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MIL PALABRAS (147)





11 mayo, 2018

Ahijados del poder

Por Ramón Grimalt

En medio de la crisis de Incahuasi se ha colado un nuevo escándalo de favores y tráfico de influencias denunciado por el senador demócrata Óscar Ortiz y que, en principio, implicaría a quince empresas que se adjudicaron diecisiete contratos en obras y servicios por cuarenta y seis millones de bolivianos en el marco de los juegos deportivos Odesur. Un par de esos contratos apuntan a dos empresas, Kronopios y Arte Bolivia, la última cerrada y fuera de funcionamiento. Aunque el ministro de Justicia, Héctor Arce, ha anunciado una investigación exhaustiva, preocupa aquello que subyace en el fondo del asunto y que no es otra cosa que la cadena de amistades peligrosas asociada con el poder establecido o por establecerse, ese carácter gregario tan boliviano de la gauchada, el favorcito y el hermaneo por decreto que tanto daño le ha hecho a la institucionalidad del Estado.
Es bien cierto que el tratamiento filial es una característica de nuestra idiosincrasia; pero cuando se confunden las tornas, es el padrino quien toma la batuta. El padrinazgo como concepto, impregna todas las esferas de la sociedad boliviana, en menor o mayor medida. Cada quien tiene un padrino en el cajón del velador, alguien a quien acudir cuando las papas queman y a quien en algún momento se deberá devolver el favor. No se imagine usted, una relación como la de Vito Corleone con cualquiera de sus acólitos; en Bolivia muchos favores se pagan con obras, licitaciones por la vía rápida y directa, un puesto político para la parienta y un silencio sepulcral cuando se trata de proteger al rebaño, al fin y al cabo todo queda en familia. Este tipo de situaciones son impensables en sociedad más complejas y estructuradas, pero aquí, entre cuatro gatos, siempre aparece uno que es de pelaje pardo.
Personalmente detesto pedir y hacer favores; intento evitar esa tesitura que me resulta muy desagradable. Pero uno no puede escapar de su contexto social y acaba echando una mano a éste o aquél o pidiendo un adelanto de sueldo porque es difícil llegar a fin de mes. Yo, lo admito, no he tenido, tengo, ni tendré un padrino; aunque en honor a la verdad apadrino a una niña hermosa en un centro para menores rescatados de las frías calles de El Alto que mantendré donde tiene que estar, es decir, en la más absoluta privacidad. En cambio conozco un buen puñado de ahijados del poder que sobrevuelan como buitres a cualquiera que pise medianamente fuerte en cualquier esfera. Se trata de gente normal, sin demasiadas pretensiones, capaz de ir a buscar un café para el jefe de turno o quedarse en el trabajo haciendo buena letra. Son alcahuetes, piperos, truhanes de bolsillo, fácilmente sobornables, con un precio de venta al público tatuado en la frente. No son malvados, ni malintencionados, sólo corruptos y arrastran todo a su paso, como un tornado. Por supuesto, juran fidelidad al partido cuando toca, pero no les importa ejercer de jenízaro llegado el caso: ayer eran emenerristas, hoy darían su sangre por Evo y mañana tampoco tendrán reparo en declararse demócratas. Son funcionarios hábiles y camaleónicos, de cuello blanco y corbata, pero también de poncho y aguayo, blancos y no tanto, indígenas y criollos, todos a una, como en Fuenteovejuna, en el país del amiguismo fácil y funcional de palmada en la espalda y mirada huidiza de si te he visto no me acuerdo. Tranquilo, así somos