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MIL PALABRAS (177)





8 julio, 2018

Se busca referente
Por Ramón Grimalt
El cardenal Toribio Ticona, mire usted por dónde, me cae simpático; no sólo tiene cara de buen tipo, sino que además aparenta serlo, hecho que en la sociedad del espectáculo y escrutinio público permanente, es un valor agregado. Otra cosa, por supuesto, es las instrumentalización que se ha hecho (y se hace) de su origen indígena y del supuesto malestar en el seno de la Conferencia Episcopal Boliviana por una serie de afirmaciones de marcado tenor político en un contexto donde comulgar en otra parroquia es casi un pecado sin posibilidades de redención. Y es que a Ticona, como a otros, les ha podido la fuerza gravitacional de la verborragia compulsiva, esa tendencia a hablar de más y no dejar las cosas en su sitio, lo que aviva las dudas y alienta las susceptibilidades.
Monseñor se ha ido de la lengua, quizás ha dicho lo que pensaba y eso en Bolivia molesta y mucho; pero también debe recordar que la Iglesia Católica es una institución milenaria con un discurso unidireccional y que aquella oveja que decide saltar el redil suele pagar una factura demasiado alta. Ahora, con la bendición papal y, claro, del propio Evo Morales, las aguas parecen haber regresado a su cauce. El presidente, siempre en su papel, aprovechó la coyuntura para cargar duramente contra la jerarquía de la Iglesia acusándola de discriminar a Toribio por su origen; algunos obispos, por su parte, le recordaron al mandatario que en este país hubo un referendo que dijo “NO” a la reelección. Y así, entre unos y otros, las puyas de ida y vuelta cobraron un protagonismo un tanto artificial, gratuito e innecesario. Digo yo, que bastante tenemos con el lío de la Universidad Pública de El Alto (UPEA) para encima tener que soportar esta batalla dialéctica que no conduce a ningún lugar.
Siempre he considerado que la Iglesia Católica es la reserva moral de la sociedad boliviana; pero al mismo tiempo critico su intromisión casi permanente en asuntos que no son de su incumbencia, como si tuviera la obligación de opinar por mandato divino. Es más. Las intervenciones de la Conferencia Episcopal se circunscriben a una interpelación directa al Gobierno y a una escasa o nula, ponderación de sus aciertos. Esto ha llegado a tal extremo que la voz de la Iglesia sintoniza con la de una oposición política entregada a sus propias contradicciones. Y es ahí, precisamente, donde pierde legitimidad. La alineación con un discurso es un arma de doble filo; la historia de la Iglesia Católica da sobradas muestras de ello en situaciones de extrema dificultad. En Bolivia, sin necesidad de irnos demasiado lejos de casa, la Iglesia ha tenido dos vertientes, una siempre conservadora adscrita al poder establecido y otra, pedestre, surgida de las entrañas del mismo pueblo. La primera sigue ahí, enquistada en su jerarquía; la segunda, todavía se ve en algunas parroquias donde la labor social camina de la mano de la labor pastoral. Se trata de aquellos curas de barrio a quienes les preocupan sus feligreses alejándose del oropel y el boato del Vaticano. Dicen, algunos, que esa es la Iglesia verdadera, aquella comprometida con el pueblo. La pregunta es qué modelo representa Toribio Ticona en un momento donde quien más y quien menos anda en busca de un referente.