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MIL PALABRAS (169)





20 junio, 2018

El fuero interno

Por Ramón Grimalt

Hace unos días participé en un evento con periodistas organizado por Aldeas Infantiles SOS en Cochabamba. La ocasión siempre es propicia para compartir con colegas, escucharlos, que me escuchen, e intercambiar opiniones y visiones sobre la realidad que nos concierne y que, gracias a Dios, no es únicamente informativa. En los refrigerios, ese espacio entre ponencias y presentaciones, surgen temas interesantes tratados a vuelo de pájaro, pero sobre todo llegamos a la conclusión de la importancia que reviste la adopción inmediata de un código de ética enfocado a la cobertura de los hechos noticiosos protagonizados por niñas, niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad, en muchos casos, de extrema vulnerabilidad.
Llevo, más o menos, veinticinco años en el ejercicio de esta profesión. Durante todo este tiempo he sido testigo de casos de violencia sistemática contra niñas, niños y adolescentes que por sí mismos son capaces de quebrar un corazón acorazado; admito, no tengo reparo en ello, haber llegado a derramar lágrimas de impotencia e incluso albergar odio hacia las bestias capaces de cometer crímenes brutales que exudan un odio cerril e irracional. Pero, claro, soy periodista y debo tomar distancia del hecho. Sí se necesita una aproximación desde lo estrictamente profesional, recabar toda la información posible, tratar de atar todos los cabos sueltos y, en definitiva, ejercer sin dejarse llevar por las pasiones. Otra cosa es lo que denomino el fuero interno, esa especie de hogar que alberga cada quien y que algunos románticos como quien suscribe esta columna desde hace bastante tiempo, ubicamos en el corazón. Es ahí donde duele, por ejemplo, la muerte de Oscar Alexander, el bebé abusado sexualmente o el modo en que asesinaron a la niña Abigail. Y, por supuesto, uno no es de piedra, ni siquiera pómez.
El punto de este asunto reside en, precisamente, aprender a separar ese fuero interno del rigor periodístico. Hay que conservar y alimentar el fuero, pero al mismo tiempo tener siempre en cuenta que los hechos no deben interpretarse, ni matizarse: los hechos simplemente suceden y así debe plasmarlos el periodismo. Es muy difícil, a decir verdad. He sido testigo de balaceras, rescates de accidentes fatales y varias visitas a la morgue; he escuchado testimonios crueles, desgarradores; he vivido, porque de eso se trata, momentos de desbordante alegría, verdaderos cantos a la solidaridad y la generosidad y, de golpe y porrazo, he bajado al noveno círculo del infierno. Es así, muy duro, tanto que uno acaba bendiciendo y maldiciendo al mismo tiempo esta profesión de mis angustias. La bendigo porque me permite reconocer lo mejor del ser humano; la maldigo por mostrarme también lo peor de cada uno de nosotros. Y en esa dicotomía me muevo, trabajo, pienso, sufro, me alegro y navego con un faro que me orienta en la turbulencia de la tormenta incesante, una luz surgida de un secuestro. Pero esa es otra historia. Para más tarde