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AUSENCIAS Y PRESENCIAS





17 junio, 2018

Ramón Grimalt

Había llegado el momento fatal. Sentado frente a la pantalla de plasma de la computadora era incapaz de iniciar la singladura por aquel gélido desierto aunque lo intentaba todos los días a la misma hora, justo cuando el sol se ponía detrás de la cordillera. Entonces tecleaba una letra, escribía una palabra, estructuraba una frase como debe ser, sujeto, verbo y predicado. Pero ahí se quedaba, estancado, mientras su mente se transformaba en un crisol de ideas atropelladas que era incapaz de ordenar. Frustrado, esperaba a que las primeras sombras de la noche tomaran posiciones estratégicas en las trincheras sucias y abandonadas; luego, rayando la penumbra, cerraba los ojos dejándose invadir por la plúmbea quietud.

Pero el resultado se repetía una y otra vez de un modo inevitable: bloqueo.
El problema, sin embargo, era otro. Su editor, un hombre afable y eficiente, buen conocedor del negocio, le había pedido que enviara un borrador de la novela lo antes posible recordándole el “importante” adelanto depositado en su cuenta bancaria. Pero el escritor ni siquiera había empezado. Tenía muchos, demasiados, asuntos pendientes, sobre todo una pensión que pagar a su ex esposa que una tarde de primavera, fresca y desapacible, decidió que ya no podía soportar más a aquel tipo que se aferraba a sueños inalcanzables y a un éxito que no era suficiente para llegar a fin de mes, y se marchó de casa dando un portazo para que no quedaran dudas, ni siquiera razonables, de su decisión.
Fue entonces cuando se quedó solo. Aprendió a convivir con el silencio, alentado por aquellas voces que desde algún lugar de su interior, le impulsaban a… Nada en concreto. Solía arrimarse a la ventana que daba a la avenida, dejando que la vida pasara con la parsimonia con que el pesado camión de la basura cruzaba aquel barrio residencial sin dejar vestigios de que pudiera estar habitado por seres humanos y de vez en cuando se refugiaba tras el seguro parapeto de la literatura.
Leía sin descanso ni pausa posible, imbuido por una frenética vorágine que lo enviaba de un estilo a otro como un muñeco de trapo carente de personalidad. Pasaba de Hemingway y Dos Passos a García Márquez y Vargas Llosa, deteniéndose abruptamente en Dostoievski cuyo espíritu atormentado le resultaba seductor. Se comprometía, entonces, a escribir como el genio ruso, buscando sólidos argumentos que lo aproximaran a una realidad autodestructiva, caótica y enferma, de la que surgía todo aquel raudal de talento canalizado a través de una pluma certera. Pero no era Dostoievski, de eso podía estar bien seguro. Entonces probaba con Faulkner. Prosa tan áspera como mágica, oraciones interminables y aposiciones, personajes delirantes, perdidos en pueblos alejados de la mano de Dios. Pero tampoco era Faulkner. Quizás la respuesta estaba en sí mismo, en la casa vacía que se le venía encima en un simple recorrido entre el baño y el dormitorio donde trataba de pasar el menor tiempo posible. Aquella cama grande, de sábanas revueltas que, por cierto, ya tocaba cambiar, le recordaba que estaba solo. Y sentía que odiaba y amaba al mismo tiempo aquella condición forzada por las circunstancias; de hecho, había escrito una frase de Schopenhauer  “Lo que la sociedad llama amor, yo lo llamo miedo a la soledad”, otorgándole cierto crédito, convirtiéndola en un lema capaz de convertirse en la fuerza motriz que impulsara su voluntad de seguir adelante.
Desde que ella salió por la puerta que comunicaba con el jardín se preguntaba si alguna vez la había amado; si en definitiva sabía lo que era el amor. Se habían casado y adquirido una hipoteca con la firme intención de sentar las bases de un proyecto de vida conjunto. Claro que el destino también juega. Es tan caprichoso que de pronto, cuando uno menos lo piensa, quiebra el statu quo y manda al garete sueños, aspiraciones e ilusiones.
“Todo empezó cuando nos dejaste solos” lamentó con el corazón de estropajo contemplando la foto de Ricky que le sonreía bobamente, como lo hacen los críos el día en su cumpleaños rodeado de globos y mistura, payasos, familiares y vecinos, convidados de piedra a un banquete cuya factura resultó muy alta. Hasta que lo dictó el crepúsculo, aquél fue un día de primavera, cálido y luminoso, sin amenazas ni turbulencias, como si moros y cristianos hubieran pactado un alto el fuego en homenaje al pequeño que alegraba el hogar de aquel escritor cuyo futuro prometía, pero no que había tenido la suerte que sin lugar a dudas merecía. “Pero no te preocupes, querido. Seguro llegará. La suerte siempre llega”, le animaba ella, mientras colocaba con dificultad un enorme letrero que rezaba HAPPY BIRTHDAY. Pero él, enfurruñado, ponía cara de póker, acomodaba platos y vasos de plástico en la mesa del comedor deseando que aquel martirio pasara de una buena vez. Siempre había detestado aquellos eventos, incluso su propio aniversario, y sentía una enorme liberación cuando los presentes se despedían hasta el año por venir. En una ocasión, su madre le dijo que debía aprender a ser más tolerante, sobre todo “si quieres salvar tu relación”. Le resultaba curioso que mamá nunca se refiriera a su “matrimonio” utilizando la palabra “relación”. Consideró decírselo, reprochárselo de algún modo, pero nunca lo hizo, ni siquiera en su lecho de muerte. Dejó que el tiempo pasara, que su madre y ella-porque había decidido que “ella” debía ser su nombre desde que abandonó el nido-recorrieran caminos opuestos en dirección a un mismo hombre, él, y sólo cuando Ricky se atragantó con aquel maldito pedazo de torta y su rostro rubicundo se fue tornando una masa violácea, inconsistente y gelatinosa, cruzaron una mirada de severa complicidad que se diluyó como la vida de aquel niño absorto en su lenta agonía.
Hubo gritos desgarrados, asombro, dolor, nervios, intentos desesperados y vanos de reanimación, golpes desesperados en la espalda para que devolviera el veneno de harina procesada y crema que se había alojado en su garganta impidiéndole respirar, hasta que Ricky expiró como lo hacen los ángeles liberando un discreto suspiro al ver que alguien, probablemente fuera de este mundo, lo tomaba de una mano convidándolo a cruzar las puertas del paraíso sin temor.
-Sí, ella se fue cuando te fuiste-dijo el escritor siguiendo con un dedo el difuminado contorno del rostro de su hijo. Habían pasado tres años de su partida, el mismo tiempo que tardó en desmoronarse su matrimonio poniendo en evidencia que no existen los cimientos sólidos, aunque uno trate de mantenerlos firmes contra las tormentas.
“Las ausencias marcan más que las presencias”, coligió filosofando, perdido en las luces de una ciudad que ahora le resultaba ajena. Los anuncios de neón titilaban como estrellas en un firmamento irregular, pasivo e intermitente, de estrellas fugaces en desesperada procura de un destino. Y quizás era eso lo que el escritor anhelaba, el carácter efímero del momento para encontrarse consigo mismo y, a partir de ahí, iniciar un nuevo camino.
En ese instante, congelado en el tiempo, aferró con fuerza el marco frío y metálico de la última foto de Ricky con sus padres hasta sentir un pinchazo de dolor que lentamente ascendió de su mano izquierda a su atormentado cerebro y que de algún modo lo hizo reaccionar. Estimulado por una fuerza que lo asustaba y lo seducía en un riguroso porcentaje equilibrado y matemático, decidió enfrentar aquellos miedos e inseguridades que lo atenazaban empezando a teclear frenéticamente como si no existiera un mañana con una melancólica sonrisa a flor de labios. Era el inicio de una gran historia.