SAB
AGO
18

MIL PALABRAS





16 julio, 2018

PARA ELISA
La sepultó en silencio, con aquella dignidad tan suya. No tuvo necesidad de llamar a los hijos; hacía tiempo que habían dimitido. Pero él se quedó cuando todos se marcharon. Bueno, también estaba ella, como siempre, a su lado, mirándolo con esos ojos acuosos, limpios y claros, pero al mismo tiempo tristes, desangelados, sentada en el pórtico, tejiendo, remendando o pelando patatas o judías o lo que tuviera que pelar. Siempre callada, sin reproches. Y así se fue.
En realidad, él se lo veía venir. Las señales que aquel cuerpo menudo y frágil, resultaban inequívocas. También el diagnóstico del médico, ese matasanos con las paredes del consultorio empapeladas de diplomas, que ambos visitaron en la capital. “Mire, lamento decírselo, pero usted padece de un cáncer”, les dijo el facultativo agravando el gesto. “Existe un tratamiento, pero es muy caro. Entiendo que no lo podrían cubrir, ¿verdad?” remató sin anestesia. Y él y ella cruzaron una mirada sin subtítulos. De regreso a Vallejo, sentados en el fondo del autocar, no se separaron ni un segundo dejando que la vida transcurriera como si aquella tarde plomiza, que amenazaba lluvia, no existiera, ni tampoco la mala noticia comunicada por el doctor.
Al fin, él quebró el hielo.
-Podemos vender la casa. Total los chicos ya son mayores y…
Ella lo interrumpió abruptamente.
-Ni se te ocurra. Ni una palabra a ellos. Esto lo llevaremos tú y yo.
Y él asintió con la cabeza. Movió aquel tarro de miel coronado con un viejo sombrero de fieltro heredado de su abuelo y entrelazó las manos. Se fijó en sus dedos. Estaban ajados por el frío y la tierra, las uñas sucias y romas, y los nudillos gastados, casi a flor de piel. Aquellas manos grandes, otrora potentes, habían arado, sembrado y cosechado, durante demasiado tiempo. Ahora sólo ansiaba descansar; no quería tener que preocuparse de adquirir nuevas semillas en el mercado, ni de cavar un pozo en procura de agua para el sembradío, menos de vender sus productos al mejor postor. Pero no sería posible. Elisa se estaba muriendo y no había nada que él pudiera hacer al respecto. De pronto, mientras reconocía las colinas que rodeaban el valle y el vehículo de línea se adentraba en las entrañas de aquel paisaje yermo cruzando un camino vecinal empedrado, Alberto Comín, decidió que su prioridad debía ser que su mujer tuviera un plácido adiós.
“Será un proceso lento. Eso se lo puedo asegurar. ¿Si habrá dolor? Es probable”, sentenció el médico acostumbrado a transmitir sentencias devastadoras provocando terremotos emocionales de consecuencias insospechadas en los familiares de sus pacientes. Alberto percibió que su esposa, con quien había compartido el lecho durante cuarenta y tres años, se estremecía. Por primera vez sintió una suerte de miedo primigenio que tardó unos minutos en reconocer y procesar. Era el miedo a la pérdida, a la ausencia repentina, un vacío sin fondo visible al que se aproximaba sin remedio. “Como le comenté existen medicinas. No se imagina usted cómo ha avanzado la industria farmacéutica. Hoy se hacen maravillas. Pero yo no soy Dios, ni pretendo serlo”, comentó el doctor arreglándose una elegante corbata de seda. Alberto apretó los dientes en un involuntario gesto de rabia contenida. El tratamiento estaba fuera de sus posibilidades financieras. Consideró, por un instante, vender la casa, sus tierras, pero lo descartó al preguntarse dónde podrían ir. Además siempre estaban las palabras de su padre, ahí mismo, como una entidad moral omnisciente: “La tierra. A pesar de todo, jamás de desprendas de la tierra”. Escuchó la voz paterna, grave, cascada por el tabaco negro, barato, que compraba en el estanco de don Valerio, repetir aquella frase severa, admonitoria, que trascendía los límites naturales del cementerio del pueblo para quedarse por siempre en su memoria. Pero Elvira merecía la pena, siquiera, intentarlo.
-¿Cuánto crees que vale la casa?
Ella alzó la vista y se quedó ahí mismo, petrificada, buscando una respuesta en el techo del vehículo que había reducido la velocidad al pasar por el Salto del Ángel, una cornisa pedregosa donde se habían producido al menos cuatro accidentes fatales por la impericia de los choferes.
-No. La casa no se toca.
-Entonces, las tierras…
Sólo ella era capaz de sonreír de aquella manera. Era dulce, pero al mismo tiempo, clara y contundente, sin dejar un resquicio para la duda.
-Ya veo, las tierras tampoco se tocan.
Alberto correspondió la sonrisa con una mueca que arrugó aún más la castigada comisura de su boca.
-Encontraremos una salida. Ya lo verás. Siempre lo hemos hecho. Dijo Elisa tratando de sonar convincente. La procesión iba por dentro.
No se dijeron palabra hasta llegar a la plaza. Un pasajero se persignó devotamente; otro miró a su alrededor frunciendo el ceño, quizás contrariado por el paisaje que lo envolvía como un uniforme manto de polvo; tres monjas, de riguroso hábito negro, comentaban entre ellas. Alberto respiró hondo, aliviado. Detestaba la gran ciudad, con sus ruidos y vaivenes, el bullicio de la gente atestada en el metro, las voces de ida y vuelta, las sirenas de las fábricas anunciando el final de la jornada laboral y las luces de neón que promocionaban algún espectáculo decadente, moderno. La quietud de su pueblo natal era todo lo que necesitaba. No se imaginaba una vida fuera de Vallejo. Pero tampoco sin Elisa. Entrecerró los ojos para evitar que lo deslumbrara el sol poniente y distinguió la sombra de un hombre que lo saludaba. Era don Valerio.
-¿Qué? ¿Qué tal la capital? Le preguntó el estanquero.
-Sabes que no me gusta.
-Um-rezongó Valerio- Algo anda mal…
Alberto lo miró directamente a los ojos.
-La vida. Es la vida.
Valerio metió las manos en los bolsillos de su pantalón de pana y comprendió que aquel abnegado campesino no estaba para charlas intrascendentes. Alberto esperó a que el ayudante del chofer le alcanzara su maleta y también cargó la de Elisa. Ambos caminaron por la Calle Mayor. Hacía fresco, la gente sacaba una silla a la puerta de sus casas para esperar la cena entre amenas tertulias destinadas a resolver la crisis económica, y un grupo de niños correteaban tras una pelota de trapo. A lo lejos se escuchaba el rumor de un tango cansino contrarrestado por el profesor Soriano y su guitarra española desde el tercer piso de la escuela. Alberto sabía que Elisa adoraba la música. Con frecuencia la sorprendía tarareando una ranchera en la intimidad de su habitación mientras hacía la cama o fregaba el piso de la cocina. Entonces la abrazaba por la cadera y ella dejaba caer la cabeza atrás para que él le besara la base del cuello. Antaño, aquel ritual terminaba en sexo; ahora los acompañaba el recuerdo de tardes interminables y noches breves, cuerpos desnudos que comulgaban en la oscuridad, miradas furtivas y encuentros fugaces, casi clandestinos, para que los chicos no se despertaran. Una vez Elisa le preguntó si era feliz. Alberto no le respondió. Ella frunció la nariz, desconcertada e insistió. “Hoy estoy feliz”, dijo y ella, cubriendo su blanca desnudez con una sábana, se levantó del lecho, miró por la ventana que daba a los campos recién cultivados y sonrió como ella sólo lo sabía hacer dejando que su rostro resplandeciera al contacto con la primera luz del día, un tanto difusa. Alberto la halló hermosa y única, como una flor extraña en un jardín uniforme y monótono. Ella, pensó, era feliz. No le importaba que un día dejara de llover convirtiendo el río en una quebrada rocosa y las parcelas en eriales.
-Ya verás cómo esta vez sí cosecharemos-dijo animando a su marido-Estoy segura.
-Pero ni siquiera sé cómo la tierra aceptó la semilla…
-Ella lo sabe, Alberto. Es como una madre que sabe que lleva un crío en sus entrañas.
El campesino era incapaz de rebatir un argumento expuesto con aquella sencilla solidez. En el fondo sabía, no obstante, que sin agua el campo continuaría siendo una extensión yerma, abandonada a su desgracia. “No, amor. No todo está en esos libros que tanto te gusta leer”, le dijo con la mente, contemplando su otoñal belleza como un artista embelesado ante una creación definitiva, un lienzo generoso que acogía sin chistar trazos de admiración plena.
Calle abajo, a punto de cruzar el puente de piedra que era el límite mismo del pueblo, Alberto recordó aquella mañana y no pudo contener una lágrima. Elisa, perceptiva, se dio cuenta.
-¿Y por qué eso?
-No es nada.
-Lo es.
-Puede ser-replicó Alberto deslizando una mirada al cielo que oscurecía poco a poco-Es todo esto. Lo que nos está pasando.
-Aquí no pasa nada. Sólo que me voy porque la vida me llama.
-¿La vida?
-No te pido que lo entiendas.
Alberto notó cierto tono de condescendencia. De pronto se sintió más ignorante que de costumbre. Maldijo su suerte por no haber podido estudiar. Era lo que tocaba. Como hijo mayor se quedó en el pueblo, deslomándose bajo un sol de justicia arrimando el hombro a su padre.
-Quizás es este clima tan seco. ¿Has visto el pueblo? Sólo hay viejos y niños. Quienes pudieron están en la capital.
-¿Y lamentas haberte quedado? ¿Cambiarías tu destino?
Alberto Comín se acarició el occipital. Repasó su vida; la vio proyectada como en un filme en cámara rápida, sin interrupciones, y viendo el contorno de su casa recortándose sobre la superficie del cielo, negó con la cabeza sin decir palabra.
-¿Lo ves? Esto es lo que somos-aseveró Elisa con el rigor de quien lleva varias lecturas en la mochila-Nada podrá cambiarlo.
-Lo cambiaría un poco de lluvia. Siquiera un poquito. Deseó el campesino de ojos tristes.
-Ten esperanza, Alberto.
-No soy creyente y lo sabes. Replicó con sequedad y algo de torpeza.
Elisa sonrió de nuevo.
-No es cosa de Dios. O de dioses. Al final la tierra es justa. Siempre te da.
-O te quita.
Elisa mantuvo la sonrisa.
-Si lo dices por este bicho que tengo…
-Esa maldición. Me pregunto por qué tú y no yo. Eso hubiera sido justo. Al fin y al cabo sólo soy un labrador.
-Alguien que trabaja la tierra.
-Eso mismo. Nada más.
-Es mucho. Es todo. La tierra. Tu tierra. Nuestra tierra. Aquello por lo que soñamos y vivimos.
-Y morimos.
-No. Porque volvemos a la tierra. Mejor dicho, nunca nos separamos de ella.
-Esto es demasiado profundo para mí.
-Son los surcos que aramos cada día.
Alberto intentaba que su cerebro procesara las palabras que rebotaban contra un muro de ignorancia. Sintió alivio a pocos metros de su propiedad.
-Elisa, ya llegamos.
-Nunca nos fuimos.
Elisa vivió dos meses más. Alberto Comín grabó aquella frase en su memoria, la conservó con celo y la escribió sobre una lápida; luego cavó una fosa junto a un naranjo seco, de tronco retorcido cuyas raíces se abrían paso entre las piedras y fue incapaz de pronunciar una oración por el alma de su compañera. Dejó que lo hiciera un tal Chopin sentado frente a un piano de cola en el sobrio escenario de una sala de conciertos en algún rincón de un lejano país. “Para Elisa” rezaba el corte del disco que ella escuchaba con deleite, dejando que la música se apoderara de aquel ambiente limpio de aires rurales, una atmósfera sin vicios ni virtudes, donde el tiempo se había detenido y sus hijos se aferraban a su inevitable sino. Se enjugó la frente perlada de pequeñas gotas de sudor con el dorso de una mano y cerró los ojos. La pieza musical lo transportó a las tardes de verano, la cosecha, la fiesta mayor, con sus gigantes y cabezudos, los petardos y fuegos artificiales, el campanario de la iglesia llamando arrebato el día del gran incendio y la despedida de un puñado de hombres buenos que de descalzaban antes de subir al estribo del coche de línea para no volver jamás.

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