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Los verdaderos ‘chicos malos’ de la historia del fútbol






18 mayo, 2018

Agencias

 

Popularmente conocido como Garrincha o simplemente Mané, Manuel Francisco Dos Santos era el alero más endiablado que el fútbol auriverde pudo dar. Durante el Mundial del 62 realizado en Chile, los adversarios no tenían más remedio que verlo pasar (si acaso lo veían), dado el vértigo que le imprimía a sus desbordes. La historia indica que la temprana lesión de Pelé pretextó la emergencia fulgurante de Garrincha, cuya magia, según algunos, dependía de la extraña deformación de una de sus piernas. Fintas y sus goles al margen, optó por tener cantidad de hijos cuya manutención dribleó limpiamente. Luego de haber tocado la gloria en el césped y encarnar, a tiempo completo, al hombre sencillo y relajado, falleció a temprana edad en medio de la miseria de la que provenía.

Las medias caídas, el mechón en la frente, la irresponsabilidad adolescente como hermana siamesa del juego: genio y figura de Roberto Challe. Pisaba la pelota como si estuviera en la cancha del Oratorio Salesiano donde se cansó de fabricar sombreritos. Tiempo atrás, luego de hacerle un túnel a un cura agustino, le sugirió que retornara con sotana para evitar el desaire. Pasó a la historia estrellando el balón en la cabeza de un volante argentino en la mismísima Bombonera, provocando así a los provocadores históricos de Latinoamérica. Se dice que últimamente, ya siendo entrenador de la U, le preguntó a uno de sus jugadores “¿Y tú dónde aprendiste a jugar?”, “En mi barrio, profe”. “Ok ¿y dónde te olvidaste?”.

Según reza algún semiólogo, en Italia se juega a la defensiva por el biotipo del varón de nación, más delgado y menos apto para el choque de alemanes, ingleses o españoles. Allí alcanzó el cénit del oportunismo goleador y la caza de rebotes el memorable Paolo Rossi. Su convocatoria para España 82 fue objeto de serios cuestionamientos, los cuales alcanzaron los ribetes de un referendo político. Y es que Rossi reposaba despreocupado en un calabozo donde sufría una penalización –paradoja futbolística– luego de haberse probado su activa participación en el manejo fraudulento de los resultados del denominado calcio. Liberado de allí, pagó con creces su inclusión en la squadra azurra, siendo sus tres goles a Brasil, siempre de contragolpe, la mejor prueba de que la justicia suele vendarse en más de un sentido, no siendo su ceguera nada casual.

Se diría que la deuda contraída por Argentina con Diego Armando Maradona, alías Pelusa, es impagable. En la final de México 86 contra Inglaterra, el célebre 10 se hizo reconocer vía dos goles, el primero auxiliado por la mano de Dios y el segundo cual finteador consumado de potrero. Y así como atravesaba la línea del arco cuantas veces quería, en Italia, donde se tornara ídolo incuestionable, todo tipo de líneas atravesaron y menguaron su organismo. Adorado, criticado, materia de orgullo y estampa del desorden, Maradona insiste, aun hoy, en hablar más de lo que debe, el mejor modo quizá de cobrarle a la hinchada albiceleste lo que solo él pudo hacer por ella. Azul vía el Boca Juniors y ataviado con tonos más tenues con la casaquilla de su país e incluso la de su entrañable Nápoles, en Maradona se confirma aquello de que “al que quiere celeste que le cueste”.

Romario de Souza Faría, O Baixinho, de caja toráxica amplia y talla menuda, paseó su particular estilo de juego por distintos continentes. Siempre explotando la rigidez y mayor estatura del rival, solía llevar la bola adherida al pie e ingresar fugaz al área. Célebres eran sus puntazos que, por una suerte de cálculo milimétrico, pasaban a escasa distancia de los pies del arquero. Como buen flamenguista, sufría de saudade dados los tiempos extremadamente prolongados que permanecía lejos de la bahía de Guanabara; era especialmente alérgico a todo tipo de concentración, salvo a aquella de la que era dueño frente a la valla rival. Todos sus extravíos solían anclar en las playas cariocas a cuyas orillas era capturado peloteando entre otros garotos. Reza el mito que Zagalo, su entrenador en EE.UU. 94, tuvo que encerrarse con él y Bebeto para convencerlos de que mientras se mantuvieran enemistados Brasil no iba a poder titularse campeón. Habiéndose reconciliado, Brasil se hizo nuevamente de la copa.

Haciendo honor a su apellido, brilló en los 60 con los rojos del Manchester United el incorregible irlandés George Best. De él Pelé habría dicho que era incomparable, opinión que Best, fiel a su ego, nunca contrarió. Creativo e impredecible en el campo, cuando de opinar se trataba hizo gala de una ironía ilimitada. Entre el mar y él se interponían todos los bares y cantidad de mujeres. Dueño de un look de rockstar, aseguró que el dinero solo compra afectos más nunca el amor.

Para cerrar la baraja citaremos a un conocido nuestro, a quien se le cuenta entre aquellos que pudieron ser grandes y solo brillaron, lejanos e intermitentes, de chicos. Reimond Manco fue, digámoslo así, una promesa pura que no pasó de ser pura promesa. De dominio exquisito del balón y panorama envidiable, también supo de grandes elucubraciones; he allí su frase “Tócame, que soy realidad”. Los hechos indican que Manco terminó siendo un esclavo de ella.