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Preludio para un amor eterno





27 julio, 2018

Por Ramón Grimalt
Nadie le dijo que lo hiciera pero no hubo dudas. Esta vez no las podía haber. El tiempo, siempre un buen consejero, le permitió un espacio en medio de la cautela y la prudencia. Apenas un resquicio de lucidez en el fragor del desastre. Y él lo aprovechó.
Ella tenía miedo. Su cuerpo temblaba. Él se dio cuenta al rozar su piel mientras afuera Pompeya se deshacía. El volcán vomitaba lava, fuego y piedras sin que los dioses pudieran salvar a sus hijos. Tal vez era lo contrario. Los dioses castigaban las licencias de aquella sociedad perturbada por el poder y la riqueza. Cayo no era creyente. Perdió la fe en el campo de batalla. Había matado y había visto matar y morir en nombre de la grandeza del emperador, un hombre a quien no conocía ni le interesaba hacerlo. Ahí estaba su espada, el peto y la coraza, los símbolos de Roma y de la Decimoquinta Legión cuyo estandarte defendía desde la Galia a Hispania. Estaba cansado de tanta brega. En ese instante, cuando el mundo que conocía estallaba en mil pedazos, sólo le interesaba hacerle el amor a Ligia, la hija del senador Dardo.
-No temas-la tranquilizó abrazándola con fuerza contra su pecho desnudo- Aquí estás a salvo.
-Pero y eso… Balbució Ligia cuyos ojos se humedecían a medida que oía el estruendo de las explosiones que emanaban del Etna y el atropellado rumor de la gente que huía despavorida hacia una callejón sin salida.
-Eso pasará-dijo Cayo con la firme convicción del veterano de un centenar de batallas acostumbrado a guiar hombres y bestias por el valle de la muerte-Lo que se queda es el amor que te tengo.
Y se besaron. Cayo la tomó de la cintura y Ligia dejó que el legionario poseyera su boca a modo de preámbulo de lo que ambos deseaban con pasión. Se amaron, entonces, en aquel salón que apenas tres horas antes había recibido a los invitados del senador. Hubo fiesta, corrió el vino y la lujuria. Nadie suponía que aquél sería el último día de Pompeya. Cuando vieron la fumarola seguida de la primera descarga de pedruscos negros como la pez se encomendaron a los dioses mientras la tierra mostraba sus entrañas. Pocos escaparon de aquella furia telúrica que no distinguía amo de esclavo.
-Cayo, yo… Deslizó Ligia con la voz aterciopelada.
El centurión asintió en silencio. Su cuerpo aún se mecía al contacto con el de su amada. No era cuestión de apresurarse. Seguía el compás que dictaba su corazón, un músculo tan maltratado como sólo puede estarlo aquel que posee la experiencia de un perro de presa dispuesto a todo y nada por honor o unos sestercios, en igual medida. Y Cayo era eso. Tampoco pretendía ser algo más, aunque para Ligia, inmaculada, protegida y educada por las vestales del templo, lo era todo. En sus brazos, entrelazadas las piernas, aferrada a su torso, ya no sentía miedo. No existía nada ni nadie más. Como debe ser cuando se ama. O al menos eso creía aquella joven que estalló de placer mientras el infierno tomaba por asalto la última península de humanidad.
James Walthrop se detuvo frente a lo que parecía una perfecta escultura romana. Sacó una escobilla de su morral y retiró la capa de polvo que la cubría. Había llegado a las ruinas de Pompeya después de un largo y pesado viaje desde Londres. Su asistente, Charles Quiver, se limitaba a observar la minuciosidad del arqueólogo.
-Es extraño-dijo Quiver quitándose los lentes-Daría toda la impresión de que fueron sorprendidos por la desgracia y, en fin, se quedaron así.
Walthrop siguió en lo suyo. La lava se había tornado roca calcárea con el paso de los siglos respetando escrupulosamente la forma de los cuerpos. Se trataba de un hombre y una mujer amalgamados, unidos por siempre.
-Lo llevaremos al Museo Británico-propuso el académico-Ocupará un espacio destacado en la colección dedicada a la Roma imperial.
-¿Ha pensado usted en la historia detrás de…?
El profesor interrumpió a su osado, joven e impetuoso asistente.
-Cállese Quiver, por favor. Un poco de respeto. Está usted ante una muestra más de lo que yo denomino la fuerza del amor.
-Perdón, no le entiendo… Repuso el estudiante más aplicado de la cátedra.
James Walthrop buscó en su bolsillo y sonrió dulcemente. Guardaba un camafeo con un retrato. Era Mary Elizabeth, su prometida.
-Quizás es usted todavía muy joven para entenderlo.
-Se refiere a…
Walthrop volvió a interrumpir a su alumno.
-La fuerza del amor. Cuando se ha perdido todo, aún la esperanza, la fuerza del amor es lo único que queda.
-Permítame decirle, señor, que usted es un romántico empedernido. Sentenció Quiver.
-¿Y qué nos queda, entonces, sino creer en la única fuerza motriz que mantiene el mundo en movimiento?
-Es posible que tenga razón, pero yo…
-Oh, vamos Quiver. No pervierta la esencia de este momento.
Walthrop vio otra vez el camafeo. Su rostro se ensombreció. Enseguida una fecha vino a su memoria: 14 de abril de 1912. Mary Elizabeth no sobrevivió al desastre del Titanic.
-Señor, ¿está todo bien?
-Sí, Quiver. Sólo recuerdos.
-¿Malos? ¿Buenos?
-Sólo recuerdos de un amor que fue y que será.
Charles Quiver no lo entendió. Seguramente lo entendería algún día. O quizás no. La fuerza del amor obra siempre de extrañas formas.

SACA PUNTAS

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SUMA

La Entidad Municipal de Aseo de Tarija, dispuso realizar un cambio de horario en el servicio de recojo de basura en los barrios del centro de la ciudad, con el fin de evitar conflictos y nudos viales como viene ocurriendo a la fecha.

RESTA

El insulto y la incitación a la violencia por parte de la dirigente gremialista de Villa Montes, Gaby Gandarillas, en contra de los tarijeños, o mejor dicho de sus hermanos del mismo departamento. Para colmo, la dirigente mostró en sus declaraciones una fuerte falta de conocimiento respecto a la producción de hidrocarburos.