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En tela de juicio





16 octubre, 2017

 

Por Ramón Grimalt.

Acabo de regresar del pago. Participé en el lanzamiento de una ecomaratón destinada a la reforestación del Rincón de la Vitoria, una iniciativa que aúna los esfuerzos de un grupo de organizaciones no gubernamentales y de una joven fundación. La verdad es que siempre he sido muy escéptico con las maratones, las teletones y las campañas destinadas a recaudar fondos. Quizás porque soy periodista y la duda y el hecho de dudar, un verbo que todos los que nos dedicamos a esta pega deberíamos conjugar con más frecuencia, forman parte de mi modo de ver y entender la realidad que me rodea. Siempre he dicho que el periodismo no es una ONG; esa labor se la dejamos a los comunicadores sociales que pueden y deben hacer lo que consideren conveniente en el marco de la responsabilidad social empresarial. Pero nosotros, que nos dedicamos a contar hechos, estamos en otro mambo. Gracias a Dios.

Esto no significa que minimicemos o denostemos los esfuerzos por hacer de esta tierra un espacio común donde vivir mejor, al contrario. El periodismo responsable cubrirá el evento como un hecho noticioso, importante para el común denominador de la sociedad tarijeña, iniciando a partir del fin del ruido natural de la campaña, una fiscalización lo más exacta y apegada a la realidad posible. Se comprobará, por lo tanto, el destino de los plantines en cuestión, se hará seguimiento de todo el proceso y se corroborará si, efectivamente, se consigue el objetivo tan anhelado. En realidad, eso es lo que haría un periodismo alejado de la demagogia y el convencionalismo. Lo que vaya a suceder, por cierto, lo ignoro aunque lo presumo conociendo a mi rebaño. Temo que nos quedemos con la forma y no vayamos al fondo; que empecemos a comer la torta por la cereza y no tengamos la capacidad suficiente para separar las capas de crema chantilly, pastelera y dulce de leche; que, en definitiva, acabemos aceptando la versión oficial.

Alguien me dijo una vez “ustedes los periodistas siempre andan buscando el pelo en la leche” y asentí dándole la razón. Recuerdo que le respondí: “¿y si no lo hacemos nosotros, quién lo hará?”. Por supuesto, no obtuve ninguna respuesta. Claro que eso fue antes de que todo Cristo se convirtiera en paladín de la verdad en las redes sociales. Hoy cualquiera hace de periodista parapetado, en muchos casos, en un nombre falso subiendo a la red global cualquier hecho sin que éste haya sido procesado profesionalmente para ser considerado información. Sin embargo, Facebook y Twitter, aun Instagram están consideradas fuentes confiables por la mayoría de sus usuarios y, si puedo decirlo, por los medios de comunicación convencionales. Pero no es mi caso. Parafraseando a Mariano Melgarejo, “confianza ni en la camisa” y puedo decir sin ambages, que no me ha ido mal del todo en mi carrera.

Quizás sea por eso que rechazo cortésmente cualquier invitación para dar charlas en universidades; soy incapaz de asociar el periodismo con una causa simplemente porque la causa del periodismo es contar la realidad, interpretar un contexto determinado y acercarse a la verdad de los hechos. Para alcanzar ese objetivo es preciso poner cada uno de los elementos en tela de juicio. Y eso es, y no otra cosa, el periodismo tal y como yo lo entiendo.

 

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