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La castañeda inglesa, el palacio de la locura del siglo XVII






7 diciembre, 2017

Cultura Colectiva

A La Castañeda, el manicomio más importante de México a comienzos del siglo XX, se le llamaba “Las puertas del infierno”. Se creía que, a la manera del suplicio que Dante retrató minuciosamente en la ‘Divina Comedia’, en ese lugar existían los condenados a sufrir por toda la eternidad.

Los estudios de psicología y locura aún no eran sistemáticamente añadidos a los programas universitarios en ese entonces, los tratamientos en el manicomio mexicano eran brutales y con regularidad significaban terminar con la poca cordura de los internados. Fue hasta casi 70 años después que uno de los trabajos más importantes sobre locura fue publicado y los centros de reclusión comenzaron a ser reestructurados: La ‘Historia de la locura en la época clásica’ (1967), de Michel Foucault. En este estudio, el filósofo francés aborda la locura desde una visión crítica en concordancia con su teoría del poder :

“La locura no se puede encontrar en estado salvaje. La locura no existe sino en una sociedad, ella no existe por fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan”.

Foucault se refería a que si bien la locura (los trastornos mentales) ha existido desde que la humanidad dejó África, concebirla como una enfermedad que exige la separación y la reclusión de aquellos que la padecen es una actividad reciente. Siglos antes de La Castañeda, existió en Londres el hospital psiquiátrico más terrorífico y famoso de Europa: Bedlam.

Su nombre oficial era Hospital Real de Bethelm, y como muchos centros dedicados a la salud mental, comenzó como un convento. Construido en el siglo XIII como un repositorio dedicado a Santa María de Belén, este palacio comenzó a operar en 1676, cuando fue reconstruido casi por completo. Era tan opulento que sólo podía ser comparado con Versalles; es por eso que comenzó a ganar fama hasta lograr a convertirse en una de las atracciones más importantes de Londres junto a la Abadía de Westminster y el zoológico.

En 1681 eran tantas las personas que iban a Bedlam –se aproxima que eran unos 96 mil visitantes al año– que los gobernadores de la ciudad llegaron a quejarse de “la enorme cantidad de personas que vienen a diario para ver a los llamados ‘Lunatickes’ (contracción en inglés de lunáticos y tickets)”.

Aunque los comentarios negativos sobre la desenfrenada cantidad de personas que pagaba por ver a los lunáticos en ese lugar llegaron al estado, la verdad es que el hospital podía continuar con sus actividades y servicios gracias a esa actividad. En Bedlam había espacios acondicionados especialmente para observar a los internados, como en una vitrina. Se trataba de un espectáculo grotesco, no por la condición de los reclusos, sino por su exhibición pública como fenómenos y bestias.

El único sitio palaciego de Londres llegó a aparecer en varias obras de Shakespeare, como ‘Hamlet’ y ‘Macbeth’. La reconstrucción era tan pesada en su exterior que al interior comenzó a desquebrajarse. Cuando llovía el agua corría por las paredes a tal grado que el suelo cedió y los rumores sobre que ese lugar era un lugar más cerca de infierno que cualquier otro en Londres, comenzaron a ir más allá de las islas británicas.

El edificio era como la política de Reino Unido en esas épocas: una cara bonita con problemas turbios y desastrosos en su interior.

En 1815 el Hospital de Bethlem fue derribado, y así las espantosas condiciones en las que vivían las personas internadas ahí para ser estudiadas y observadas como atracciones circenses, terminaron. Sin embargo, como se dijo arriba, el estudio de la locura no fue algo humanamente tratado sino hasta cruzar el umbral del siglo XX, después de la revolución freudiana. Hoy día, el hospital funciona como una instalación de vanguardia y un museo abierto al público.


La locura no tiene sentido si no existen unos valores y normas sociales a los que se contrapongan. Todo lo que no se considere “normal” se considera locura, como queda cercanamente demostrado en ‘La Castañeda, el palacio de la locura’. Este manicomio mexicano lo puede conocer a través de la novela ‘Nadie me verá llorar’ de Cristina Rivera Garza y al ver los trabajos de ‘El pintor mexicano que retrató los rostros de la locura en La Castañeda’.