SAB
SEP
22

MIL PALABRAS (130) El Escondite I





1 abril, 2018

Un relato breve de Ramón Grimalt
-Ya no la podemos tener más tiempo aquí. Son demasiadas semanas y lo sabes, viejo.
Sebastián se rascó la cabeza reconociendo que su compañero tenía razón. Habían pasado quince días desde que enviaron el mensaje de rescate de Cósima Braun y la familia guardaba un silencio que resultaba inquietante. Seguro es cosa de la maldita Policía, pensó circunspecto.
-Y dime, Miguel. ¿Qué sugieres a estas alturas del partido? Preguntó con sorna.
-Pues bueno, yo… Balbució aquel hombre alto, flaco y desgarbado que sin embargo era fuerte y resistente como un roble. Su cerebro, dicho sea de paso, era de alcornoque.
-Eso me figuraba-sentenció Sebastián consciente de las pocas luces de su compañero de fatigas-Si no tienes nada importante que decir te aconsejo que calles. Por cierto, anda a ver si ella necesita algo. Quizás se ha vuelto a cagar.
Miguel refunfuñó una imprecación sofocada de inmediato por la lealtad que lo unía con quien le salvó la vida en prisión. Desde aquel entonces jamás se habían separado, ni falta que hacía.
“Ya no sé qué carajo voy a hacer con este tío”, se dijo Sebastián buscando un pitillo que encendió con la última cerilla que le quedaba. Le gustaba fumar. Consideraba que aquel era un placer reservado para ocasiones especiales como aprendió a valorar entre rejas. Por eso se perdía en las volutas de humo que ascendían lentamente hacia el foco que iluminaba su refugio o “el escondite” como lo llamaba Miguel.
-Tenías razón, macho. Se cagó dijo Miguel mostrando un pañal sucio.
-Joder, pues tira esa mierda y prepara algo de cenar, venga.
Miguel se puso serio. Sebastián se dio cuenta.
-¿Y? ¿Qué mierda te pasa?
-Mira, hay una cosa que me pone no sé, nervioso.
-No me digas…
-Sí, tío. Muy nervioso.
-¿Está enferma o algo por el estilo? ¿Le duele la panza?
Miguel negó.
-¿Entonces?
-Se trata de ese libro que guarda en la mochila.
-¿De qué estás hablando?
-De un libro. Parece viejo y gordo. Con muchas páginas.
-¿En serio?
-He visto libros así. Son caros.
-Miguelito, deja de soñar.
-Es verdad. A veces la sorprendo leyendo hasta muy tarde. La otra noche, hablaba en un idioma que no supe identificar.
-¡Qué vas a saber tú de idiomas!
-Ni tú lo hubieras sabido, Sebas.
Sebastián se puso en pie. Sintió un leve pinchazo de dolor en la rodilla izquierda, recuerdo de caída huyendo de dos guardias y dijo molesto:
-Iré a ver de qué se trata todo eso del libro. Pero si es una estupidez, ya te puedes ir preparando.
-¿Te acompaño?
-No, quédate aquí. Qué tal si alguien llama por teléfono. Yo vuelvo enseguida.
El exconvicto sin posibilidad de rehabilitación cogió una navaja y la introdujo entre el cinturón y sus pantalones.
-Nunca se sabe, Miguel.
Continuará…