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​Irresponsables y fatiguillas 





28 febrero, 2018

Por Ramón Grimalt

Días atrás entrevisté a uno de los heridos de la primera explosión de Oruro, el sábado 10 de febrero, a poco de la culminación de la entrada folclórica del Carnaval. Se trata de un universitario que podría perder un ojo y cuyo rostro presenta quemaduras de consideración. Sin embargo accedió a conversar con la prensa. Apenas recuerda lo que pasó y de ser así, prefiere olvidarlo. El trauma-es absolutamente comprensible-resulta devastador para quien acudió a una fiesta que terminó en tragedia. Su compañero, que ocupa la cama de al lado, opta por un silencio prudente desde el dolor que le provocan las heridas en la cara y el cuello, básicamente esquirlas de la deflagración. 

-En medio de aquella confusión vi gente que sacaba fotos y grababa todo con su celular. No nos socorrieron. Estaban ahí, como si contemplaran una película en el cine-Lamenta el joven estudiante entre los balbuceos propios de quien ha sido sedado-Seguro lo subieron todo a la red. 

Asentí en silencio con un leve movimiento de cabeza. En la redacción comprobamos estupefactos que las imágenes del desastre habían sido posteadas apenas cinco minutos después de ocurrido el suceso. Pronto esas imágenes fueron compartidas y difundidas masivamente generando un sinnúmero de reacciones a través de emoticones y breves comentarios. Una vez más los medios de comunicación alternativos derrotaron a aquellos tradicionales imposibilitados de competir con la inmediatez digital. 

  El problema reside en que esa información no fue procesada en ningún momento. Se transmitió sin los necesarios filtros que debe manejar el periodismo responsable (rigor, constatación de fuentes, cruce de datos, etcétera) y fue asumida como creíble por el común denominador de los usuarios de las redes sociales entregados a una suerte de orgía delirante y peligrosa que llevó a la confusión, causó una abrumadora sensación de psicosis en Oruro, una sociedad de por sí sensibilizada por la pasión de la entrada, y entorpeció la labor de la Policía Boliviana que en ningún momento tuvo el control de la situación. En otras palabras, la posverdad triunfó allá donde imperaba el desconcierto e incluso fue utilizada como fuente por algunos canales de televisión, radios y periódicos digitales forzados a actualizar sus páginas a medida que las noticias-reales y falsas-se acumulaban en los servidores y en las bandejas de entrada.

  Según el libro de estilo de The New York Times jamás se debe publicar un hecho que no haya sido constatado y corroborado por las fuentes implicadas en el mismo; no hay noticia si ese hecho no ha sido probado. Pero en el caso de la primera explosión la prensa en general fue desbordada por la magnitud de los acontecimientos, nadie tuvo la cabeza fría para ordenar la información que llegaba a raudales a las redacciones y se acabó sembrando aún más dudas cuando lo que se precisaba era prudencia y claridad. Si a ello agregamos la legión de opinadores varios capaces de enhebrar la fina aguja en el manto de las teorías de la conspiración o jugar a detectives o forenses de CSI, el resultado no puede ser más decepcionante para la opinión pública. 

  Unos, los irresponsables generadores de noticias falsas en procura de sus cinco minutos de fama y otros, los fatiguillas que prefirieron salir antes que la competencia en lugar de certificar la autenticidad de los hechos en desarrollo, demostraron que todavía estamos muy lejos a la hora de atender una situación de crisis desde la prudencia y la serenidad, dos aspectos fundamentales a la hora de manejar la información.