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MIL PALABRAS (174)





27 junio, 2018

Cementerio de animales
Por Ramón Grimalt
El cuerpo sin vida de Fluffy o como se llamara aquel perro menudo, lanudo y abandonado a su suerte por algún desgraciado si más corazón que un pedazo de carbón de mala calidad, yacía sobre la acera, a un metro de la calzada de la Avenida Costanera. Yo, como ustedes saben perfectamente, corro todos los días habidos y por haber muy temprano, de mañanita, casi al despuntar el alba y de vez en cuando mi ejercicio se ve interrumpido por detalles que suponen un punto de inflexión entre comenzar bien la jornada o que todo empiece yéndose bien al demonio. Ayer, fue lo segundo.
Fluffy (insisto en nombrarlo así porque no llevaba una placa o un collar que lo identificara) había sido arrollado por un auto. Sobre su pelo blanco y rizado pude advertir la huella de un neumático. Tenía la cabeza intacta, pero la oreja derecha partida, seguramente por el impacto con el vehículo en cuestión. Las patas delanteras miraban a poniente; las traseras se superponían una sobre otra, como si esa fuera su posición de descanso para dormir. De la boca, un retazo mínimo, emanaba un hilillo de sangre ya coagulada. Sus ojos parecían los de un peluche, fijos, vidriosos. Por supuesto, me detuve, apagué la música y puse una rodilla sobre el asfalto. A esa hora no hay demasiado tráfico, salvo algunos vehículos cuatro por cuatro que entran y salen de la sede de la embajada de Venezuela. Nadie había reparado en el cadáver del perro. De modo que me quité la sudadera y con cuidado envolví el cuerpo. Lo lógico hubiera sido alzarlo de allí y quién sabe si sepultarlo. Un hombre con aspecto de trabajar como arenero en la orilla del río me gritó desde una pasarela:
-¡Oiga, jefe. Bótelo nomás al río! ¡Ahí van todos!
Al principio lo miré con cierto desprecio; luego reconocí que tenía razón. Asomé por el muro y, por el bajo caudal del agua turbia y contaminada, vi al menos cinco cadáveres de perros y un par de gatos. Reprimí una náusea pero no pude contener la rabia. Sentí un sincero, profundo y visceral asco por el ser humano, el único sobre la faz de la tierra capaz de matar por deporte y no condolerse; el único que puede alcanzar cotas excelsas y tocar fondo, nadando en el barro, medrando entre la basura para sacar un provecho. Ese que tiene una mascota porque está de moda o porque a la nena le hacía ilusión un cachorrito como regalo de cumpleaños y que cuando creció y empezó a orinarse por toda la casa se convirtió en una molestia que debía simple y llanamente eliminarse. Y ese alguien dejó la puerta de casa abierta, para que Fluffy fuera a buscar una linda perrita con quien pasar el invierno o quizás reunirse con Frodo, Tommy y Lincoln, los amigos del barrio con quienes compartir anécdotas y quejas contra los amos y redactar un pliego petitorio canino para que se respeten sus derechos de una buena vez; ninguno de ellos descartaba otras medidas de presión como un bloqueo del jardín o el patio trasero o una huelga de rabos caídos. Todo sea por la causa.
Pero la vida es jodida. Fluffy se aventuró a cruzar la avenida. Creyó que lo lograría y su vida duró lo que dispuso una Cherokee modelo 95 cuyo conductor nunca se detuvo. A estas alturas de la columna seguro usted se pregunta qué hice con el cadáver. Eso queda como secreto de inventario

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