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MIL PALABRAS (155)





25 mayo, 2018

Forrest Gump

Sí, la vida debe ser como dice Forrest Gump, “una caja de bombones donde nunca sabes lo que te va a tocar”, o algo por el estilo. Lo cierto es que en estos tiempos dominados por esta suerte de conveniente fariseísmo, un servidor está cada vez más convencido de que de vez en cuando aparece en el horizonte un oasis que hace más liviana y llevadera la travesía por el desierto. Sin ánimo de personalizar porque sería injusto nombrar a una pero dejar a otra en el tintero, quiero resaltar la labor absolutamente altruista de un grupo de damas que atiende a los enfermos terminales de cáncer en el Hospital de Clínicas de La Paz, tan vilipendiado en los últimos días atendiendo a una serie de denuncias, alguna justificada, me consta, y otra peregrina, interesada, aviesa y malintencionada.
Estas señoras visitan a diario a los enfermos; les llevan medicamentos, comida, agua y esperanza, un bien que cotiza al alza en una sociedad desangelada como la nuestra donde sólo sirve un tipo de vara para medir, o sea el poder del dinero, ese cuánto tienes tanto vales, que se canta por ahí para retratar a moros y cristianos en esta Bolivia de mis angustias.
Las conocí durante la elaboración de un documental para televisión titulado “Vivir con cáncer en Bolivia” que presenté un año justo antes del fallecimiento de mi padre y causaron en mí un impacto profundo. Ellas y no otras (es decir aquellas que sólo se presentan en el pabellón cuando saben que Mari Cruz Ribera va a hacer una donación para salir en la foto), cambian pañales de adulto mayor, leen cartas de un hijo que quedó en la lejanía del pasado, repasan con nostalgia y algo de recelo la fotografía de carnet de un esposo con corbata y camisa blanca que abandonó el nido cuando las papas quemaban y cantan viejas tonadas que recuerdan el aroma de una tierra adonde probablemente jamás regresen. La voz de esa mujer voluntaria es la última que escucharán cuando la vida decida irse, abandonar el cuerpo y soliviantar el alma. Será una voz suave y dulce, cadenciosa en su momento, pero cuajada de respeto y cariño, que tanta falta nos hace a todos, a usted y a mí.
Por eso me enerva pensar que los enfermos de cáncer se aferren a una voz en lugar de un acelerador lineal mientras la Casa del Pueblo toma consistencia a modo de vanagloria del proceso del cambio y toda esa vacua retórica progresista. Porque con lo que se ha gastado en ese enorme monumento a la vanidad se hubiera podido equipar, por ejemplo, un hospital oncológico en Tarija y mi padre, por Dios, mi padre, hubiera superado el cáncer que padecía. O al menos lo hubiera intentado. Claro que de noche todos los gatos son pardos, y si el especialista que vio y revisó los primeros análisis y radiografías no hubiera minimizado el impacto agresivo de la enfermedad reduciéndola a un diagnóstico si cabe optimista del tipo “cambie de dieta, haga algo más de ejercicio y deje de fumar, si puede”, otro gallo hubiese cantado.
Mi papá, Pedro Grimalt, es una de las víctimas silenciosas de un sistema de salud inhumano, incompetente y obsoleto que no sólo necesita de la caridad de un puñado de damas, precisa con urgencia de una reforma integral que priorice la salud de los bolivianos y se deje de demagogia electoralista. Si a ello agregamos, la caterva de criminales que lucró con la salud de decenas de enfermos de cáncer en el Hospital de Clínicas paceño el panorama es simple y llanamente devastador. Pero eso merece, sin lugar a dudas, un capítulo aparte