MAR
NOV
13
MAR
NOV
13

MIL PALABRAS (102)





22 diciembre, 2017

 

LIBERANDO A LARRY

Lo he conseguido. Primero me di de baja de Twitter-tampoco era de los tuiteros compulsivos, ni mucho menos-y ayer fue el turno de Facebook; conservo WhatsApp por la comodidad que supone contar con un sistema de comunicación telefónica y mensajería vía internet de carácter global y mucho más barato. En resumidas cuentas, me he alejado definitivamente de las redes sociales y de algún modo, que ahora resulta gratificante reconocer, soy libre.

Atrás queda el impulso matutino de repasar las redes, ese territorio acotado por millones de personas interesadas en decir algo de sí mismas y, naturalmente, recibir el premio del reconocimiento de otras en forma de “me gusta” a cualquier publicación, desde la foto de la mascota recién comprada, pasando por un plato favorito en un restaurante de moda o aquel viaje a las playas de arena blanca de Punta Cana para que conste en el inventario de una vida que sólo se justifica a partir de un post. Eso es lo que han conseguido Zuckerberg y compañía: simplificar la existencia de las personas. Y eso son las redes sociales, un aparentemente simple entramado de relaciones interpersonales, amigos y amigas que fueron, son, y sólo la Providencia sabe si serán, pero que en el fondo del asunto es el mayor registro global de la historia de seres humanos en un mismo espacio etéreo, a saber la denominada nube digital.

Por eso decidí dar un paso al costado. A nadie le importa si me he comprado un gato gordo y de pelambre roja llamado Garfield o almorcé capelletis con carne estofada en Papa John’s o pasé la Navidad pasada en Barcelona con mis parientes; tampoco es asunto mío que un amigo o amiga, o lo que sea, estrene un apartamento en Kensington Gardens o el alcalde de Tarija registre el mayor número de tuits del departamento. Nada de eso es noticia, pertenece al ámbito privado y es ahí donde debe quedarse sin que nadie tenga el derecho de entrometerse opinando, insultando o simplemente agradando. Tampoco me importa si usted lee esta columna en la edición impresa de El Periódico o en la digital donde le puede dar “like” o no; me interesa que me lea, simple y llanamente y de ser así, que quien suscribe haya conseguido hacerle pensar o generar algún tipo de reacción sea favorable o no. Pero no pierda su tiempo rastreándome en la red social porque no pienso volver.

Más difícil será convencer a mi hijo adolescente. Aunque en reiteradas ocasiones he tratado de explicarle la importancia de la intimidad, él cree-como su generación de “millenials”-que el conocimiento está concentrado en ese universo digital y que cualquier persona que sepa leer y escribir tiene, puede y debe expresarse en libertad diciendo lo que le venga en gana. No seré yo quien le niegue ese derecho; pero como padre es mi obligación recordarle que la vida es muy corta y que no hay don más preciado que ésta. No hace falta, por lo tanto, que la divulgue y comparta con millones de usuarios en busca de una justificación para llenar un vacío interno. Pero eso son cosas mías. Muy mías. De momento, ya dejé libre a Larry, el pajarito.