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MIL PALABRAS (165)





14 junio, 2018

Don Triste cuelga los cachos

Por Ramón Grimalt

Sucedió una tarde de otoño, como ésta, fría y desapacible. El hombre del abrigo viejo y raído, heredado de un tío querido que se fue muy pronto, caminaba por la calle angosta del centro de la ciudad con la mirada fija en el pavimento. Era un tipo tranquilo, de unos cincuenta y algo, el cabello cano, el cuerpo levemente vencido hacia adelante y el andar parsimonioso de quien nada debe y, por lo tanto, nada teme.
Pero como todo Cristo, tenía una historia a cuestas. Cargaba el lastre del pasado, ese que te acaba carcomiendo el corazón sin dejar prisioneros. El buen hombre (supongo que lo era) trabajaba en una empresa de bienes raíces pero de las de antes, donde el cliente siempre tenía la razón y se lo trataba con respeto y honestidad. Por supuesto, aquellos eran otros tiempos, y la pequeña oficina localizada en El Prado, justo frente a la Plaza Venezuela, en La Paz, se encargaba de la compra, venta y alquiler de inmuebles en la zona sur. El negocio iba bien, sobre todo porque en Calacoto siempre había interesados en cualquiera de las tres opciones.
De hecho, nuestro caballero de triste y lánguida figura era lo que bien se puede considerar un maestro en el arte de vender. Aunque apenas había acabado la carrera de Economía en la Universidad Mayor de San Andrés, desde muy joven se dedicaba a mostrar viviendas, en su mayoría casas, a posibles interesados y si todo iba sobre ruedas o al menos tal y como él consideraba, se ganaba una comisión más que aceptable.
De este modo, el hombre que cruzaba la calle Loayza abriéndose paso entre el gentío que a mediodía va y viene sin mirar a quien, tenía muy claro que había llegado el día de colgar los cachos. Como suele suceder en la vida, con la salvedad de aquel amor sincero e intenso que se profesan aquellos bendecidos por la gloria divina de entregarse a la vorágine del deseo, la complicidad y la comunión de las almas, ese mismo que perdura en el tiempo y en el espacio por toda la eternidad, el señor más triste del mundo supo que la fecha de caducidad había expirado. Las inmobiliarias de antaño, cálidas y cercanas, han dado paso a las empresas depredadoras de bienes raíces, verdaderas corporaciones de terrenos y propiedad horizontal beneficiadas con la nueva concepción de desarrollo urbano que prima en las antiguas y hoy denostadas áreas residenciales. No es extraño que el paisaje de Calacoto, en particular de la avenida Ballivián, consista en una hilera de edificios a cada cual más alto construidos donde en su momento se alzaba una casa con su jardín y su patio.
-Ahora sólo me quedan los recuerdos-me explica don Triste- Creo que ya no me queda nada más que hacer. Personalmente no me veo mostrando un apartamento minimalista a una pareja de recién casados.
Le obsequio una sonrisa de cierta complicidad. Es posible, incluso, que seamos coetáneos. Ambos sabemos que nuestra época está pasando y que lo único que queda en el inventario es considerar que la vida es un tren que no se detiene dos veces en la misma estación.