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MIL PALABRAS (83)





19 noviembre, 2017

 

CHILE NO VA

Cada vez entiendo menos las reacciones mezquinas de algunas personas, en particular periodistas alineados con una posición poco racional y muy chauvinista, que se consuelan con el hecho evidente de que no iremos a competir al Mundial de Fútbol de Rusia 2018 porque la selección de Chile también lo verá por televisión. En realidad, alardear de ese falso patriotismo en desmedro del vecino de al lado pone de manifiesto la escasa capacidad de empatía hacia un pueblo, el chileno, que poco o nada tiene que ver con sus líderes y representantes políticos que dejan bastante que desear.

Es absolutamente comprensible que las deudas pendientes derivadas de la Guerra del Pacífico (1879) con Chile definan de algún modo la relación de los bolivianos hacia ese país, especialmente los reparos naturales que genera en el común denominador de nuestra sociedad cierta actitud de beligerancia expresada por el Gobierno de la presidenta Michelle Bachelet y en particular su canciller, Heraldo Muñoz. Otra cosa es el sentimiento de la sociedad civil chilena que, en líneas generales, desea una solución pacífica y por lo tanto acordada a la demanda marítima boliviana. Resulta que para los chilenos, ahora mismo, hay otros problemas que seguramente deberá atender con urgencia el gobierno entrante el próximo mes de marzo, a saber, reforma educativa, conflicto mapuche, reforma sanitaria y de pensiones y matrimonio igualitario. Se trata de cuestiones de orden interno, doméstico, que en su momento no pudo si supo atender Bachelet y que con toda probabilidad figurarán en la agenda presidencial sobre todo porque la economía chilena atraviesa por un periodo demasiado largo de recesión, hecho incuestionable que obliga a un golpe de timón tan contundente como efectivo. Si a este panorama se suman las controversias con Bolivia está claro que el chileno de a pie exige soluciones inmediatas.

Por ello causa estupefacción que desde el Gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) se tipifique a ciertos medios de comunicación ubicados en la otra banda del río de “prochilenos” y a los analistas políticos cautos y racionales de “traidores”, a tiempo de aplaudir ruidosamente que alguno de los iluminados nocturnos aprovechen un micrófono para situarse al nivel de pobreza intelectual del futbolista Arturo Vidal para decir “nosotros no vamos, pero Chile tampoco va”. Con esta absurda demostración de chauvinismo rancio y patético nos hacemos daño todos, propios y extraños simplemente porque no es necesario tener a Chile en un punto de mira permanente mientras sigue su curso la demanda marítima presentada ante La Haya. Los abogados de carrera (verdaderos juristas cultores de la Ciencia del Derecho diferentes a los picapleitos) recomiendan que todo proceso se mantenga ajeno a la caja de resonancia mediática a fin de evitar cualquier posible intoxicación que pueda afectar el fallo de la corte. Pero como la política lo impregna todo a un lado y otro de la frontera común, no parece quedar demasiado espacio para la prudencia y la reflexión. Quizás ahora no lo veamos con perspectiva (la boliviana apenas alcanza hasta fin de mes), pero cada día que pasa libramos un caso de monumental relevancia histórica ante uno de los tribunales más exigentes, creíbles y rigurosos del mundo por lo que sería deseable que alguien pusiera cordura en este embrollo de pronóstico reservado sin caer en el fácil y recurrente discurso antichileno que hace más mal que bien.