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MIL PALABRAS (164)





10 junio, 2018

Memorias de un boy scout

Por Ramón Grimalt

Lo vi disperso, en inmediaciones de la iglesia de San Miguel, mirando a su alrededor como un niño perdido en medio del parque. Llamó mi atención y me acerqué. Le pregunté su nombre, pero aquel adulto mayor que pasaba con creces los ochenta años, negó con la cabeza mientras balbucía algo ininteligible.
-¿Sabe usted dónde vive?
El señor se alzó de hombros. No hacía falta ser Freud para un diagnóstico rápido: Alzheimer.
-¿Algún teléfono? ¿Alguien a quien llamar? Recapacité un segundo. Acababa de hacer una pregunta estúpida.
Eran las siete de la noche, hacía frío y aunque el buen hombre estaba abrigado (uno de esos Loden de los años cincuenta que le iba tan largo como la sotana de un cura) le pasé una bufanda por el cuello y ofrecí mi brazo izquierdo para tratar de volver a casa. A medida que caminábamos por la Calle Veintiuno de Calacoto me contaba que había ido de visita al apartamento de su hermana, que ella demoró en servir el té y, claro, se hizo tarde y sobrevino la noche. Entonces, como no quería molestar, él que es todo un caballero, salió a la calle, dio unos pasos, y de repente se encontró en San Miguel, así, como quien no quiere la cosa. Yo, por supuesto, le daba charla con el fin de hallar una pista que pudiera conducirnos a nuestro destino; y digo “nuestro”, porque sentí una rara conexión con aquel señor encorvado, calvo como una bola de billar, barba rala de dos o tres días, las manos huesudas de dedos largos y curvos y la nariz de un ave rapaz, pero los ojos más verdes y dulces que alguna vez vi en alguien de aquella edad, por lo general, baqueteada por la factura de una vida demasiado larga, repleta de sinsabores, esas amarguras que uno ve sólo cuando pasa el tiempo y cae en cuenta de que la vida, por Dios, sólo se vive una vez, no como en los juegos de Playstation.
Llegamos por inercia a la altura de la calle la Ignacio Cordero, pero “Don Pepe” como decidí bautizarlo, nada de nada. Dimos la vuelta, cruzamos la avenida y de pronto pareció orientarse por el letrero de neón de una tienda.
-Ah, creo que es por ahí. Dijo esbozando una sonrisa desdentada pero cálida, muy cercana.
Lo conduje hasta la esquina de la calle Pancara, seguimos su senda, él a lo suyo, contando batallitas de la Revolución del 52, las barzolas y los mineros armados hasta los dientes bajo ese emblemático tojo que intimidaba al más pintado, y yo nervioso, porque me tenía que preparar para ir a ese programa de televisión de cuyo nombre no quiero acordarme. Al fin, escuché que alguien trataba de llamar nuestra atención desde la puerta de una de esas casas imponentes del barrio de San Miguel, una especie en extinción devorada por los apetitos inmobiliarios que sólo se proyectan en vertical.
-¡Don Jaime! ¡Aquí! Voceaba un empleado moviendo las manos como un poseso.
Buen punto. No era “Pepe” sino Jaime. Nos detuvimos. Él frunció el ceño, extrañado; tampoco parecía reconocer a aquel sujeto que ahora corría hacia nosotros.
-¡Don Jaime! ¿Está usted bien? ¡Ya es muy tarde!-exclamó atribulado-¡La señora está desesperada!
La señora era una mujer adulta mayor, unos años menor que don Jaime y de aire muy distinguido. Aguardaba con la espalda levemente recostada en una de las columnas que sostenían un arco románico que quizás no correspondía con la estructura de la casa, entre Tudor y minimalista; algo estrambótico, creo. De modo que después de que ella lo abrazara como si llegase del frente de batalla, derramando inclusive una lágrima, don Jaime me dirigió una mirada profunda, de esas que fácilmente te pueden partir por la mitad si te pillan descuidado y con la defensa baja. No necesitaba agradecer con palabras que suelen resultar convencionales; me bastaron esos ojos verdes veteados de pequeñas arrugas arracimadas en su contorno para sentir que una vez más había hecho de perfecto boy scout

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