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24 junio, 2018

Un nuevo campo de batalla

Por Ramón Grimalt

El presidente Evo Morales descalifica donde y cuando puede a las plataformas ciudadanas que le recuerdan, por activa y pasiva, que en el referéndum del 21 de febrero de 2016, Bolivia dijo no a una eventual repostulación. Afirmar con tanta soltura de cuerpo que quienes se manifiestan portando una pancarta reivindicativa de aquel voto ciudadano son “seguidores de la derecha”, equivale a minimizar la respuesta de una parte significativa de la población que no comulga con el proceso de cambio o al menos la deriva de aquellos ideales que todos creímos iban a suponer un punto de inflexión en el modo de ver y entender nuestro país. Pero claro, los años pasan y de noche y en política, la verdad, todos los gatos son pardos.
Es muy saludable en democracia que ante un desgaste natural del Gobierno surjan voces emanadas de la misma voluntad popular; voces que no es necesario contrarrestar con la fuerza de los llamados movimientos sociales acólitos del Movimiento Al Socialismo (MAS). Una pugna callejera de a ver quién levanta la bandera más alto es un sinsentido que sin duda será evidente el año que se avecina y que el ciudadano de a pie, quizás usted y seguramente quien suscribe esta columna, desearemos que pase lo antes posible como una pesadilla o un examen de próstata. Por supuesto ese toma y daca continuo se trasladará a las redes sociales, un verdadero campo de batalla donde el Gobierno ha puesto su atención y recursos. Parece haber aprendido la lección de la campaña del referéndum del 21-F donde activistas contrarios a la posibilidad de un mandato sin fecha de caducidad, coparon todos los espacios de participación digital alcanzando un objetivo que luego, el Tribunal Constitucional Plurinacional, se encargó de botar al basurero de la ignominia. Ahora, las tornas han cambiado. Son los especialistas en administración de redes sociales adscritos al progresismo quienes llevan la batuta amparados en un paraguas lo suficientemente amplio para cobijar a legiones de jóvenes (y no tanto) encargados de la difusión de propaganda.
En estos tiempos marcados por la sociedad de información masiva y a mansalva cualquier proceso electoral se dirime más allá de las urnas o, siendo más preciso, en el hecho de votar. La campaña ha dejado de ser el mitin, las concentraciones masivas, las soflamas demagógicas, los pines y las banderolas; ahora mismo se trata de penetrar con la fuerza y precisión de un taladro en la esencia de la opinión pública, aquella que participa en las redes y no está dispuesta a salir de ellas. Ciertamente lo que no se tuitea no existe, ni siquiera ha pasado y los políticos lo saben, sino que le pregunten al activo Carlos Mesa. De modo que aquel que quiera saber a ciencia cierta o al menos tener una idea de lo que se cuece en el ámbito político tiene la necesidad si cabe perentoria de sumergirse en esa maraña difusa y aviesa de dimes, diretes, acusaciones, trucos y retrucos. Al contrario, a quien quiera conservar su libertad de pensamiento le recomiendo un buen libro. Ese es el único antídoto posible ante tanta cantidad de chatarra digital, sobre todo si viene con la vitola de un acrónimo político