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Los pugs y la deformación animal como capricho y egoísmo humano






18 noviembre, 2017

Cultura Colectiva

¿Demasiado tierno, verdad?

¿Alguna persona con un mínimo de humanidad sería incapaz de hacer daño a una criatura tan bella como la de la imagen?, ¿a ese simpático amigo con la cola enroscada, una mirada tan torpe como dulce, formada por los ojos separados entre sí y el hocico achatado con la lengua de fuera? De ninguna forma esta criatura podría representar algo malo, ¿cierto?

Los pliegues en el mentón y alrededor del cráneo son suficientes para morir una y otra vez de ternura, luego de mirar su cuerpo regordete andar con gracia y acudir alegre una y otra vez al llamado de las voces familiares. Cualquier dueño se haría responsable de hacer todo lo posible –según sus capacidades– para darle la mejor vida. Ningún amante de los seres vivos o la naturaleza podría cerrar su corazón y negarle una caricia. Mucho menos permitiría que alguien o algo le hiciera daño, ¿o sí?

Solemos creer que la crueldad y el maltrato animal sólo se manifiestan a través del aislamiento, la mutilación, violencia física, explotación o abandono. Sin embargo, existe una forma aún más cruel de hacer daño a los animales, exclusiva de los humanos, que no sólo se limita a un sólo ejemplar, sino que actúa sobre una raza o grupo determinado y se perpetua más allá de la vida, con efectos nocivos que se alargan generación tras generación.

Perros y humanos, una relación especial

Antes de la agricultura, de la construcción de grandes ciudades y de la escritura, los perros y humanos forjaron una relación de supervivencia mutua: mientras los hombres nómadas recorrían el mundo y se asentaban en poblados irregulares cerca de fuentes de alimento, se encontraron con los mamíferos descendientes de los lobos al borde de los espesos bosques y ríos. Era el principio de una relación funcional llena de beneficios para ambas partes y el primer animal domesticado.

Los perros dejaron de lado su naturaleza salvaje, ofreciendo protección y fidelidad a cambio de alimento seguro. Los humanos encontraron un compañero invaluable, con el oído y olfato mil veces más desarrollados y una extraordinaria capacidad de adaptación a los distintos climas y realizar distintas tareas.

Durante miles de años, la relación hombre-perro se mantuvo impulsada por este principio. Los ejemplares caninos se reproducían sin demasiado interés del humano, que sólo se esforzaba por asegurar su reproducción. Era el principio de la selección artificial, el proceso a través del cual los humanos manipulan a otras especies vivas e intervienen en su reproducción, seleccionando las cruzas; tratando de anticipar sus características futuras según sus intereses. Se trata de un paso decisivo que ayudó a crear la mayoría de granos, frutas y vegetales que conocemos actualmente.

La crianza canina y el darwinismo social

De la mano de la selección artificial, los perros se diversificaron en razas y algunas se especializaron en trabajos específicos, como cazadores, cobradores, boyeros. Pastores o auxiliares en el transporte y la carga. Tal relación se mantuvo sin sufrir modificaciones mayúsculas hasta el inicio del siglo XIX, cuando una idea tan polémica como poderosa invadió las conciencias de la Inglaterra victoriana.

El darwinismo veía luz en el seno de una sociedad altamente clasista y polarizada, que experimentó más cambios en el último siglo que en el milenio pasado. “El origen de las especies” (1859) llegaba para confirmar la evolución como un hecho histórico demostrado científicamente y al tiempo que se revolucionó la biología; traducido al contexto social como un perfecto argumento pseudo científico para legitimar la “superioridad” de una supuesta clase o raza sobre otra.

 
La influencia del darwinismo social no se limitó a los ideólogos racistas y sus torpes consideraciones sobre la competencia humana por el derecho a subsistir, también permeó en todas las actitudes de la élite de entonces y las mascotas no fueron la excepción. La aparición de organizaciones y clubes de crianza canina otorgó especial atención a la selección artificial de cada uno de los ejemplares, con el fin de obtener una raza cada vez más “pura”. La eugenesia estaba en marcha y los perros fueron los primeros seres vivos en someterse a un proceso que, lejos de responder a una mejora en los caracteres hereditarios, se basó en criterios estéticos y de status social.

Pugs, reflejo de la crueldad y el egoísmo humano

A diferencia de la selección natural, que se encarga de elegir a los individuos mejor adaptados al entorno para asegurar su reproducción y descendencia, dotándolos de caracteres evolutivos que responden con éxito al medio, la selección artificial puede seguir un derrotero totalmente distinto. En el peor de los casos, la reproducción continúa y sistemática de estas cruzas sin reparar en la salud, puede generar organismos incapaces de subsistir por sí mismos, menos adaptados y con graves problemas genotípicos y seguir el curso vital de cada especie, dando como resultado la existencia de organismos que naturalmente nunca habrían existido.

El mejor ejemplo de un proceso de selección artificial irresponsable y sus consecuencias son los pugs. Detrás de las características que hacen de esta raza la favorita de millones de personas alrededor del mundo, se esconden un cúmulo de enfermedades que revelan no sólo ignorancia humana, también y por supuesto, crueldad animal oculta de amor y cuidados.

El origen de esta raza data desde la antigua China, cuando se utilizaban como animales de compañía para la realeza; sin embargo, los pugs de entonces eran distintos a los que conocemos hoy. Numerosas obras de arte de inicios del siglo XIX (justo antes de la existencia de clubes de crianza canina) dan cuenta de la morfología original de la raza, cuyas características no variaban en demasía con respecto a los perros promedio, con un cráneo de hocico prominente, cola angulada sin forma de rosca y una cruz alta, además de patas acordes a su altura.

Los estragos después de casi doscientos años de selección y crianza –cerca de dieciséis generaciones caninas– elegidas por el hombre y su egoísmo, son evidentes: los pugs sufren comúnmente de infecciones y otros problemas oculares, debido a que su hocico alargado, propio de los caninos, se consideró un rasgo del que se podía prescindir y en su lugar, eligieron los ojos grandes y separados, cuyos párpados son insuficientes para evitar contacto con agentes externos.

En su lugar, apareció una nariz achatada y una mandíbula exageradamente pequeña, que redujo las cavidades nasales, provocando la aparición de razas braquiocefálicas con problemas para respirar, una regulación deficiente de temperatura, dificultad para tragar y trastornos como la apnea del sueño y el reflujo gastroesofágico. La notable disminución de su tamaño, acompañada del aumento de su peso los hace poco aptos para ejercitarse y propensos a desarrollar obesidad. Su condición atlética natural desapareció debido a lo corto de sus patas.

En septiembre de 2016, la Asociación Británica de Médicos Veterinarios inició una campaña enfocada a los amantes de los animales y propietarios de mascotas para evitar adoptar y hacerse de esta raza. Consecuencia a que los casos de pugs con enfermedades propias de su fisonomía y los cambios provocados por la selección artificial repuntaron trágicamente en el Reino Unido y en la mayoría de los casos, la mejor opción para librar a estas criaturas del sufrimiento era optar por la eutanasia.

El llamado no tuvo el suficiente eco mediático y su repercusión no generó la conciencia suficiente como para evitar la adopción y reproducción de esta raza. Pocas asociaciones, medios de comunicación y sociedades canófilas respondieron a la campaña, ya que en lo alto de la cadena de reproducción canina se encuentran los clubes de crianza, auspiciados por veterinarios y empresas dedicadas a las mascotas, que ganan millones de dólares por ofrecer animales de “raza pura” y que al mismo tiempo –y en palabras de The Guardian– son un desastre anatómico.

La doctora Rowena Packer, médica veterinaria e investigadora del Royal Veterinary College, afirmó para el medio británico que la selección artificial en los pugs, más que responder a un diseño funcional tal como ocurre en la naturaleza, es producto de un criterio estético: la forma de su cara, un fin buscado sin reparar en los daños a su salud.

“Hemos estado seleccionando pugs por la forma de su cara, pero su naturaleza no es compatible con ello…”

Ante la cruda realidad de la crianza y reproducción de organismos no aptos para la vida y lo lucrativo del negocio, la postura de indiferencia de los clubes de crianza canina es clara. Pocos son los médicos veterinarios y especialistas en la salud que se atreven a levantar la voz ante tal aberración, muchos también son criadores y viven de la compra y venta de seres vivos.

“El aumento en la popularidad de estos perros ha aumentado el sufrimiento de los animales y dio lugar a malestar de las mascotas para los propietarios, por lo que animamos a la gente a pensar en la elección de una raza más sana o mestizaje en su lugar”.

El menos culpable de esta cadena de maltrato y crueldad animal es el dueño que tiene en casa a una mascota tan adorable como un pug. Como propietarios, es su deber cuidar de su fiel compañero y ofrecerle lo mejor hasta el final de sus días; pero resulta necesario concientizar sobre el problema y dejar a un lado el egoísmo superficial, evitar su reproducción y optar por la esterilización.

Por más complicado que resulte digerirlo, la raza lleva consigo una huella indeleble de la violencia y el egoísmo humano, que no se materializa en golpes ni se expresa a través de moretones, mutilaciones o sangrado, sino en el ADN. En las mutaciones que produjo la absurdaobsesión humana por encontrar una cara redonda y bobalicona, que hizo que de una especie, hace tres siglos, sana, se convirtiera en un desastre anatómico.

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