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​Cuando se acaban los disfraces políticos 





8 enero, 2018

El 2005 el MAS entró al poder y lo hizo bajo un gran porcentaje de votación electoral, jamás alcanzado por otro partido hasta ese entonces; esa elección de dicho año, tal vez fue, la única a considerar sin manipulación alguna, donde el “masismo” verdaderamente ganó, sin un padrón biométrico ajustado al partido de gobierno, sin muertos vivientes, sin duplicados ni casos de cédulas de identidad triplicadas; hoy en día, lo único que se puede decir de todo este vanagloriado triunfo del MAS, se resume en una sola frase, que se le atribuye a Stalin que dice: “No importa cómo se vota ni quién vota, ni dónde ni a quién. Lo importante es quien cuenta los votos”.

Ese momento histórico boliviano, fue y será siempre un referente en política, porque aprendimos que si un sistema como el neoliberal se agotó, no es porque sea mejor o peor que otro, simplemente los sistemas políticos se agotan, al no responder a las necesidades básicas de un pueblo y/o van de forma directa a atacar a sectores no afines al gobierno de turno, generando de algún modo, que de todas las clases sociales se llegue a apoyar en su momento a alguien que presumió de ser indígena y vino de los sectores más pobres, y no porque fuese el hombre con la formación lógica, ni la capacidad intelectual, ni mucho menos con esa calidad íntegra humana que el pueblo boliviano necesitaba; simplemente, se aprovechó de generar lo que el marketing político internacional ha venido confeccionando después de la caída del muro de Berlín, para que resurja de nuevo ese sistema paralelo al capitalismo, el cual se lo denominó Socialismo del Siglo XXI, utilizando las características mesiánicas para el caso concreto de Bolivia, que se requería implementar bajo la nueva praxis socialista de avanzada.  

El Socialismo del Siglo XXI, fue un proyecto político-económico como lo fue La Capitalización en tiempos Neoliberales que estuvieron pensados a nivel Latinoamérica, y gestados por medio de fuerzas políticas extranjeras, que responden a esa eterna y constante Guerra Fría entre capitalismo y socialismo; más allá, de que el capitalismo sea simplemente la perpetuidad y el desarrollo del libre mercado por medio de la competitividad, y el socialismo sea ese simple empoderamiento del Estado para otorgar igualdad al pueblo por medio de la dependencia, lo cierto es que tanto capitalismo como socialismo no son otra cosa que simples ideologías, que cuando llegan al poder, son la misma cosa; es decir, manejan al pueblo y al mercado con la intención de pretender el control del poder político y económico absoluto y hegemónico de los recursos naturales; en ese sentido, La Capitalización como el Socialismo del Siglo XXI son proyectos manejados por medio del intervencionismo político internacional; y esta injerencia política externa, solo hace daño a los pueblos, porque mientras La Capitalización desmanteló al Estado, El Socialismo del Siglo XXI lo des-institucionalizó. Por consiguiente, el MAS de Bolivia, aprovechó el padrinazgo político que se gestaba en Latinoamérica, sin medir la injerencia política internacional, para establecerse como nueva fuerza político-partidaria a nivel nacional, por eso es muy importante que en momentos electorales, el pueblo conozca más que el plan de gobierno, al padrino político del partido simpatizante. En este caso, el padrinazgo del masismo, no tuvo que ver tanto con lo económico, sino más bien con las estrategias, la aplicabilidad y el desarrollo de las políticas, que vinieron implementándose en Bolivia en son de creencia revolucionaria, camufladas no solo por un supuesto cambio, sino de una falsa hermenéutica casera que supuestamente fue desarrollada en nuestro país por medio de gente boliviana y sobretodo de un impresionante líder que sin estudios ni preparación científica, es capaz de ser el autor y administrador de las supuestas y mejores políticas públicas implementadas en el país. Nada más falso que esto, se ha hecho creer al pueblo boliviano, el fuerte de todo este proyecto que presume de ser revolucionario viene orquestado y empaquetado desde fuerzas e intereses internacionales; y para muestra basta un botón, que se constata en la gaceta oficial de Bolivia, Ley N° 205 del 15 de diciembre del 2011 promulgada por Evo Morales, en el mismo se decreta como artículo único por la Asamblea Legislativa Plurinacional que en conformidad con el artículo 158, parágrafo I, atribuciones 14° de la Constitución Política del Estado, se ratifica el “Convenio sobre ASISTENCIA JURIDICA MUTUA EN MATERIA PENAL ENTRE EL ESTADO PLURINACIONAL DE BOLIVIA Y LA REPUBLICA DE CUBA”, suscrito en la ciudad de la Habana, el 15 de octubre de 2010. 

Asimismo, el art. 205 del nuevo código penal, que presenta una redacción tan laxa que no deja la menor duda que solo hace de cortina de humo para aplicar el verdadero objetivo principal del masismo, que es coartar, criminalizar y prohibir las protestas en las calles y en las redes sociales, catalogando a estas actividades de manifestación y de libre opinión, como sedición contra el régimen del gobierno actual, con un pena de 1 a 3 años de cárcel, así se observa en los demás artículos (209, 293 y 294) del nuevo código penal boliviano, que casualmente tiene un gran parecido con el código penal venezolano en su art. 293 que habla sobre la sedición.      

Los disfraces que ha adoptado el masismo a través del Socialismo del Siglo XXI, en sus doce años de gobierno han sido: el indigenismo, pachamamismo, nacionalismo, soberanía, anti-imperialismo, anti-colonialismo, e inclusive han llegado a avanzar hasta áreas completamente desconocidas para ellos, probando muchas veces suerte en lo industrial, lo tecnológico y lo científico. Estos disfraces, se están agotando y con doce años de gobierno se están volviendo insostenibles, pero lo que realmente los ha puesto al descubierto son las muchas veces que su hegemonía Gramsciana se ha visto contrapuesta con su hegemonismo Leninista. Por lo tanto; El MAS dejó de ser el futuro y solo representa un pasado, pero sobretodo es parte de un presente que está dañado, maleado, distorsionado y hasta confrontado entre ellos mismos. A lo largo de estos doce años, se han descubierto los distintos disfraces de este gobierno con los sin número de casos que han desestabilizado la hegemonía del MAS; como por ejemplo, el disfraz de Estado anti-colonialista no se cumple en tanto y en cuanto se siga efectuando el prebendalismo estatal que es una forma del estado colonial, el disfraz de Estado anti-capitalista ha terminado, siendo desvirtuado al instaurar otro tipo de capitalismo (el capitalismo estatal), donde el burgués es ahora el mismo Estado, generando un gobierno de cierto modo consumista y monopolizador, que cree que el desarrollismo está en atravesar parques, explorar reservas naturales, generando gastos injustificados, etc. El disfraz de la nacionalización, que es más una estatización; sin embargo para unas empresas en Bolivia puede verse que la catalogada nacionalización como una conducta ambigua y hasta parcial, referente a las transnacionales como Repsol, Petrobras y Total, ya que siguen controlando, en términos efectivos y operativos,  la extracción y las reservas de hidrocarburos, más allá de que el gobierno pueda tener el 51% de las acciones. Según el analista en economía Huáscar Salazar el ejemplo más claro de que el gobierno no tiene un control real sobre ese sector fue el “gasolinazo” en 2010, momento que se trató de eliminar la subvención a los hidrocarburos, porque los precios siguen indexados a referentes internacionales; el disfraz pachamamista, tuvo una fuerte repercusión con la disidencia por el conflicto que marcó una innegable fractura en el Pacto de Unidad como es el cuestionado caso del segundo tramo que atraviesa el TIPNIS, mismo que da por entendido que el gobierno del MAS no fue tan benevolente a la hora de hacer prevalecer el bienestar de la “Madre Tierra” y más aun, cuando se perfilan decretos que fomentan la exploración de yacimientos dentro de aéreas protegidas, como es el caso de Tariquía en el departamento de Tarija y otros; con el disfraz Indianista, las represiones indígenas como es el caso Chaparina y Takovo Mora; como así también, la falta de compromiso en precautelar la buena utilidad por la que fue creado el Fondo Indígena, hace pensar que efectivamente estamos frente a un Estado gobernado por una élite partidista que antepone los intereses privados a los intereses y necesidades verdaderamente indígenas, que no solo hacen demagogia con lo autonómico, sino también con la soberanía de los pueblos. 

Por lo tanto, ¿qué es lo que le queda al pueblo, cuando se acaban los disfraces políticos tanto de izquierdas como de derechas? ¿Tal vez, renunciar a las ideologías y centrarse en la CALIDAD DE PAÍS? Está claro, que el bienestar de un pueblo no tiene nada que ver en que si se decide ser revolucionario o conservador, capitalista o socialista. Lo que determina el bienestar de los pueblos está en la calidad del mismo, y ¿Cómo se llega a la calidad?; solo se puede conseguir una calidad de país, retornando a la institucionalidad, respetando lo constitucional, valorando lo meritocrático, desarrollando una verdadera autonomía y apostando por la formalidad disciplinaria; disciplina entendida como generadora de buenos hábitos, respetuosa de los valores y enfocada en una realidad globalizadora, pero desde un paradigma más humanista y consciente. 

“Lo cierto es que la calidad de un país solo se consigue cuando el esfuerzo intelectual está debidamente ubicado y el sacrificio de la mano de obra está muy bien remunerado”

“Es inconcebible que en un país donde se goza de gratuidad escolar y con estudios universitarios financiados por el Estado, se tengan gobernantes que apuestan por la mediocridad”  
 POR: Lic. Nivar Hevia y Vaca D. 

(Presidente del Colegio Departamental de Politólogos Tarija)