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MIL PALABRAS (130)





2 abril, 2018

El Escondite

Un relato breve de Ramón Grimalt

-Ya no la podemos tener más tiempo aquí. Son demasiadas semanas y lo sabes, viejo.
Sebastián se rascó la cabeza reconociendo que su compañero tenía razón. Habían pasado quince días desde que enviaron el mensaje de rescate de Cósima Braun y la familia guardaba un silencio que resultaba inquietante. Seguro es cosa de la maldita Policía, pensó circunspecto.
-Y dime, Miguel. ¿Qué sugieres a estas alturas del partido? Preguntó con sorna.
-Pues bueno, yo… Balbució aquel hombre alto, flaco y desgarbado que sin embargo era fuerte y resistente como un roble. Su cerebro, dicho sea de paso, era de alcornoque.

Eso me figuraba-sentenció Sebastián consciente de las pocas luces de su compañero de fatigas-Si no tienes nada importante que decir te aconsejo que calles. Por cierto, anda a ver si ella necesita algo. Quizás se ha vuelto a cagar.
Miguel refunfuñó una imprecación sofocada de inmediato por la lealtad que lo unía con quien le salvó la vida en prisión. Desde aquel entonces jamás se habían separado, ni falta que hacía.
“Ya no sé qué carajo voy a hacer con este tío”, se dijo Sebastián buscando un pitillo que encendió con la última cerilla que le quedaba. Le gustaba fumar. Consideraba que aquel era un placer reservado para ocasiones especiales como aprendió a valorar entre rejas. Por eso se perdía en las volutas de humo que ascendían lentamente hacia el foco que iluminaba su refugio o “el escondite” como lo llamaba Miguel.
-Tenías razón, macho. Se cagó dijo Miguel mostrando un pañal sucio.

Joder, pues tira esa mierda y prepara algo de cenar, venga.
Miguel se puso serio. Sebastián se dio cuenta.
-¿Y? ¿Qué mierda te pasa?
-Mira, hay una cosa que me pone no sé, nervioso.
-No me digas…
-Sí, tío. Muy nervioso.
-¿Está enferma o algo por el estilo? ¿Le duele la panza?
Miguel negó.
-¿Entonces?
-Se trata de ese libro que guarda en la mochila.
-¿De qué estás hablando?
-De un libro. Parece viejo y gordo. Con muchas páginas.
-¿En serio?
-He visto libros así. Son caros.
-Miguelito, deja de soñar.
-Es verdad. A veces la sorprendo leyendo hasta muy tarde. La otra noche, hablaba en un idioma que no supe identificar.
-¡Qué vas a saber tú de idiomas!
-Ni tú lo hubieras sabido, Sebas.
Sebastián se puso en pie. Sintió un leve pinchazo de dolor en la rodilla izquierda, recuerdo de caída huyendo de dos guardias y dijo molesto:
-Iré a ver de qué se trata todo eso del libro. Pero si es una estupidez, ya te puedes ir preparando.
-¿Te acompaño?
-No, quédate aquí. Qué tal si alguien llama por teléfono. Yo vuelvo enseguida.
El exconvicto sin posibilidad de rehabilitación cogió una navaja y la introdujo entre el cinturón y sus pantalones.
-Nunca se sabe, Miguel.
-No pretenderás…
-Nadie mata a la gallina der los huevos de oro.
Miguel se sentó y abrió un periódico por las páginas centrales. Leyó un titular “Policía rastrea la calle donde desapareció Cósima”. Sonrió sin malicia. En el fondo no era un mal hombre, sino alguien que no había tenido suerte en la vida. Sebastián era diferente.
-Tenías razón con eso del libro-dijo-Es un libro viejo y caro del que podemos sacar algo.
Miguel celebró el entusiasmo de su compinche.
-¿Quieres que mañana lo lleve a una casa de empeños?
-¡No seas imbécil, Miguelito! Hay que ir más arriba. Mucho más arriba.
-¿La biblioteca?
-Tampoco.
Sebastián hizo una pausa y entornó los ojos como si rebuscara en alguna gaveta de su memoria.
-Conozco a un anticuario en la Calle Mayor. Mañana iré por allí. De momento, vigílala de cerca, no pierdas detalle de lo que hace y dice.
-¿Toda la noche?
Sebastián no necesitó responderle, bastó una mirada dura y gélida. Luego se tumbó en un desvencijado sillón. Miguel esperó a que se durmiera y, sin hacer ruido, entró en una habitación. Retiró un cuadro de dudosa calidad y miró a través de un orificio que comunicaba con el depósito. Cósima leía con calma sin que nada ni nadie la perturbasen. De pronto la bombilla de aquel estrecho reducto estalló en mil pedazos y la oscuridad tendió un manto que cubrió a la hija del magnate de la construcción. Miguel se estremeció. Un latigazo recorrió su larga espalda y mandó un mensaje de alerta a su atribulado cerebro. El secuestrador cayó de rodillas, tropezó con un banco y se lastimó el brazo izquierdo al tratar de amortiguar el impacto. Cuando abrió los ojos una constelación le recordó que aún estaba vivo. Hacía demasiado tiempo que no experimentaba un dolor semejante. Su memoria evocó aquella primera noche en la cárcel, antes de conocer a Sebastián, y aquellos matones que lo violaron en las duchas. Creía que nada podía superar aquella terrible experiencia. Postrado, sin poder moverse, admitió que se había equivocado.
“Ojalá Sebas haya oído este estropicio” consideró llevándose las manos a los ojos. Pero su compañero dormía y él, sin saber cómo ni cuándo, se sintió vulnerable a merced de lo que pudiera pasar. No esperó demasiado. Un fogonazo de intensa luz, como si alguien hubiera encendido los faros delanteros de un automóvil, lo cegó de nuevo mientras Cósima pronunciaba lo que parecía una oración mientras surcaba las páginas de aquel libro arcano.
-Debum asin Nor Bo ram qui si Mor Tuc Nov Sin Gar.
Aquello fue lo último que Miguel tuvo tiempo de asociar con la humanidad o lo que quedaba de ella.
Una hora más tarde, Sebastián despertó de un sueño pesado y profundo. Se sirvió una taza de café negro para espabilarse y miró por la ventana. La ciudad aún dormía.
-Miguel, carajo. ¿Dónde te has metido? No habrás salido a dar una vuelta por ahí…
Abrió la puerta que daba al callejón, echó un vistazo, pero no había rastro de su amigo. Sintió un vacío en la boca del estómago y volvió a la seguridad de su refugio. Una brisa fría se filtró por el quicio de la puerta y tomó posesión de aquel lugar tornándolo desapacible. Subió las solapas de su chaqueta y se estremeció al sentir una presencia ajena.
-¿Miguel? ¡Carajo! Si esto es una broma… Advirtió empalmando la navaja. Aquella hoja, que lo había sacado de algún que otro apuro, le aportó seguridad disipando posibles temores. Lo primero que pensó fue en que la Policía rodeaba el inmueble, había detenido a Miguel y se aprestaba a irrumpir en cualquier momento. De ser así, pensó, no tenía demasiadas posibilidades de escapar. Debía actuar rápido. Recorrió la corta distancia que lo separaba del depósito, metió la llave en la cerradura y suspiró aliviado al sentir que cedía.
-¡Mierda! -Exclamó cuando un ratón pardo se metió entre sus piernas-Sólo Dios sabe cuánto odio estos bichos.
Cósima, sentada en el suelo, con el libro abierto en sus faldas, le dirigió una mirada burlona y desafiante, impropia de una niña de diez años recién cumplidos.
-¡Dime dónde está Miguel! Le espetó Sebastián blandiendo la navaja.
-Vos no sois un caballero-dijo Cósima frunciendo los labios altanera-Él tampoco lo era, ¿verdad Merlín?
-¿Qué carajo dices?
-Lo que oís, villano.
Sebastián Cúper, sentenciado a diez años de prisión sin derecho a indulto, hacía denodados esfuerzos para escapar de aquella pesadilla que adquirió una dimensión demencial cuando de las páginas de aquel libro emergió una fuente de energía en forma de rayo de tracción tan potente que todos los objetos del habitáculo adquirieron vida propia, yendo de un lado a otro, chocando entre sí, mientras Cósima celebraba el momento riendo a carcajadas.
-¡Para! ¡Detén esta locura! Le pidió a gritos el criminal confeso que no tuvo reparo en pegarle un tiro a un guardia de seguridad antes de robar la nómina de la compañía minera.
-Ahora vos sois mi prisionero. Y por vos pediré un rescate que dudo mucho que alguien pague. De momento, os condeno a una mazmorra en lo más profundo de mi castillo. He dicho.
-¿Pero qué?
Sebastián no obtuvo respuesta ni explicación. Una vorágine lo engulló hacia un agujero negro aparecido de la misma nada, el mismo que succionaba todos aquellos objetos que pedían clemencia en vano. Bajo el dintel de la puerta un ratón de pelaje oscuro, pardo, era el único testigo de aquella escena surgida de la calenturienta imaginación de alguien con demasiado tiempo para elucubrar desastres.
-Miguel, mi buen vasallo. Ahora vos albergáis el mayor de mis secretos. Vos seréis el guardián del escondite .El testimonio de mi presente y celador de mi futuro.
Y el roedor movió la naricilla curioso y resignado a la vez a los designios de la princesa Cósima heredera de Camelot, discípula de Morgana y favorita del genial e incomparable Merlín, por los siglos de los siglos.