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La verdad detrás del perverso mundo de Alicia en el País de las Maravillas






27 diciembre, 2017

Cultura Colectiva

 

La primera vez que vi a Alicia en su vestido azul tomando el té con el Conejo Blanco me sentí un poco abrumada por algunos personajes como el Gato de Cheshire y El Sombrerero. Al terminar la película lo único que deseaba era convertirme en Alicia para poder conocer el mundo mágico en el que ella comía frutos que la encogían como un bicho o que la hacían crecer como un gigante de las nieves. Soñaba con ser ella, me imaginaba a mis nuevos amigos de voz cómica y creía que algún día encontraría el reino de rosas rojas.

Crecí, cambié y olvidé muchas cosas con las que soñaba. Alicia se quedó hasta abajo de la caja con cintas VHS que vendimos cuando nos mudamos, después de eso nunca volví a verla. Hace unos días soñé con ella, pero no se trató de una aventura entre torres de libros y cartas de corazones rojos, fue más bien una pesadilla. La historia que transformó toda mi infancia se volvió otra cuando encontré el libro que publicó las cartas de Lewis Carroll, autor de la novela de “Alicia en el país de las maravillas”.

Me confundió y por un momento pensé que se trataba de una farsa. Después entendí que habían sido sus propios pensamientos, inspirados en una niña de 10 años, los que habían creado a Alicia y su mundo fantástico. Leer esas rimas con dedicatoria a la niña que motivó al autor fue como encontrar entre líneas un mensaje en el que Carroll decía: si fue posible que los animales hablaran, las cosas bailaran y las reinas pintaran sus jardines con sangre ¿cómo no sería posible que Alice y yo viviéramos una gran historia de amor?

La que siempre aparentó ser una historia de maravillas y moralejas fue el reflejo de la mente de uno de los escritores más importantes de la literatura universal, pero también de uno de los hombres más perversos de la historia. A partir de las cartas que Carroll le dedicó a Alice muchos comprendimos por qué Nabokov lo llamó el primer Humbert Humbert de la vida real. El mundo fantástico de Alicia es más bien un tormentoso universo en el que el autor de esta novela plasma sus más oscuros secretos, sus deseos más sombríos y su doliente corazón al saberse enamorado de un amor imposible: una niña de 10 años llamada Alice.

En poco tiempo los lazos que creó el autor con algunas niñas
pasaron de ser una acción tierna a una pasión muy peligrosa.

Charles Lutwidge Dodgson fue el verdadero nombre del escritor, quien utilizó un seudónimo para firmar el libro que al parecer le escribió exclusiva y únicamente a Alice Liddell. Una de las niñas a las que disfrutaba fotografiar junto con otras de las hijas de sus amigos más cercanos. Dogson era un hombre respetado y se le reconocía por su inteligencia, pero también por su habilidad por crear vínculos especiales con niños pequeños. En poco tiempo los lazos que creó Charles pasaron de ser una acción tierna a una pasión muy peligrosa.

Otra parte del complicado mundo de Dogson eran las matemáticas, las cuales también utilizó para acercarse a un grupo de pequeñas a la que les impartía clases. Después de las lecciones él salía con las niñas a caminar por el bosque para fotografiarlas en interesantes paisajes siniestros, mientras se paseaban el matemático les contaba cuentos e historias que posteriormente decidió dedicarle, junto con algunas cartas, a Alice Liddell, la hija de 10 años de unos de sus amigos.

El eterno soltero de Oxford se convirtió
en el pedófilo de la literatura infantil.

Dicha situación se mantuvo bajo el resguardo de un llave oxidada con la que nadie se había atrevido a abrir el baúl que guardaba la fascinación desmedida de Dogson por Alice. Pero después de la publicación de las cartas que el autor intercambiaba con algunas niñas la peligrosa obsesión del escritor salió a la luz. Cuando La Felguera publicó “El hombre que amaba a las niñas” el eterno soltero de Oxford se convirtió en el pedófilo de la literatura infantil y con esa revelación “Alicia en el país de las maravillas” también le dio un vuelco a su propia historia.

“Es un secreto desconocido para las almas frías y crueles,
aunque arriba lo cantan los ángeles,
con las notas claras para los oídos que oyen.
¡Y el nombre del secreto es Amor!
Creo que es Amor.
Siento que es Amor.
¡Sé que no es nada más que Amor!”.

“Una canción de amor” (fragmento)  – Lewis Carroll

Para Dogson no existía la locura, lo único en lo que él
creía era en un sueño y ese sueño lo llevó a
desenterrar sus peores perversiones.


En versos y otras líneas se escondía la verdadera intención de Dogson, un hombre que sufrió eternamente la imposibilidad de vivir un idilio con quien amaba. Él sabía que no era correcto, pero en su corazón no mandaba la razón, así que decidió crear un mundo de fantasía en el que todo fuera posible. La vida de Alicia a través del espejo fue ese lugar donde él podía declarar a los cuatro vientos lo que sentía por la pequeña, pero también fue donde el imaginó que algún día ella comenzaría a amarlo a él. El País de las Maravillas está al revés, en él todo carece de lógica y la ficción es la única realidad. Para Dogson no existía la locura, lo único en lo que él creía era en un sueño y ese sueño lo llevó a desenterrar sus peores perversiones.

“Pero aún me hechiza, como un fantasma.
Alicia moviéndose bajo aquel cielo,
jamás visto por ojos desvelados”.

Además de las cartas y los secretos que la historia de Alicia guardan entre líneas, Dogson llegó a proponerle matrimonio a Alice Liddell y también le pidió que posara para él con un vestido hecho de nada. El escritor no consideró que fuera un error garrafal o un pecado imperdonable, menos dentro del mundo que construyó para Alicia y para él, pues en un país donde todo es maravilloso, inimaginable y extraño ¿cómo no iba a ser posible una relación amorosa entre un adulto y una niña de 10 años?