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EL “SAERE” ASENTAMIENTO INCAICO EN EL VALLE DE PADCAYA






5 noviembre, 2017

 

 

A principios del siglo XVI, la avanzada incaica llegó por el Abra de Pinos de la cordillera de Camacho una gran comitiva a la cabeza del Inca Sayri Yupanqui, después de cruentas luchas con los chiriguanos que poblaban el valle de Camacho, Alisos, Tacuara y alrededores, para posteriormente proceder a su asentamiento y población en el lugar denominado “El Saere”.

 

Por hábito, el incario denominaba al primer pueblo conquistado y organizado con el nombre del Soberano o Jefe de la tribu, motivo por el cual la comarca del actual Cantón Orozas Abajo, denominado con su  primitivo nombre “El Saere” es la actualmente comunidad de “El Saire”, en probidad al Inca conquistador.

 

La región que comprende desde las faldas de la cordillera de Camacho, hasta el Alto de las Minas en el Cantón Orozas Arriba, estaba poblada por un espeso bosque. Camacho, Alisos, Tacuara, Chaguaya y otras comunidades aledañas eran cubiertos de pinos, alisares y queñuales coronados por el volcán de El Pabellón, cuyas huellas de actividad volcánica fueron registradas en los campos de Chaguaya con residuos de hierro y lava, cuyo cráter está cerrado. Rosillas, Padcaya, Orozas Arriba y Abajo estaban cubiertas de inmensos y seculares algarrobos, molles, chañarales y jarcas; y variada fauna que brindaba a los primitivos chiriguanos el alimento y la pesca en el río Orozas, con la especie piscícola conocida como “pez dorado”  que dio lugar al nombre de Orozas por el color oro del pequeño pez de ese río que atraviesa toda la comarca.

 

La llegada del Inca Sayri Yupanqui con sus huestes guerreras armadas de hondas de lana y pica, peligrosas y eficaces, posibilitó someter  a las  tribus chiriguanas provistos de flechas y lanzas que hacían efecto solo a corta distancia, a diferencia de la los invasores quechuas que aseguraron su avance y conquista con la construcción de pucaras a manera de fortalezas, formando troneras desde donde con sus hondas hacían estragos en las filas enemigas. Las pucaras o fuertes incaicos aún se conservan en el cerro de San Miguel, Abra de Rosillas.  Diestros en el arte de la guerra, su excelente organización y severa disciplina, los invasores incaicos dominaron a los chiriguanos obligándolos a refugiarse a través de los valles de Tariquía y Bermejo, consolidando su dominación en la hoya que ocupan los cantones Camacho, Tacuara, Chaguaya, Rosillas, Padcaya, Orozas Arriba y Abajo y La Merced. Los quechuas llegaron hasta Cachimayo donde formaron un pequeño reducto.

 

LA COMUNIDAD DE “EL SAIRE”

 

Una vez pacificado el entorno de la avanzada quechua, estos se agruparon para organizarse y establecer un pueblo con el propósito del desarrollo de actividades agrícolas que habían aprendido de sus ancestros en la región del Cuzco. De esa manera se dio origen al pueblo de “El Saere”, con una extensión aproximada de un kilómetro  y medio de ocupación, sobre los contrafuertes de las colinas que rodean la cuenca de la quebrada de Rosillas. El asentamiento indígena estaba edificado con baldozas con una simetría geométrica coincidente con las estructuras de un edificio principal para albergar al jefe incaico. Alrededor de esta estructura, se construyeron una aglomeración de viviendas de forma de circular para proteger el edificio principal de ataques del enemigo o para prestar pronto auxilio. La actividad principal del pueblo quechua era la agricultura el cultivo del maíz, quinua y frutos del algarrobo además de la caza como principales fuentes de alimentación.

 

La actual comunidad de El Saire es un extenso sitio de unas 10 ha con varias estructuras de paredes de piedra. Ibarra Grasso (1973: 342), quien visitó este sitio, reconoció la existencia de cerámica de origen Chicha y material lítico de procedencia incaica. Destacó la abundancia de los objetos de piedra entre los que menciona cuentas de collar de malaquita, puntas de flecha de reducido tamaño, hachas pulidas, fuentes y gran cantidad de torteros, adornos y colgantes con representaciones zoomorfas. Arellano López (1984), quien también registró el sitio, lo considera como perteneciente a la “Cultura Tarija”. Rendón (2004) describe a la cerámica del sitio como de carácter local, aunque dentro de un “conjunto cerámico meridional” que incluye a las regiones de Yavi y Tupiza.

El sitio correspondiente a una fortaleza

incaica acusa severa destrucción por acción antrópica con una gran cantidad y variedad de cerámica en superficie, hecho que ratifica como un sitio de ocupación incaica. El lugar se encuentra atravesado por un camino empedrado, que ha sido en parte destruido por obras modernas.

 

 

Las muestras de cerámica en superficie presentan diversidad de materiales y técnicas decorativas, entre ellas engobe de color rojo violáceo pulido, pintura negro sobre rojo, negro sobre marrón claro, negro sobre rojo amarronado, negro sobre rojo anaranjado, negro sobre rojo violáceo, rojo sobre rojo, incisos, fragmentos pintados son similares a los ilustrados por Nielsen et al. (1999: 103) como pertenecientes a los grupos Yavi-Chicha y Colla. Estos fragmentos se caracterizan por una decoración consistente en áreas sólidas pintadas en negro, alternadas con diseños geométricos concéntricos sobre fondo rojo. Los bordes internos presentan semicírculos rellenos de negro.  El registro documental del año 1947 señalado por  Eloy Aparicio Ruiz, (Editorial La Comercial -1947), establece la existencia de ruinas de edificaciones, aparejos de cocina, piedras ahuecadas para uso como molino de cereales, además de cerámica, pinturas en vivos colores que representaban expresiones del imperio incaico, vasijas, hachas e instrumentos cortantes. Construcciones de hornos de fundición permiten aseverar el conocimiento de la fundición del cobre y el plomo como asimismo collares de hueso y cristal de roca, siendo los rebaños de llamas el medio de transporte de carga y el uso de la lana para la confección de vestido, hechos que demuestran un alto grado de civilización, superior a los chiriguanos.

 

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