MAR
NOV
13
MAR
NOV
13

Griezmann y Modric, dos estrellas para iluminar a su país






15 julio, 2018

MOSCÚ
No hay nadie más preparado que ellos. Están ante el momento cumbre de su carrera deportiva. De su vida. El camino hasta la final de la Copa del Mundo para ellos fue mucho más que sinuoso. Fue empantanado. Doloroso. Por eso están listos para capitanear a sus compañeros en la búsqueda de la gloria. Porque quien supo sufrir es quien más disfruta del éxito.
Antoine Griezmann y Luka Modric son las estrellas de Francia y Croacia. Son los líderes futbolísticos y en ocasiones también espirituales de sus equipos. Son los que piden la pelota cuando más caliente está y los que piensan cuando es más necesario. Los que hacen la diferencia. El salto de calidad que transforma a un buen seleccionado en un campeón del mundo.
Si hay algo que quedó claro en este Mundial es que no hay individualidad capaz de superar a un conjunto. Es cierto que no era necesario demostrarlo, que en realidad es una obviedad, sin embargo lo ocurrido durante el último mes sirve para subrayar la idea. Los mejores del certamen han sido selecciones con una idea clara de juego, con un espíritu grupal superior a cualquier figura. Aunque no se escribió una receta única para triunfar, cada una de las virtudes principales de los equipos que más lejos llegaron partieron desde ideas colectivas.
En el caso de Croacia, la fortaleza anímica y física ha sido la clave sobre todo en la fase de eliminación directa, en la que siempre comenzó abajo en el marcador pero logró reponerse para superar a Dinamarca, Rusia e Inglaterra. El poder más valioso de Francia, en cambio, tiene que ver con la capacidad para atacar y defender como un bloque, sin descompensarse. No hay equipo que haga mejor y más rápido las transiciones que el de Didier Deschamps. Y desde allí ganó cada uno de sus encuentros.
Al talento grupal es necesario potenciarlo con ciertos elementos singulares que otorgan un salto de calidad indispensable. Un campeón del mundo necesita un número diez como Modric. O como Griezmann. También como Eden Hazard, pero se tuvo que conformar con el tercer puesto. Luka y Antoine serán los hombres más mirados de la tarde en Luzhniki. No solo porque visten la camiseta que todos admiran, sino también porque desde sus pies nacieron los sueños galos y croatas en esta Copa.
La vida deportiva de los líderes de los finalistas ha sido mucho más complicada que la de la mayoría de sus colegas. El exilio es algo con lo que los jugadores aprenden a convivir desde pequeños, pero en el caso de los protagonistas de esta historia es todavía más fuerte. Tanto Griezmann como Modric se han ganado un lugar en el partido más importante de todos con el sudor de su frente y de sus familias.
La Guerra de la independencia de Croacia comenzó en 1991, cuando Luka tenía solo seis años de edad. La ciudad de Zadar era una de las implicadas en el conflicto y la familia Modric tuvo que refugiarse, al igual que otros miles de croatas. En uno de sus asentamientos temporales fue asesinado el abuelo paterno del actual futbolista de Real Madrid, quien vio esa muerte cara a cara.
Después de la Guerra, Modric comenzó a jugar en el club de su barrio y luego pasó a Dínamo Zagreb, el más importante del flamante país. Aunque todos veían sus condiciones, allí no se pudo afirmar y otra vez tuvo que emigrar de forma obligada. Fue cedido a H. Š. K. Zrinjski Mostar de Bosnia Herzegovina, donde hizo su debut profesional a los 17 años. Tras solo una temporada en Bosnia, regresó a Dínamo y no tardó demasiado en convertirse en el mejor jugador croata. A los 22 años fue traspasado a Tottenham, donde al principio tuvo que soportar críticas por su “fragilidad física”. Críticas que fueron silenciadas con gran rapidez.
En la infancia de Griezmann no hubo muertes traumáticas pero sí muchas frustraciones futbolísticas. En su niñez y adolescencia, el pequeño Antoine hizo pruebas en varios clubes franceses, pero ninguno se decidió a ficharlo por su baja estatura. Hasta fue rechazado por el club de sus amores, Olympique Lyon. El único que le abrió las puertas fue Real Sociedad, adonde llegó por intermedio del ojeador Eric Olhats. Como jugar al fútbol era su sueño, no le quedó otra que exiliarse en San Sebastián desde los 13 años de edad.
Allí, lejos de su patria, se hizo un nombre. Convirtió su primer gol oficial en 2009, pero recién fue convocado a la Selección nacional en 2014. Aunque se afianzó muy rápido en Les blues, el hecho de no haber jugado nunca en su país lo convierte en un blanco muy fácil para las críticas. La prensa francesa lo ha menospreciado más que a cualquiera de sus compañeros y en ocasiones Paul Pogba tuvo que salir a defenderlo. Pero no sólo los medios lo han reprobado. En la Euro 2016, Didier Deschamps lo mandó al banco después del primer partido por su “falta de movilidad”. Claro que en el segundo tuvo que hacerlo ingresar y Antoine le dio la victoria. Lección aprendida para el DT galo.
Francia y Croacia van por objetivos distintos, más allá de que la Copa sea la misma. Les Bleus, el seleccionado que más finales disputó desde 1998, quiere demostrar que esta generación es tan buena como la de hace veinte años y que su presencia entre los cinco países más importantes de la historia del fútbol ya es definitiva. Por su parte, el combinado de los Balcanes va por algo superior a todo éxito deportivo. Va por una alegría inconmensurable para su pueblo, por un día que jamás olvidarán los croatas.
Para esas metas, ambos tienen virtudes colectivas y dos estrellas listas para calzarse la corona. Luka Modric y Antoine Griezmann merecen más que nadie sentarse en el trono. Que gane el mejor.