JUE
OCT
18

MIL PALABRAS






15 julio, 2018

EL SUEÑO DE JO
Habían llegado a las costas de la vieja Europa con una mano adelante y otra atrás. Dejaron familia y pasado soñando con un futuro. Pero el presente era lo que les preocupaba. La mayoría de ellos no tenía trabajo, deambulaba por las calles de la gran ciudad cantando tonadas de su tierra, alargando una mano para comer, esperando que el viento soplara a su favor.
Jo era senegalés, un chico avispado y alegre que siempre tenía una sonrisa en los labios sin que le importara mostrar una boca desdentada por el culatazo de un guardia nacional que impedía el paso de refugiados en la frontera. A otros, se consolaba a menudo, les fue peor. Algunos fueron internados en campos circundados con alambre de espino, la antesala de una muerte lenta pero inminente. Él, sin embargo, consiguió su objetivo y sentado en la Plaza Mayor veía a la gente pasar sin mayor preocupación que pagar la hipoteca, llegar a fin de mes intactos, con algo de dinero en la caja de ahorro y conseguir entradas para el gran partido de fútbol del que todos hablaban. “Qué van a saber ellos de sobrevivir”, se decía Jo exhibiendo los bolsos de lujo que le había conseguido su colega Mahmud. En realidad, se trataba de “excelentes imitaciones fabricadas en Macao” que habían cruzado el estrecho en un barco de dudoso origen fletado por un comerciante genovés asociado con la mafia. Nada, por cierto, ajeno a las autoridades portuarias.
-Lleve usted, señora, este Michael Korrs. ¿O le gusta este Dolce & Gabanna? Voceaba Jo alegre, hasta jocoso, ignorando el dolor que sufría en la espalda. Había pasado cuatro interminables días en posición fetal, adosado al casco de una patera, sin probar bocado ni agua, vomitando hasta la primera papilla que le preparó Mamá Cósima en la aldea de Burukaku, donde el sol se filtraba por el mínimo espacio que permitía la copa de los baobabs. Cuando la modesta embarcación alcanzó la playa apenas podía ponerse en pie. Pocas horas más tarde, en la aparente seguridad de un galpón de la zona industrial, sintió que las vértebras se quebraban y los músculos, muy debilitados, apenas podían mantenerlas en su lugar. La mañana siguiente, al alba, se presentó Mahmud con un bidón que contenía leche mezclada con café o algo similar de aspecto espeso y color oscuro. El marroquí era un hombre bajo y moreno y los ojos saltones, que se expresaba con grandilocuencia con su fuerte acento norteafricano. “Si haces bien las cosas, saldrás adelante”, le recomendó al pobre Jo atiborrado de analgésicos. De cualquier modo, aun con la cabeza dando tumbos, preso de los espasmos del mareo y la comida rápida, le preguntó qué era “hacer bien las cosas”. Mahmud lo miró con aquellos cómicos ojos de sapo y resolvió el tema por la vía directa:
-Vender dos de estos como mínimo. Y luego, me das el dinero ¿estamos? Por supuesto te daré tu parte como convinimos.
El primer día no embaucó a ninguna incauta; ni siquiera a las turistas danesas que tocaron todo el género para no comprar nada, las muy putas. De modo que se presentó ante Mahmud con las manos vacías. “Pues esta noche no cenas, amigo mío”, le reprendió sin perder el buen humor. Jo, evidentemente, había aprendido la lección y se fijó en cómo Marco y David ofrecían su mercancía. El primero, un sudanés que cojeaba de la pierna derecha, utilizaba su notoria discapacidad para vender un relato de “represión y persecución política” que calaba hondo en el alma generosa de quienes pensaban que los estados del viejo continente habían abusado durante siglos de la pobre y vilipendiada África. Su compañero, un boliviano con un indiscutible talento para la música, interpretaba melancólicas melodías del altiplano capaces de desgarrar el atribulado corazón de los viandantes. Cada uno ejecutaba a la perfección su plan de supervivencia.
Jo, en su fuero interno, los admiraba. A pesar de su situación mantenían intacta cierta dignidad que algunos habían perdido. Marco se declaraba “perseguido político” y así lo expresaba por escrito en un pedazo de cartón prensado. David se sentía en lo más alto de un escenario, ante un auditorio excepcional, transmitiendo los valores de su cultura ancestral a aquellos bárbaros amparados en la aparente seguridad de sus teléfonos móviles. El indígena aimara siempre lo repetía: “ellos son los más vulnerables” y, de algún modo, no le faltaba razón.
“Necesito algo así. Algo que me permita seguir adelante. Algo de lo que sentirme orgulloso”, caviló Jo rascándose el cráneo rapado. Pero las ideas escaseaban. Habían dejado de aflorar a su mente desde que salió de la aldea y todo su mundo, o lo que quedaba de éste, se transformó en una carrera por la supervivencia. Se trataba de conseguir un techo para cobijarse de la tormenta y un plato de comida caliente para no irse a dormir con el estómago vacío y ese dolor en las piernas de tanto caminar sin rumbo primero por el desierto, luego por las calles de aquella ciudad donde en vez de arboles crecían edificios surgidos de las mismas entrañas de la tierra. Mahmud, en definitiva, tenía razón: “no somos más que la carnaza que ellos necesitan para alimentarse”.
-Señora, mire qué bonito. Me acaba de llegar. Es de Versace. Le ofreció a una mujer cargada con dos voluminosas bolsas de la compra y que ni siquiera volteó a mirarlo.
Jo se había acostumbrado a la indiferencia. El problema era llegar al galpón. Qué le diría, entonces, a Mahmud. Tenía que vender un bolso, sin importar cómo ni cuándo. “Al menos uno”, se dijo tratando de infundirse coraje. “Valor”, consideró. Había crecido escuchando esa palabra pronunciada por los más viejos de la aldea; los mismos que cada noche convocaban a jóvenes y niños al “círculo virtuoso” alrededor de una hoguera que nunca se apagaba, al menos hasta que Tobías contara la última historia. Todos esperaban el relato de aquel anciano ciego que, sin embargo, “veía con los ojos del alma”.
Jo aún recordaba el cuento del guerrero indomable, quien una noche de luna llena abandonó la aldea en busca de fama y fortuna desoyendo los sabios consejos de su padre, fue capturado por los cazadores de esclavos blancos y después de diez años volvió a casa montando en una cebra, vestido de oropel. Aquel joven, convertido en hombre, sorprendió a propios y extraños. Todos creían que había muerto, pero ahí estaba, como el hijo pródigo, llamando a la puerta de la cabaña familiar. Enfermo y envejecido, su padre esperaba pacientemente.
-Sabía que volverías. Algo en mi fuero interno me lo decía-reveló el viejo muy emocionado-Pero dime, ¿has triunfado en la vida?
-¿No lo ves? Respondió el guerrero mostrando su atuendo.
El padre, cauto y sabio, sonrió.
-Te pregunto si has triunfado en la vida. No si te ha ido bien. Eso la lo veo.
-¿Y qué diferencia hay?-inquirió el joven-¿Acaso no te alegras de verme?
-Sí, por supuesto que me alegro.
-¿Entonces? ¿No te interesa saber cómo conseguí fama y fortuna después de haber sido esclavo? ¿No te importa cómo llegué a la cima? ¿Hasta aquí no llegó mi leyenda, esa que narra cómo le salvé la vida al tratante y me agradeció con un enorme diamante que vendí en la ciudad? Padre, soy un triunfador.
El viejo sonrió. Mostró sus encías enrojecidas, carcomidas por la caries, y dirigiéndole una mirada intensa, dulce y comprensiva al mismo tiempo, preguntó:
-Pero, después de todo, ¿eres feliz?
El joven calló. Buscó una respuesta rápida y bajó la cabeza.
-Entiendo. Eres tan pobre que lo único que tienes es fortuna.
-¿Y no basta?
-No. Lo importante es esto-sentenció el viejo padre llevándose un dedo al corazón-El hombre que vale en esta vida es quien tiene intacto esto.
-¿Intacto?
-Digno.
Y el joven abandonó la cabaña, miró a su alrededor esperando el reconocimiento de la aldea y como no lo obtuvo se montó en la cebra y se perdió detrás del horizonte.
Jo se sintió como el guerrero.

SACA PUNTAS

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SUMA

La Alcaldía emitió unas 550 notificaciones para ordenar letreros publicitarios en el centro de la ciudad. Ojalá que con esta acción reduzcan este tipo de anuncios que impiden el paso de los peatones, además de la contaminación visual.

RESTA

La responsable del programa de alimentación y nutrición del Sedes, Elva Gisbert, afirmó que en Tarija 3 de 10 niños se encuentran con sobrepeso u obesidad, es decir, el 30 por ciento de la niñez en el departamento, no practica una buena alimentación.