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MIL PALABRAS





17 julio, 2018

Entre justos y pecadores
Por Ramón Grimalt
Acabo de llegar de Cochabamba. Fui a producir un documental sobre la campaña ME IMPORTAN de Aldeas Infantiles SOS que, por cierto, tiene que ver con el tratamiento que los periodistas y medios de comunicación realizamos sobre las niñas, niños y adolescentes en diferentes situaciones de vulnerabilidad, que algún día le contaré con más detalle. En fin, visité la zona sur, el distrito nueve, uno de los bolsones de pobreza estructural del país, donde la mayoría de las viviendas no está registrada en el catastro, falta agua potable y alcantarillado y la violencia intrafamiliar es moneda corriente. Para hacerlo corto y preciso: se trata de un retrato de esa Bolivia invisible que sólo es noticia cuando un golpe mal dado, al influjo de una tutuma rebosante de chicha, acaba en un cementerio o en un hospital en el mejor de los casos.
Lo cierto es que uno no es de piedra y, la verdad, quedé muy impresionado. En medio del infierno, allá donde el exalcalde José María Leyes sólo llega con una gigantografía que no cabe ni por asomo en una mochila china, me encontré con historias de superación personal que consiguieron sensibilizarme aún más con la problemática de cientos de niñas, niños y adolescentes con un pasado turbulento, un presente complicado y un futuro incierto. Ellos, de algún modo, son conscientes de ello; sin embargo, mire usted por dónde, alguno tiene la voluntad de salir del arroyo y luchar a brazo partido contra viento y marea. No daré nombres, por supuesto, pero conocí una joven de dieciséis años que atiende a seis hermanos trabajando a destajo; una mujer de veinte que se levanta a las cuatro de la mañana para cocinar platos típicos que vende en un puesto callejero y que en su momento le permitieron pagar la deuda contraída por un rufián que la abandonó y un hombre, viudo de una mujer alcohólica, que se enfrentó a su propia desgracia para recuperar a dos de sus hijos después de diez años en un hospicio. Cada uno de ellos, es la prueba fehaciente de que es posible creer en una segunda oportunidad.
A ver, esto no se trata de un discurso motivacional, de esos de Paulo Coelho y esa vaina de tener fe en la humanidad. Usted como yo sabemos que estamos rodeados de verdaderos hijos de puta dispuestos a saltar a la yugular por el simple placer de ver desangrar a su presa lentamente, como suelen hacer las hienas, sólo que a estos bichos los disculpo porque son irracionales, salvo que se demuestre lo contrario, por supuesto. Personalmente he perdido la fe en el ser humano después de pasarme más de veinte años en la trinchera, revolcándome en todo tipo de lodo y materia fecal (los políticos medran aparte, comprenderá usted) para luego contarlo en la tercera edición de un noticiero y así pagar las cuentas pendientes. Pero de vez en cuando me topo de narices con oasis de esperanza, esa gente que llegado el día del Juicio Final, se salvará de la hoguera. Desafortunadamente son un puñado de justos, aquellos que se desmarcan de los pecadores, o sea el común denominador de una sociedad individualista, egoísta y materialista donde el único patrón para mesurar es el volumen de la billetera. La clave está, siempre lo digo y lo escribo, en el olfato para detectar a uno de otro o una de otra, porque la mujer no se salva de la quema. Es muy difícil, se necesita mucho oficio, calle, piedra, lluvia, calor y frío; es preciso conocer la condición humana y tener siempre presente que todos, cada uno de nosotros, venimos de la estirpe de Caín, ese tipo que se cargó a su hermano por envidia y desde entonces cargamos esa culpa que sólo nosotros podemos redimir. Si nos importa hacerlo, claro está.

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