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MIL PALABRAS (151)





18 mayo, 2018

Un dilema milenario

Por Ramón Grimalt

Luchan codo a codo por los mejores promedios; en algunos casos, no saben muy bien por qué, aunque somos los padres quienes ejercemos una presión insostenible sobre estos milenarios para quienes el mundo es un pañuelo de pantalla plasma y luces led. A esta generación le repetimos que tiene todo, al menos ellos han nacido en democracia que ya es algo, y que ya nos hubiera gustado a nosotros contar con una computadora personal para no desvelarnos copiando libros a mano porque aún la fotocopia estaba fuera de nuestro alcance. A ellos les exigimos, casi de un modo perentorio, que nos superen en el colegio, verdadero campo de batalla donde se cuecen todas las habas del conocimiento haciendo especial hincapié en las ciencias exactas, soslayando las humanidades que cada vez interesan menos y aplicando a esta o aquella beca, a cada cual más difícil, “total si no surte, pues te vas de intercambio por un gringuito”.
-Tienes que ser mejor que tu padre. ¿O quieres jubilarte algún día como un fracasado? Él no pudo acabar de estudiar. Tuvo que trabajar para mantener a su familia. Míralo ahora, delante de la tele toda la tarde, dejando que pase la vida”.
Y él, asiente en silencio. A sus casi dieciséis años sabe que su madre tiene razón. Papá se deslomó por cada uno de ellos, contrajo una deuda en un banco, le debe otro tanto de plata a una mutual y ayer vendió el auto. Ese hombre que se pone la bufanda de The Strongest para ver el partido del domingo, dejó de sonreír hace tiempo, demasiado tiempo. Sale a las siete, baja en el teleférico a la hoyada e ingresa en el taller de don Cosme antes de las nueve. Allí trabaja ocho horas con una pausa para su fideucho a las doce. No suma amigos, sí compañeros que tienen en común esa mirada de melancólica pesadumbre y desesperanza. Ellos creyeron en Evo, sus promesas, el proceso del cambio que sólo cambió para algunos mientras otros siguieron con lo mismo, el salario atrasado, las cuentas acumuladas sobre el velador y la sensación de que la Bolivia de hoy es la Bolivia de siempre, al compás del bombo y el platillo, la morenada y Jesús del Gran Poder, la cerveza por fardos, el chicharrón y la carne macilenta, tibia y sudorosa a la vuelta de la esquina en cada tambo.
-Por eso tienes que estudiar. Salir del país. Y volver como un triunfador.
El milenario se pregunta qué es “triunfar”. Una delgada línea roja divide el éxito del fracaso. En realidad, en la vida se pierden más veces que aquellas en que ganas. Él se ha comprometido a intentarlo, al menos luchará hasta donde le den las fuerzas. Es dueño de una computadora, una tableta, un teléfono móvil con diez mil aplicaciones, tiene perfil en Facebook, Twitter e Instagram, se conoce de memoria Juego de Tronos, participa en grupos de fanáticos de Star Wars, cree, fervientemente, que Dios y la Fuerza son lo mismo, viste pantalones de jean apretados, pitillos, y camiseta negra, ha pensado en hacerse un tatuaje y hay una chica del curso paralelo que lo lleva por el camino de la amargura porque le gusta escuchar a Maluma. Hasta ahí todo bien.
El problema llega de noche, cuando se desviste para dormir. Desnudo, el espejo le devuelve la imagen de un proyecto de hombre que para ser completo deberá educar la inteligencia emocional. Por cierto, ¿sabe usted dónde se vende? Quiero unos comprimidos para ir repartiendo por doquier.

SACA PUNTAS

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