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MALOS HÁBITOS QUE ACABAN CON LO NUESTRO





24 junio, 2018

Es casi automático, surge de manera espontánea, sin previo aviso, quien llega a Tarija sin duda se enamora casi al instante, vivimos en una ciudad linda, pintoresca, vestida de verde pero así como se siente seducido, queda perplejo cuando debe cruzar por uno de los tres puentes sobre el río Guadalquivir, que vinculan la margen izquierda con la derecha de la urbe y viceversa, porque simplemente más parece un arroyo sucio, maloliente, siempre con volquetas extrayendo sus áridos y gente lavando ropa con sus verduscas aguas. Si vamos unos 5 kilómetros río arriba, llegamos a uno de los lugares que con seguridad es parte de los recuerdos de la infancia y juventud de los tarijeños… Tomatitas, con su encanto natural, donde se unen dos ríos, con sus pozas, con su puente colgante y su bosquecillo, con sus misquinchos y cangrejitos, sus humintas calientes servidas con un buen café, quien no recuerda esos días de verano, quien no recuerda lo que hoy ya no existe… el encanto murió, fue depredado por nuestras conductas, matamos todo, ni el puente colgante queda.

Todavía guardamos en la memoria lo que vivimos de niños o jóvenes, por más alejado de la realidad que hoy esté. Aunque ya sucede desde hace varios años atrás, el balneario de Tomatitas dejó de ser tal, las aguas sucias que vienen de más arriba lo volvieron un lugar maloliente que a su vez también arroja sus desechos al Guadalquivir, la nociva costumbre de lavar ropa en sus márgenes ha ido acabando con varias especies de su flora y fauna, la extracción sin límites de sus áridos la han sentenciado junto al río, el descuido absoluto ha mostrado sus resultados y la dejadez de las autoridades ha revelado sus consecuencias. Se ha convertido en una inmensa lavandería de autos a cielo abierto, en las aguas del río se botan los aceites y desechos de motorizados de todos los modelos y en el peor estado técnico, para variar nadie controla, nadie regula, todos pasamos por el puente, incluyendo las autoridades y no se hace nada, es como si todo eso fuera parte del paisaje y estamos tan acostumbrados a el que ya ni vemos las atrocidades que se siguen cometiendo. No existe conciencia del daño provocado y tampoco intención auténtica de aplicará un antídoto contra la depredación.