voz, pidiéndole, eso sí, que llevara consigo el manuscrito de su novela.
Y así lo hizo. Aprovechó el fin de semana para releer el texto original, fue particularmente puntilloso en el arranque de su obra, la introducción, ese primer párrafo que tiene el único objetivo de engatusar al lector sin demasiados rodeos, lenguaje claro, preciso y conciso, poco o nada de realismo mágico, narración pura y dura. Luego, sin darle mayores vueltas al asunto, asumiendo los riesgos de un análisis de contenido que pervirtiera la esencia de su novela forzándolo a una reacción autodestructiva, imprimió cada hoja, una sobre otra, hasta tornarse un voluminoso repositorio de ideas y abstracciones de la realidad surgidas de la imaginación de un hombre en procura de alcanzar su sueño.
Con la carpeta bajo el brazo, cuidando no perder los papeles por el camino, salió a la calle. La mañana era gris y desapacible. Los densos nubarrones que evolucionaban con la insoportable parsimonia de un cardumen rumbo a las redes depredadoras de un barco pesquero, no iban a ensombrecer la alegría y excitación que lo embriagaban. Sentía que muy bien podía caminar sobre el agua, a pasos cortos, precisos, sin trastabillar ni por un instante. Y qué decir del aire; era como una pluma a la deriva, sin un rumbo fijo trazado de antemano en una hoja de ruta que seguir a carta cabal. Estaba harto de las reglas, la oficina, las dificultades cotidianas para pagar las cuentas, esa cobardía para decirle a Martina que la amaba en silencio, en la clandestinidad. No era una cuestión de dinero; sino un detalle accesorio. Suponía que le importaba más el triunfo y allí, sin pausa, se dirigía convencido de que su momento había llegado. Al fin.
Así, con el generoso escote de su compañera de trabajo en la mente y en algún recodo de su corazón, cruzó la calle, sorteó dos buses de ida y vuelta, y alcanzó el lado contrario. Caminó unos metros con una seguridad en sí mismo que le resultaba inaudita y se detuvo frente a una joyería. Se fijó en un reloj suizo, de pulsera, lo bastante caro e inalcanzable para su sueldo. El precio le provocó una mueca ladina. Quizás con el adelanto editorial por concepto de publicación podía permitirse esa licencia. Sí, las cosas iban a ser diferentes en cuanto suscribiera el contrato. De modo que revisó su billetera, contó dos billetes de veinte destinados a un almuerzo en el bar de Paco y alzó la mirada hacia la tormenta que se avecinaba.
Apretó entonces el paso sumido en una especie de estado de ensoñación; nada sucedía a su alrededor. Las personas eran espectros sin alma limitados a deambular. Aquello empezaba a resultarle lejano, ajeno. De pronto había tomado distancia, aquella que se asume al alcanzar un espacio en el Olimpo reservado a los dioses inspirados por las musas más caprichosas, esas que a Zeus tanto le molestan y que cansado de sus intrigas el padre de todo las envió a convivir con los seres humanos. Desde entonces se mueven entre ellos, privilegiando a unos, ignorando al resto. El escritor, joven y enamorado, había sido tocado por el polvo de estrellas que despedía el aleteo de las musas. Nada malo podía pasarle, era imposible. Estaba protegido por las luciérnagas del bosque más profundo de la comarca y a medida que se acercaba al edificio de la editorial sentía que su corazón latía con más fuerza. “Gracias, gracias, gracias” repetía cual sonsonete de recurso fácil, con la ferviente intención de…
De salir del pozo en que había caído. Sucedió de un modo repentino. Él no supo qué había pasado hasta despertar del golpe en la cabeza. Rodeado de oscuridad sólo atinaba a ver la boca de tormenta que desafiaba la gravedad. Calculó la distancia y a tientas buscó el modo de subir, pero no había una escalinata ni algo que se le pareciera. Ni siquiera un saliente. Sintió el sabor dulzón de su propia sangre que manaba de un corte en su frente que suponía profundo. Para colmo se había torcido el tobillo derecho y le costaba moverse. Al menos tenía el manuscrito consigo. Alzó la carpeta limpiándola de agua sucia y polvo. Unos carbones ardientes lo escrutaban a un par de metros. El escritor dio un paso atrás. Detestaba a las ratas. Pero no era el momento de huir. De modo que ignoró la presencia de aquel roedor despreciable y gritó con todas sus fuerzas. En la superficie la ciudad bullía al calor del tráfico. Podía escuchar el trajín de vehículos y personas que buscaban refugio de la lluvia decidida a no tomar prisioneros. Su voz se perdía en aquel maremágnum insoportable; el rumor se hacía mayor en el subsuelo con la caída del agua filtrada por las bocas de tormenta y el correteo frenético de las ratas organizadas para aprovechar el desconcierto. En aquel momento asumió que probablemente pasaría la noche en el quinto nivel del infierno.
Se arrellanó como pudo contra un muro húmedo, impregnado de moho, tratando de elucubrar una buena excusa para el agente editorial. No podía decirle que había caído en un pozo y que por tal “intempestivo motivo” se veía en la obligación de suspender la cita acordada. Habían pasado seis horas y supuso que el ejecutivo, ante su ausencia, descartó cualquier posibilidad de recibirlo de nuevo. “Una oportunidad perdida, pero nada definitivo” se dijo tratando de convencerse justo cuando la noche comenzaba a extender su manto oscuro tornando en tinieblas aquel lugar de profundidad insondable. El escritor se estremeció al sentir sus pies entumecidos por el frío; espasmos intensos de dolor le taladraban el costado derecho y podía sentir que sus sienes estaban a punto de estallar sobre todo cuando escuchó que algo se acercaba rasgando el velo de la oscuridad como una afilada navaja de acero. El sonido era algo muy parecido al traqueteo de un tren y eso mismo fue lo que dedujo. Pero ni un tren, mucho menos un metro, gruñen con la ferocidad de una bestia hambrienta y eso mismo eran las cientos de ratas que se aproximaban invitadas a la cena.
El escritor había pasado de hacer realidad un sueño a su peor pesadilla. Buscó en sus bolsillos algún recurso para detener a aquellos pequeños monstruos que se movían vertiginosamente. Sólo halló un mechero destinado a encender el habano que se iba a fumar en cuanto estampara su firma en el contrato de publicación. Pero un encendedor Bic poco o nada podía hacer para intimidar a la marabunta. Entonces se despojó de la chaqueta y le prendió fuego. De pronto pudo ver a su enemigo. Una masa uniforme, densa como un felpudo, amenazaba con absorberlo apoderándose de lo que quedaba de humanidad en aquel hueco en medio de la nada. El fuego le otorgó unos minutos de gracia; la chaqueta de fibra acrílica se consumió rápidamente. Enseguida se quitó la camisa, la corbata y los pantalones, un espectáculo de estriptis que las ratas seguían atentas, seducidas por el erotismo surgido de la desesperación de aquel pobre diablo abandonado a su suerte.
-Sólo faltas tú-dijo dirigiéndose al borrador de su novela-Tú eres el único que puede salvar mi vida. Lo hiciste una vez, sacándome del pozo del anonimato. Lo puedes volver a hacer sacándome del pozo de la muerte.
El escritor deslizó las gomas de la carpeta, abrió la tapa ablandecida por el agua y sacó las diez primeras páginas de su novela.
-“La segunda oportunidad de Mateo Alzamora” por Xenius-empezó a leer-“Capítulo primero. Una mañana de otoño, fría y desabrida, tan gris como desagradable, Alberto Ríos comprendió la diferencia entre el éxito y el fracaso. Sumido en una profunda depresión, calculó las probabilidades que le restaban en el tanque de combustible de su talento desperdiciado en la lúgubre oficina de bienes raíces.” Quizás esta frase suena demasiado ampulosa…
Y acercó la tenue llama del encendedor a aquellas páginas que poco a poco fueron devoradas por el fuego. Siguió el capítulo dos y el tres, así hasta llegar al treinta y cinco, el último. En todo momento las ratas mantuvieron una paciencia ejemplar, conscientes de que en algún momento aquella obra terminaría. Ninguna se atrevió a interrumpir aquel ritual arcano hasta que el hombre, resignado a una suerte inevitable, pronunció una oración dedicada a algún dios, antes de perderse en el éter de una carcajada descorazonada y brutal.