MIE
SEP
19

MIL PALABRAS (127)





24 marzo, 2018

El álbum de fotos

Por Ramón Grimalt

A propósito de una entrevista con la historiadora Esther Ayllón en la Casa Marcelo Quiroga Santa Cruz, en La Paz, quedé muy conmovido ante una exposición fotográfica sobre la Guerra del Chaco (1932-1935), que bien podría recurrir a un título terrible que evocara la serie que en su momento ilustró Francisco de Goya, a saber “Desastres”.
La muestra, muy bien lograda desde una perspectiva netamente documental, no deja lugar a la duda sobre la crudeza de un conflicto entre dos países hermanos que se dejaron embaucar por los despreciables intereses de las compañías petroleras y que, en definitiva, los sumió en una profunda crisis económica, política y de identidad cuyo trauma perduró hasta fines del siglo XX. De aquella generación que combatió en el llamado “infierno verde” apenas quedan vestigios; cada año que pasa muere un par de excombatientes refugiados en los devastadores recuerdos del campo de batalla, las privaciones, el hambre y la sed; pero también la utilización política y el grosero manoseo de la causa a un lado y otro de la frontera.
Una de las fotos, por ejemplo, muestra a un grupo de soldados, la mayoría reclutados en la región altiplánica, marchando al frente mientras un cura los bendice desde lo alto de la carrocería de un camión militar. En la fotografía no se advierte una presencia expresa, manifiesta, de la muerte. Pero si uno se acerca a los rostros de los soldados puede leer en su mirada perdida, lánguida y difusa, que la vieja dama de negro, alta y delgada, ha marcado con ceniza la cabeza de cada uno de aquellos jóvenes que carga un fusil al hombro. El color sepia de la fotografía contribuye, sin duda, a otorgar un ambiente sórdido y desangelado, como las mismas entrañas del noveno círculo del infierno de Dante.
Por supuesto, tomé nota mental y escrita de aquel documento historiográfico. Hace tiempo, demasiado, que le doy vueltas al argumento de una novela sobre la Guerra del Chaco. Las ideas, muchas de ficción, se atropellan en mi mente y se mezclan caprichosamente con los hechos históricos. De pronto, empiezo a redactar lo que pretende ser el primer capítulo y me doy de bruces con Augusto Céspedes y su inolvidable e insuperable “El pozo” y, entonces, pulso la tecla DELETE y todo lo avanzado se va al garete. El Chueco supo, como ningún otro escritor de su generación, reflejar el dramatismo de la guerra y, naturalmente, “Sangre de mestizos” (1936) es la crónica de aquel pandemonio. Entiendo que para escribir sobre la guerra es preciso, imperioso, haberla sobrevivido. Lo más cerca que estuve de un conflicto armado fueron el motín policial del 12 y 13 de febrero y la llamada Guerra del Gas en octubre de 2003, por lo que creo que puedo decir, describir y escribir lo que pasó en aquellos días de total desgobierno en el país. De aquel entonces (no han pasado más de quince años) conservo retazos, imágenes mentales, recuerdos de voces y llantos, sonidos humanos y mecánicos, tableteo de ametralladora disparando contra civiles, militares dispuestos a cumplir órdenes, gente común defendiendo la democracia y la soberanía nacional aun a costa de su vida y mucha sangre, tanta como para teñir de malva la ciudad de El Alto.
Por ello, nada me gustaría más que presentarme en la corte de Fort Lauderdale con un álbum de fotos de aquellos hechos y mostrárselo al octogenario expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada. No haría comentarios, simplemente recorrería una página tras otra. Quizás entonces, si le queda algo de humanidad en el alma, asumiría una responsabilidad que huyó cobardemente en helicóptero para parapetarse tras los muros de un lujoso condominio en Washington. Goni, aquí está tu álbum de fotos