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Que no pare la fiesta





16 febrero, 2018

Por Ramón Grimalt
Me enteré de la noticia en la terminal de American Airlines en el aeropuerto de Miami a poco de abordar un vuelo de regreso a casa después de quince días de cobertura en Estados Unidos. Fue abrir la página web de un periódico para saber que una garrafa utilizada en un puesto de comida ambulante explotó matando a seis personas e hiriendo a unas cuarenta, enlutando la esplendorosa y patrimonial entrada folclórica del carnaval de Oruro.

Sin embargo, lo que en cualquier otra latitud hubiera supuesto la suspensión inmediata de actividades lúdicas, quedó como una anécdota de las muchas que se publican en la prensa nacional, un accidente, un hecho aislado perfecto para abrir los noticieros televisivos entregados a la difusión casi exclusiva de los fastos carnavalescos como si el mundo se detuviera por cuatro días. Y, la verdad, en Bolivia es así: nos damos el gusto de paralizar el país en una prolongada catarsis festiva que permite a quien más y quien menos desconectar con la realidad, por dura que ésta sea considerando las cientos de familias damnificadas por las lluvias, el desbordamiento de ríos, las mazamorras, los deslizamientos de tierra y la alerta naranja extendida a varias regiones con mayor o menor riesgo. En otras palabras, daría la impresión de que la vida es un carnaval y como tal, hay que vivirla, sin sopesar las consecuencias.
Basándonos en esta lógica insana, no es de extrañar que la fiesta sea una catarata de pasiones en río revuelto (nunca más propiamente dicho) donde unos y otros dan rienda suelta a comportamientos poco recomendables pero asumidos en el marco de unas tradiciones populares de dudoso valor cultural. Así, mientras los familiares de las víctimas del accidente de Oruro sepultaban a las víctimas en Tarija, La Paz, Santa Cruz o la misma capital de Pagador se bailaba y se libaba con encendido entusiasmo sin que la Policía pudiera hacer algo al respecto porque simplemente “es Carnaval”, la única fiesta que otorga una especie de patente de corso para hacer y deshacer a discreción, vulnerándose los derechos de la mujer, la inocencia de los niños y el descanso de los adultos mayores. De poco o nada sirven las recomendaciones pronunciadas con la boca pequeña por las autoridades que, dadas las circunstancias de una ocasión manifiesta, participan de la bacanal.
Pero más allá de estas consideraciones muy personales, soy de los pocos que cree que ya va siendo hora de evolucionar hacia una sociedad más seria y responsable. No es posible que en una fiesta de comadres celebrada en un hotel de Tarija las mujeres hayan colgado sus calzones de una verja en un momento en que se lucha contra las consideraciones discriminadoras, patriarcales y machistas que reducen su rol a una comparsa sin mayor horizonte que cuidar de los niños y preparar la cena. No es esta una posición pacata ni moralista desde una perspectiva encorsetada y victoriana, se trata de sentido común y sobre todo de respeto porque si una mujer se despoja de su ropa interior el mensaje deja poco espacio a la imaginación: no proclama su libertad sexual sino que la muestra disponible. Y, por Dios, ya sabemos usted y yo cómo suele acabar esa “disponibilidad”, en abuso sexual, cuando la contraparte masculina va por las calles ciega de alcohol, idiotizada y salvaje, una horda peligrosa     que no reconoce moros de cristianos. Pero qué más da ¿verdad? Venga, que no pare la fiesta.

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