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MIL PALABRAS (168)





18 junio, 2018

UN ÁNGEL ABORDO

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos, justo cuando el personal de cabina de vuelo OB 0612 de Boliviana de Aviación de Cochabamba a La Paz servía refrescos y café. Cristina, una adulto mayor se descompensó de pronto, tembló de pies a cabeza y cayó entre convulsiones. Los pasajeros se asustaron, naturalmente. La mujer movía la cabeza en un frenesí tan violento como inquietante y nadie, ni siquiera un servidor que ocupaba el asiento 24 A, última fila, junto a la ventanilla, supimos cómo reaccionar ante lo que a todas luces era un ataque epiléptico.
-¡Por favor! ¡Un médico! Exclamó Camila, una de las asistentes de vuelo, que antes se denominaban azafatas. Fue entonces cuando un hombre de mediana edad, se levantó de su asiento. Vestía un buzo bastante gastado, una maltratada gorra de beisbol y la camiseta de Racing Club de Avellaneda, la Academia.
-Soy médico-dijo en un tono tan sereno que el personal de abordo sintió como si le inyectaran en vena un tranquilizante- Sólo ayúdenme a acomodar su cabeza.
Lo primero que hizo el doctor fue evitar que se tragara la lengua; luego pasó un brazo fornido, de deportista veterano de toda la vida, alrededor de su pecho. Entonces un pasajero de apariencia más joven se presentó:
-Yo también soy médico. Afirmó con aplomo y orgullo y, por supuesto, consiguió que resto del pasaje reaccionara al unísono con uno de esos “ohhh” de admiración que suelen ser tan cinematográficos y que ponen de manifiesto que, a pesar de todo, los dispositivos móviles, la televisión por cable, los pronósticos del Mundial, las protestas de los universitarios de la UPEA, los erráticos viajes presidenciales y la madre que parió al mal tiempo, el frío y la nieve, seguimos siendo esencialmente seres humanos.
Pues bien, entre ambos galenos estabilizaron a la señora lo suficiente para que se le administrara oxígeno y de este modo consiguiese llegar sana y salva a su destino, el aeropuerto de El Alto. Todo esto que le cuento (a usted y nadie más, claro) de desarrolló en apenas quince minutos. El avión había iniciado la maniobra de descenso y los doctores seguían al pie del cañón, pendientes de la evolución de aquella mujer que aún postrada en el pasillo, se aferraba a los recuerdos que le daban un significado a su vida. Cuando se anunció que aterrizaríamos en unos minutos todo el mundo estaba pendiente del desenlace. El médico de Racing se dio cuenta. En todo momento tuvo el control de la situación porque simple y llanamente era un profesional.
-Está todo bien. Por favor, señorita avise a La Paz. Que una camilla espere en la pista. Pidió dirigiéndose a cualquiera de las dos asistentes de vuelo que contemplaban boquiabiertas cómo aquel doctor, chaparro, entrecano, deportivo, justo y equilibrado, había salvado una vida.
Tras el aterrizaje, en vez de abrir el portaequipajes y salir a trompicones (tal y como suele hacer la mayoría) como si se tratara de una infantil competencia de a ver quién llega antes a la terminal aérea, el doctor esperó a que subiera un colega del servicio sanitario del aeropuerto para atender a doña Cristina y sólo recogió su maleta cuando se cercioró de que la salud de la mujer no corría riesgo alguno.
Es curioso. Poco después supe que el nombre del médico es Ángel. El doctor Ángel Dávila. Y luego andan por ahí diciendo que Dios no existe