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Qué pasa en la mente de un mitómano según la psicología






26 julio, 2018

Cultura Colectiva

¿Has atrapado a alguien mintiéndote? ¿Y cuántas veces has atrapado a la misma persona? ¿No sientes un poco de lástima o compasión cuando estás parado enfrente de un mentiroso?

Según diversos estudios, aproximadamente a la edad de seis o siete años empezamos a adquirir consciencia del Bien y el Mal. Durante este proceso es fundamental la formación académica, pero sobre todo la educación familiar; de hecho, la moral y la ética de ésta última son el eje del desarrollo correcto del pequeño.

Otro elemento que juega un papel vital es la empatía, la capacidad de adentrarnos y comprender la situación y los sentimientos del otro. De la empatía depende que un individuo se desenvuelva correctamente y esté apto para una convivencia social sana con la que logre crear lazos afectivos. Si por alguna razón esta habilidad se ve interrumpida o suprimida, pueden generarse diversos síndromes mentales de los que quizá podamos arrepentirnos.

Uno de estos síndromes es la mitomanía, un trastorno psicológico que obliga a quien lo padece a mentir en una cadena lamentable que pareciera no tener fin.

Una persona normal (que no sufre de mitomanía) miente a partir de los tres y cuatro años, ya que es a esta edad cuando un infante nota su contexto real y puede identificar los beneficios del lenguaje y de la manipulación de la información. Puesto que todo ser humano se ve orillado a mentir algunas veces, es aquí cuando el “eso está bien” o el “eso está mal” de mamá toma una relevancia de vida o muerte… Bueno, no tanto, pero esta educación y condicionamiento es crucial si no se espera un futuro mitómano del pequeño mentiroso.

Mitomanía como estilo de vida

A lo largo de los años la mitomanía se sigue escondiendo en el misterio, ya que sus causas son tan enrevesadas como el propio funcionamiento del cerebro y la mente. Cuando una persona promedio miente pensando en su beneficio, en justificar alguna situación, en dar excuas por alguna falta, por generar simpatía, y hasta por consideración al otro, siempre es consciente de los motivos que lo llevan a mentir, de lo que obtendrá, y de hasta dónde llegará la mentira, algo así como una línea límite que no debe ser traspasada por su engaño. En cambio, un mitómano jamás será capaz de juzgar lo que está haciendo, simplemente mentirá como un acto reflejo, sin ninguna intención previamente meditada.

Falta de empatía

Parece absurdo, pero un mitómano jamás podrá considerar ni medir el daño que está causando. Mucho menos los niveles de destrucción que lleve a tu vida con cada cosa que diga. Para el cerebro de los mitómanos cada palabra es la verdad y nada más que la verdad. Esto se debe, claro que sí, a la falta de empatía, razón por la cual este síndrome es relacionado con la psicopatía, la sociopatía y el narcisismo, pues en todos estos trastornos es muy común un desorden de deficiencia empática. Es decir, ¿cómo podría darse cuenta de lo mucho que te hiere si no es capaz de comprender lo que sientes? Imposible.

Mentiras sin culpa

Así que no esperes una disculpa o un gesto de arrepentimiento, seguirá mintiendo hasta hacerte dudar de ti mismo y hacerte sentir culpable, no es que lo planee, es la consecuencia directa de su cadena de mentiras. Te culpará por todo, por tu falta de comprensión y terminarás desconfiando de todo. Ya te digo, que nada bueno puede salir de ahí. Aunque, tampoco es culpa suya, su cerebro, sencillamente, funciona de manera diferente. A riesgo de sonar condescendientes, pero con una base científica, estamos hablando de algo tan banal como un defecto de personalidad.

¿Has atrapado a alguien mintiéndote? ¿Y cuántas veces has atrapado a la misma persona? ¿No sientes un poco de lástima o compasión cuando estás parado enfrente de un mentiroso? Apuesto a que sí, y es una de las cosas que provocan los mitómanos. Aunque lo más sano sería sacarlos completamente de nuestras vidas, lo que hacemos, de manera extrañamente natural, es ignorarlos, dejar de tomarlos en cuenta para cualquier decisión, reducirlos a cero en la escala de la confianza.