SAB
MAY
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MIL PALABRAS (149)





14 mayo, 2018

ELLA SUEÑA

A ver, no daré su nombre aunque usted insista. Ella es menor de edad, no tiene familia (salvo, creo, una tía en el norte de Potosí), vive en un centro de menores en El Alto y mañana es su cumpleaños. Ella es mi ahijada, una niña muy menuda, casi no levanta un palmo del suelo, a quien conocí durante la realización de un documental sobre niñas, niños y adolescentes en situación de calle, es decir, aquellos parias de la sociedad que deambulan por mercados y plazas enganchados al “vuelo” para olvidar que no tienen un techo donde cobijarse y una familia que los ampare.
En ese contexto la conocí; bueno, para ser más exacto, ella lo hizo. Había terminado una entrevista con un educador cuando sentí que alguien muy pequeño me daba la mano apretándola con toda la fuerza que pudiera atesorar un cuerpo mínimo.
-Hola. ¿Me llevas? Yo me quiero ir con vos, pues. Me dijo con esos ojos de tonalidades verdes y pardas que han visto demasiada mierda en esta vida a sus apenas diez años.
Me quedé estupefacto. Ahí estaba ella, mi niña, pidiendo un rescate urgente. El lugar, dicho sea de paso, está muy bien comparado con otros que conozco. Ella comparte una habitación con cuatro nenas; duerme en una litera, en la parte de arriba “desde donde se ven las estrellas”, dice. Pero, no nos engañemos; a pesar de lo que reza en un cartel en la puerta de ingreso, no es un hogar. Hogar es familia, estructura, solidez, amor y paz. El contexto de los internos, la mayoría provenientes de las mismas entrañas de la desesperanza, hace imposible que mi pequeña y otras compañeritas puedan desarrollarse física y psicológicamente con normalidad. Ella necesita un padre, una madre y hermanos con quien crecer. Lamentablemente, yo no soy ni puedo ser esa figura, al menos de momento.
-Yo no te puedo llevar conmigo. No espero que lo entiendas, pero ahora no puedo. Le dije mientras su rostro se tornaba sombrío y apesadumbrado.
-¿Tienes hijos?
-Uno. Jordi.
-Yo puedo ser su hermana… Deslizó con un candor capaz de conmover a cualquier reportero con demasiadas heridas en el corazón; muescas de tanta calle, dolor y tristeza. Y Gabo escribe que es el mejor oficio del mundo…
No le dije nada. Simplemente la abracé. Sentí su piel tibia y temblorosa y traté de controlar el nudo que se me formaba en la garganta.
Han pasado tres años desde aquella tarde que recuerdo fría y soleada y, amigo mío, ya tengo su regalo de cumpleaños. Una de las cosas que más le gustan de este mundo tan cerril e ingrato es leer. Sólo así escapa de su realidad. Tengo suerte, me lo puso fácil. Le compré Veinte años después, la segunda parte de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, envuelta en papel de regalo. Pero no sólo eso. Ella sabe que cada quince días, cuando la visito, tiene una pequeña canasta con fruta, chocolate, cereales y algo de ropa. Ella, supongo, trata de ser feliz pero ignoro si lo consigue. Siempre he sostenido que la felicidad no es plena, sino momentos aislados en el tiempo. Por eso la hora que pasamos en el patio, riendo, leyendo, jugando, es feliz. Al despedirnos, no derrama ni una lágrima, no olvide usted de dónde viene; pero sé que espera que un día me presente ante la autoridad competente con la firme intención de adoptarla. Ella sueña.