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COMO VIVIMOS HOY





7 marzo, 2018

La Policía hace tiempo que fue superada por el hampa en equipamiento y sentido de organización o porque muchos de sus efectivos se sumaron al crimen desde sus propios uniformes o renunciando a ellos. A pesar de que nuestras ciudades no se volvieran peligrosas de la noche a la mañana, las autoridades no supieron como prepararlas para combatir el crimen, hubo tiempo para hacerlo pero todas estaban distraídas con licitaciones de obras de cemento que dejan mayores beneficios que pensar en un plan para garantizar la protección de la población. Ojalá no este ocurriendo como ya paso en otras situaciones, que sea imposible vencer el problema porque se hizo tan grande que ya es inmanejable, es que en el caso de la seguridad ciudadana hay una serie de componentes absolutamente necesarios que son parte del engranaje para que el sistema funcione efectivamente. No se trata sólo de enunciados y discursos como nos tienen acostumbrados mientras en las calles matan a inocentes por un celular o violan a niñitas indefensas, cuando las  puertas y cerraduras ya no son impedimento para que invadan nuestros hogares, cuando nuestros hijos no están seguros paseando por las calles o cuando tomar un taxi puede resultar una experiencia mortal. 

Es lamentable reconocer que la inseguridad reina en nuestras calles, que ya no podemos caminar tranquilos como antes ni dejar a nuestros hijos solos y que vayan por su cuenta, tal vez es el precio de un crecimiento descontrolado, de la llegada de gentes de todos lados o de la excesiva confianza que sirvió para atraer mal vivientes del interior del país y hasta del extranjero.  No es un fenómeno exclusivo de la ciudad de Tarija, en otras urbes se registran hechos delictivos que erizan la piel cuando los conocemos, Yacuiba es uno de los puntos más complicados y perforados por actividades ilegales que van desde el contrabando hasta el narcotráfico, es común escuchar de extrañas muertes que revelan ajustes de cuentas típicos de esta actividad. Esa no es una forma de vida a la que estemos acostumbrados a pesar de que parece imponerse un conformismo trágico que nos expone más por la resignación ante la realidad.