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Belgrano consideraba a la educación como fundamental para el progreso y que los maestros debían ser bien remunerados






3 junio, 2018

Belgrano fue premiado con 40.000 pesos por el triunfo de su ejército sobre los españoles, dinero que destinó a la construcción de cuatro escuelas públicas en Santiago del Estero, Salta, Jujuy y Tarija. En 1974 se construyó en Tarija el Colegio que lleva su nombre en el barrio Fátima de nuestra capital. Fue uno de los próceres argentinos que más énfasis puso en impulsar la educación. Durante su estadía en España había elaborado un plan de acción, que en total abarcaba seis puntos. Uno de ellos estaba dedicado a la educación: Su ideario señalaba: “Sin que se ilustren los habitantes de un país, o lo que es lo mismo, sin enseñanza, nada podríamos adelantar. La patria necesita de ciudadanos instruidos”. En su biografía del prócer, el historiador Felipe Pigna destaca que Belgrano redactó un moderno reglamento para las escuelas que en su Artículo Primero dice que “el maestro debe ser bien remunerado, por ser su tarea de las más importantes de las que se puedan ejercer”.

Antes de morir en la pobreza el 20 de junio 1820, dispuso que las escuelas fuesen construidas en las provincias argentinas señaladas y en el Departamento de Tarija, Bolivia. En la ciudad de Tarija, se construyó la “Unidad Educativa General Manuel Belgrano”, que alberga a más de 3.500 alumnos en tres turnos de actividades y niveles educativos. Mediante Decretos promulgados por los Presidentes Juan Domingo Perón y Juan Carlos Onganía, dispusieron cumplir con la donación hecha por el Gral. Belgrano.

LA REVOLUCIÓN DE MAYO
Y LA PRIMERA JUNTA DE GOBIERNO

Cornelio Saavedra. (Presidente)
Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea (vocales). Juan José Paso y Mariano Moreno (secretarios).
Saavedra y Azcuénaga eran militares, Belgrano, Castelli, Moreno y Paso eran abogados, Larrea y Matheu eran comerciantes y Alberti era sacerdote.

Los protagonistas del 25 de mayo de 1810

El 25 de mayo de 1810 era dia viernes y una multitud comenzó a reunirse temprano por la mañana en los alrededores de la por entonces Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, liderados por Domingo French y Antonio Beruti, quienes decididos a conseguir la libertad del pueblo repartían distintivos entre los revolucionarios para envalentonarlos. El pedido era único y claro: la renuncia definitiva del virrey Cisneros y la formación de una Junta de Gobierno Nacional.

La reunión en el Cabildo comenzó a las nueve de la mañana y comprendieron que el fervor iba a ser irreprimible. La gente estaba convencida y decidida. Pero el virrey español no quería dar el brazo a torcer e insistía que su caída era evitable. Tras consultas y negociaciones, había llegado el momento de decidir cómo seguir e instalar una junta prepuesta por French y Beruti respaldada por una enorme cantidad de firmas. Otros aseguran que fue una negociación entre tres partidos que propusieron a sus candidatos: los carlotistas, los juntistas y los milicianos. Belgrano, Castelli y Paso eran carlotistas. Los juntistas eran Moreno, Matheu y Larrea. Saavedra y Azcuénaga representaban al poder de las milicias. El nombre formal fue “Junta Provisional Gubernativa de la capital del Río de la Plata” según la proclama del 26 de mayo de 1810.

LA CAMPAÑA EN EL ALTO PERU

En febrero de 1812, Belgrano fue nombrado por el Primer Triunvirato jefe del Ejército del Norte. Debía partir hacia el Alto Perú, para brindar nuevamente auxilio a las provincias “de arriba”, reemplazando a Juan Martín de Pueyrredón y engrosando el ejército con las tropas de su regimiento.
Se hizo cargo del mando en la Posta de Yatasto: del ejército derrotado quedaban apenas 1500 hombres, de los cuales 400 internados en el hospital; tampoco había piezas de artillería y no tenía fondos para pagar a los soldados. Fue designado como su Mayor General Eustaquio Díaz Vélez, quien lo secundó y acompañó durante toda la Segunda Campaña Auxiliadora al Alto Perú.

Belgrano instaló su cuartel en Campo Santo, al este de la ciudad de Salta. Se dedicó a disciplinar el ejército y organizó su hospital, la maestranza y el cuerpo de ingenieros. Su seriedad y su espíritu de sacrificio le ganaron la admiración de todos y logró levantar el ánimo de las tropas. En mayo se trasladó a San Salvador de Jujuy e intentó algunas operaciones en la Quebrada de Humahuaca. Para levantar la moral del ejército, hizo bendecir la bandera por el cura de la iglesia de la ciudad, Juan Ignacio Gorriti, que había sido miembro de la Junta Grande.

En esta situación, Belgrano recibió del Primer Triunvirato la orden de replegarse, sin presentar batalla, hacia Córdoba. Así fue que dirigió el Éxodo Jujeño. Conocedor de los territorios, observó que las posibles defensas de Córdoba y que los realistas podían avanzar directamente hasta Buenos Aires, por lo que consideró la resistencia a ultranza hecha por el pueblo en San Miguel de Tucumán.

El jefe del ejército de vanguardia realista, general Pío Tristán, avanzó hasta las afueras de la ciudad con sus tropas desprevenidas, con la artillería empacada sobre las mulas. La batalla de Tucumán, librada el 24 de septiembre de 1812, fue increíblemente confusa: cada unidad peleó por su lado, se desató una tormenta de tierra, e incluso el cielo se oscureció por una manga de langostas. Belgrano acampó a cierta distancia, y sólo el llegar la noche supo que había triunfado. Fue la más importante de las victorias revolucionarias de la guerra de la independencia argentina.

Belgrano reorganizó las tropas y avanzó hacia Salta. El 20 de febrero de 1813 se libró la batalla de Salta, en la pampa de Castañares, lindante con la ciudad de Salta, en la que logró un triunfo completo, haciendo inútil la defensa de las tropas de Tristán. Fue la primera vez que la bandera argentina presidió una batalla. Firmó con Tristán un armisticio, por el cual dejó en libertad a los oficiales realistas, bajo juramento de que nunca volvieran a tomar las armas contra los patriotas. Como consecuencia de la batalla de Salta, las provincias altoperuanas de Chuquisaca, Potosí, y más tarde, Cochabamba, se levantaron nuevamente contra los españoles. Expulsó al obispo de Salta, cuando descubrió que estaba cooperando con los realistas. En abril de 1813 inició el avance hacia el norte, al territorio de la actual Bolivia.

Intentó no empeorar las relaciones con los altoperuanos, que habían quedado mal predispuestos contra Castelli y Bernardo de Monteagudo, pero hizo ejecutar a los realistas que habían violado el juramento dado en la batalla de Salta y por el que habían sido liberados: les cortó las cabezas y las hizo clavar con un cartel que decía “por perjuros e ingratos”. En junio ingresó con su ejército de 2500 hombres a Potosí, donde reorganizó la administración y nombró gobernadores adictos en casi todo el Alto Perú. Belgrano se puso en marcha con 3500 hombres, entre los que se contaban fuerzas indígenas comandados por Cornelio Zelaya, Juan Antonio Álvarez de Arenales, Manuel Asencio Padilla e Ignacio Warnes. Este último había sido nombrado gobernador de Santa Cruz de la Sierra por Belgrano, y había logrado extender significativamente el territorio liberado.

Enfrentó a Pezuela el 1 de octubre en la batalla de Vilcapugio, donde en un primer momento pareció que podía lograr la victoria. Un sorpresivo contraataque realista logró una victoria total para Pezuela. En ella perdió poco menos de la mitad de sus tropas, casi toda su artillería y su correspondencia. Por ésta, Pezuela supo que Belgrano esperaba refuerzos. Por eso forzó rápidamente una nueva batalla.
En la batalla de Ayohuma, del 14 de noviembre, y a pesar del consejo contrario de sus oficiales de no presentar batalla, no atinó a ocultar la disposición de sus tropas, lo que permitió que Pezuela lo atacara con seguridad, cambiando de frente. Fue una segunda completa victoria realista.

Como consecuencia de estas derrotas se retiró a Jujuy, dejando las provincias del Alto Perú en manos del enemigo. Quedaban en esas provincias varios jefes revolucionarios, los más destacados de los cuales fueron Arenales, Warnes y Padilla, que dieron mucho trabajo a su enemigo hasta el regreso del Ejército del Norte, al año siguiente.

Belgrano fue cuestionado por el Segundo Triunvirato. En enero dejo el mando del Ejército del Norte al coronel José de San Martín, quien había sido uno de los jefes de la revolución del 8 de octubre de 1812 que había depuesto al Primer Triunvirato. En la Posta de Yatasto Belgrano entregó la jefatura del nuevamente derrotado Ejército del Norte a San Martín y a los pocos días regresó a Buenos Aires, seriamente enfermo por afecciones contraídas durante sus extensas campañas militares, probablemente paludismo y tripanosomiasis. Pese a encontrarse con un ejército material y anímicamente diezmado, San Martín reconoció en todo momento la gran labor libertadora desempeñada por Belgrano al frente de las terribles campañas del Alto Perú, profesándole en todo momento un gran respeto y admiración. Su fracaso en esta campaña ha sido considerado como determinante de la posterior separación de Bolivia de Argentina