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21 mayo, 2018

Invisibles codiciosos

Por Ramón Grimalt

El nuevo desfalco en el Banco Unión, en este caso por un monto que supera el millón de bolivianos, pone definitivamente en tela de juicio los mecanismos internos de seguridad en esta institución financiera estatal. Aunque el gerente de operaciones, Humberto Marín, haya salido al paso de este escándalo asegurando que “esto no va a ocurrir más” y pidiendo a los clientes y ahorristas que “sigan confiando”, la imagen del banco ha quedado dañada.
Naturalmente no toca ahora hacer leña del árbol caído; sería injusto cargar las tintas contra un banco que maneja cuentas millonarias estatales, públicas y privadas de cientos de personas. Tampoco me corresponde hilar fino, ni pretendo hacerlo. Sí quiero incidir en la perversión de la condición humana expresada en la codicia por definición. Alguien me comentaba el otro día en el súper que a veces soy demasiado negativo a la hora de juzgar al ser humano, “porque siempre usted ve el lado malo de las cosas”, matizó en medio de los lácteos y los cereales. Le concedí cierto crédito: era una señora mayor, lo bastante para haber conocido en su vida (y en bajada) que allá donde las dan, las toman y que hay demasiado hijo de puta suelto, sin correa ni bozal. “Debería ser usted más positivo, señor Grimalt”, recalcó dirigiéndome una mirada tierna, de abuelita de bien de toda la vida. Le agradecí con un beso en la mejilla, compré un litro de leche, algo de pan, miel y queso, y mientras regresaba a casa pensaba sobre la capacidad que todos tenemos para lo bueno, lo malo y lo peor. Asociando esta idea con el desfalco del que todo el mundo opina en la barra libre de las redes sociales, concluí que si bien la codicia es una parte intrínseca de la condición humana en menor o mayor medida, tiene que existir un límite natural que frene ese vicio de meter la mano en la lata. Porque uno puede ser codicioso, de hecho lo es, pero otra cosa es delinquir, robar. Tanto Juan Pari como Julio César Rivera robaron, son ladrones y deben ser procesados. Creyeron como algún otro, que sería fácil sisar un poco aquí y otro allá, que nadie se daría cuenta y que llegado el momento tampoco resultaría complicado acallar voces para que hagan la vista gorda. De no haber tenido esta garantía, estoy convencido de que jamás se hubieran animado a arriesgarse de un modo tan grosero. En otras palabras, la dirección y gerencias del Banco Unión tienen la obligación de investigar una más que probable conexión de codiciosos y criminales asociados en el seno de la institución.
Ese es el problema, a mi modo de ver. Pari y Rivera son visibles, aquellos que fueron tan torpes como para farrearse la plata en autos, mujeres y viajes y que pasarán una buena temporada en la cárcel; los invisibles, aquellos que miraron a un lado mientras se socavaba la solidez del banco, tienen que aparecer porque así se lo exige la opinión pública, el ahorrista que confió en la probidad de la institución financiera y el mismo Gobierno como máximo representante del Estado. Pensar que con dos o tres detenidos ya viene bien o afirmar con soltura de cuerpo que “los desfalcos son normales en la banca”, sólo puede invitarnos a una profunda reflexión sobre la doble vara de medir el delito en un país de compadres y fariseos.

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