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SEPTIEMBRE 26 DE 1932






15 octubre, 2017

Vuela un avión sobre el Fortín. Esta vez el Gene­ralísimo impetra y amenaza al mismo tiempo: “Tres o cuatro días más y la otra División de refuerzo, al brio­so empuje de sus bayonetas, logrará vuestra liberación. No obstante es preciso que restrinjáis vuestra alimenta­ción reduciéndola a lo más estrictamente necesario. El alimento moral bien puede compensar las privaciones físicas…¡Dios está al lado de las causas justas!”. Decididamente, el Generalísimo ha perdido los estribos. . . Cree contar con divisiones fantasmas. ¿Por qué no ordenó la retirada, si no tenía el deseo de com­prometerse en una batalla decisiva? ¿Por qué no ordenó evacuar Boquerón para atraer al enemigo a una segun­da línea de defensa? El Generalísimo confía en Dios y en un sistema de refuerzos por “cuenta gotas”. Sos­tiene que el alimento moral compensa las privaciones físicas. . . A mi cebado Generalísimo yo desearía verle ayunar un solo día. ¿Por qué nuestros grandes hombres asumen papeles que no les corresponden y hacen sufrir a sus pueblos toda suerte de calamidades?. Esta vez, sí, que las vi negras. . . Al atardecer y en vista de la calma reinante, nos hallábamos tendidos sobre una “chapapa” conversando Joaquín Reynaga, Samuel Rocha y Pedro Collorana. Los dos primeros conscriptos son oriundos del risueño Quillacollo y el último altiplánico. Oía extasiado los comentarios sobre sus audaces, según ellos, escaramuzas amorosas con unas cholitas de Tupiza, a su decir, también, bastante “competentes”. . . En esto nos interrumpe un golpe de fuego de ametralladora enemiga. No tardamos en lo­calizar el sitio de su origen, ayudados por la perspicaz ojeada de Collorana.

Respondemos la incitación con otro golpe de fuego de nuestra “Madsen”. Al intentar cerciorarnos de su efecto, recibimos en plenas narices una rociada de balas y de astillas de los troncos que nos protegen. Pasó mucho tiempo hasta darnos cuenta ca­bal de que aún seguíamos con vida. Rocha tiene incrus­tado un proyectil en el hombro, aunque superficialmen­te.

 

Reynaga nos llama a la serenidad, exhortándonos con una patético: “Jesús, hay que decir mi Teniente: rezaremos mi Teniente”. . . Lo que pasó fue, que los “pilas”, trataban de ubicar nuestra “chapapa”, y consiguieron su objetivo debido a nuestro apresuramiento al dar contestación in­mediata a su golpe de fuego. Descubierto nuestro em­plazamiento, nos apresuramos a construir otro, y mejor “camuflado”, en medio del espeso follaje, desde don­de seguiremos el mínimo movimiento de los tiradores enemigos; pero, creo será hasta la próxima nomás. . .

 

SEPTIEMBRE 27 DE 1932

 

El asedio se intensifica. Vuelan aviones ene­migos a escasa altura. Son “Potéz”, pesados y lentos. Arrojan algunas bombas de fabricación casera. La tro­pa está exhausta. Se ha declarado una epidemia de di­sentería. Nadie logra hurtarse a la tentación de comer “sipoy”, raíz jugosa pero intoxicante que momentánea­mente aplaca la sed. Otros mastican cuero tostado de mulo. Enferma y agotada la tropa sigue combatiendo. Vigila al enemigo de día y de noche. Al mediodía, caliginosa y asfixiante atmósfera, que da la sensación de poderla apartar con las manos o cortarla de un tajo, nubla la vista de los que empuñan el fusil sin darse minuto de tregua. Cejas y pestañas destilan densas gotas de sudor. Es que la temperatura se ha elevado de súbito hasta los 42º a la sombra. Ema­naciones detritus vegetales se confunden con la heden­tina humana expuesta al sol inmisericorde, que todo lo pudre y calcina. Y hasta el apestante vaho que despide el propio cuerpo, se fija en el olfato, cual nauseabunda cadaverina que anuncia el aciago sudario que envol­verá a los mártires guardianes de la honra nacional en Boquerón.

 

El pesado y bochornoso ambiente que flota en rededor, se alía con el enemigo, ocultándole y permitiéndole disparar arteramente sus dardos de fuego, sin que podamos siquiera conservar abiertos los ya ale­targados ojos. Más, ¿es que todos los elementos han confabulado contra nosotros?. No llueve desde que comenzara este macabro pandemónium. Los hombres jadeantes, arañando como enloquecidos el infinito con sus absortas pupilas, parecen intentar romper el empa­ñado espejo de los cielos, para precipitar ilusorias cas­cadas de agua fresca y cristalina… Astroso atuendo ostenta esta legión de varones. Se tiran, como inútiles, chamarras y camisas. Los tor­sos desnudos, semejan sarmentosos gajos, asolados por voraces llamas. Un pañuelo amarrado a la cabeza, con resecas hojas dentro, brinda ingenuo señuelo a los in­solados. . . Sublimizante miseria realza la extenuada figura de estos privilegiados hijos de Bolivia, en su cita con la gloria. . . Digna necrópolis, para los héroes del Pueblo, la bóveda verde, frondosa y magnificente del Chaco Boreal, ¡que es boliviano!.

 

Aprovecho unos minutos libres para visitar a mis soldados heridos. Un galpón en ruinas hace de hospi­tal. Nadie se queja. Imbecilidad colectiva domina a las facciones. Es el dolor adormecido. . . Todo está impreg­nado de un hedor insoportable. La fetidez de la muerte penetra al estómago. . .La gangrena gaseosa corroe la carne, los huesos. . .Mis soldados no me reconocen. Les llamo por sus nombres. Si sólo pudiera mojar sus labios con una gota de agua. . .Pugna en mi pecho la indignación. Les grito: ¡Soldados inocentes!. . .¡Al­gún día revelaré al pueblo que mantuvisteis en alto el sacrosanto emblema de la Patria, pero que también os sacrificasteis, para encubrir la traición de los imposto­res de la retaguardia! Apunta la aurora. Los centinelas de escucha, adelantados a cincuenta metros de nuestras zanjas, in­forman lo que han oído hablar al enemigo durante la noche. Se presume que vienen más tropas de Asunción. Han citado varias veces a los vapores de la Compañía Mianovich y a las cañoneras “Humaitá” y “Paraguay”. Falta un centinela. . .¿Quién? Antolín Mazur­co, de Apolo. Mando buscarlo. Mazurco vuelve en los hombros de un compañero. Me mira fijamente como interrogándome. . . No sé por qué rehúyo el mirarlo de frente. Parece reprochar mi olvido. Lleva en las manos un bulto, son sus intestinos y trata de rellenarlos en el vientre. Hace dos horas los “pilas” le dieron por muerto en su puesto de escucha. Mientras buscamos una manta para transportarlo al Puerto de Socorro, le dejamos solo. Unos segundos, y nos sorprende un disparo. Mazurco, introduciendo el dedo mayor del pie en el gatillo de su fusil, se ha hecho saltar el paladar. . . Desconcertante la determinación. No quiso prolongar su agonía. La pesadilla continúa para nosotros.

 

SEPTIEMBRE 28 DE 1932

A media noche se oye los sones de una banda de música. Las tropas paraguayas corean una canción de guerra que se llama “Campamento Cerro León”. Es la polca de la Triple Alianza. Su letra dice así: “Campamento de la trinchera/Fortín Galpón Che -ví – jaté/Ipúmaco la diana Fortín guaréro – ñé juntá. . .“El día que los bolivianos/ñandé derecho no respetaí/ajá paipé entero/a las armas los mitaí” . Emocionado, siempre sentimental, suena de nue­vo el charango. Clama la voz del Ande, imprecación de alma humilde: “. . . Al ausentarme de ti/vierto lágrimas amargas/y si la ausencia es tan larga/tal vez te olvides de mí. . ./“. . . Adiós, adiós, adiós para siempre, adiós/juraremos con la muerte/los amores de los dos. . .”

Son dos razas distintas puestas frente a frente. La una, fatalista y serena, impasible como la estepa al­tiplánica. La otra, cálida, enervada por el atavismo de su ancestro guerrero. Los “pilas” desafían a la muerte sin miramien­tos. Temerarios, combaten procurando poner en ridí­culo a su adversario. Se mofan de él, se complacen en aturdirlo con gritos salvajes, que imitan los aullidos de las fieras del monte, o el relincho de los potros cerriles. Parece que la guerra les es cómoda. Diríase que complementa el ansía de su vida selvática.

 

Transporte de prisioneros bolivianos

enfermos a Puerto Casado. Paraguay. 1933

 

Llevan blusa y pantalón de tela ligera color ver­de olivo, sombrero de ala ancha, con una parte de ella levantada sobre el rostro, como quien quisiera destacar la prestancia de su porte. Se equipan con poncho arro­llado a la bandolera, bolsa de municiones y de víveres al mismo tiempo, una pequeña lata de agua colgada al cinto, el fusil, el yatagán y unas cuantas granadas de mano pendientes de cualquier lugar en el correaje. A ninguno le falta la “guampa” de cuerno de res para ma­tear. Mezclan la galleta dura con agua, y se dan por bien alimentados. Combinan agua con yerba mate y sacian su sed (tereré). Hacen resaltar la arrogancia de su figura protegiéndose las rodillas y los codos con tiras de cuero de vacuno que los llaman “guarda-montes”. Los zapa­tos los llevan pendientes al hombre, como objeto inútil. El filoso cuchillo lo utilizan para cualquier menester, lo mismo cortan con él su “zoquete” de carne como la garganta del adversario. Tienen tendencia a herir la yugular, debe ser la influencia atávica de las tribus gua­raníes. . . Andan por la espesura con agilidad de tigre. Gritan al hablar, con guturaciones extrañas, que saben a selva bravía. Casi todos cantan y tocan el “mbaracá” (guitarra). Son poetas y músicos. En el combate cuerpo a cuerpo nos aventajan. Lo reconocemos, y por esto preferimos despacharlos a prudente distancia.

 

¡El Infierno Verde es atroz! Los comejenes y los bichos del monte lo invaden todo. Las víboras cascabel pueden morder cuando menos se espera. Las moscas gigantes agusanan las heridas dentro de las cuatro ho­ras. Los mosquitos penetran en los párpados infectán­dolos. El sudor ciega los ojos, pues la temperatura no baja de los 42 º a la sombra; en contraste, los surazos, con sus gélidos vientos, azotan implacables la naturale­za chaqueña. No hay abrigo posible contra tan laceran­te castigo. La avitaminosis diezma los organismos más vigorosos. En tiempo de lluvias, los pantanos cierran las sendas y las picadas. En época de sequía, no se en­cuentra ni una sola gota de agua.

 

SEPTIEMBRE 29 DE 1932

 

Son las dos de la madrugada. Somos citados los ofi­ciales al Puesto de Comando del Coronel Marzana. Nos habla en estos términos: “El enemigo acaba de ocupar una posición en el sector norte de nuestro dispositivo de defensa. Han capturado prisioneros. Nuestra línea está rota y definitivamente no llegaron los refuerzos. El Alto Comando sólo nos ha hecho llegar proclamas pero ninguna orden que altere el curso de la batalla. Por sí no podamos rechazar el asalto de esta madrugada, el Sub-Oficial Carlos de Ávila, enterrará secretamente la bandera del Fortín en un sitio bien ubicado. Deben des­truirse las armas automáticas, puesto que no hay munición para alimentarlas. Siendo inminente el definitivo asalto del enemigo, pregunto a ustedes su opinión”. Hablan algunos oficiales. Pido la palabra y ex­preso: “Mi coronel, sólo unos cuantos de mis soldados tienen diez o doce cartuchos. El enemigo se encuentra a distancia mínima de asalto -50 metros-. Sus tropas han sido relevadas hace una hora. Nuestros soldados no resistirán el cuerpo a cuerpo, porque están aniquilados y postrados físicamente. Quiere decir que ha llegado el momento decisivo”. El Coronel Marzana, concluye: “Dios sabe que hemos cumplido nuestro deber y que lo seguiremos haciendo. Os agradezco en nom­bre de la Patria vuestros sacrificios. Volved a vuestros puestos. . .¡SUBORDINACIÓN Y CONSTANCIA!”. Respondemos: ¡ VIVA BOLIVIA !.

 

El alba. Los “pilas” parten ruidosamente sus ga­lletas. El rumor de sus voces nos llama a la realidad de su número. Destruyo mi liviana contra un árbol y la reemplazo con un fusil. Ordeno a mis soldados calar la bayoneta. Los soldados sanos deben defender a los enfermos y heridos en el momento del asalto final. Cinco de la mañana. El Coronel Carlos G. Fer­nández, Comandante de la I División Paraguaya, soli­cita enviar sus parlamentarios al Coronel Marzana. Se les permite ingresar al Fortín a un jefe y dos ayudantes de campo. Fernández, dice, conoce a fondo nuestra si­tuación: la califica de desesperada y suicida. A nombre de Estigarribia, sugiere una tregua para enterrar a los muertos de ambos bandos. Asimis­mo, ofrece vehículos para evacuar a nuestros heridos hacia Yujra. En estos momentos se inicia un nutrido tiroteo en todo el contorno de nuestras posiciones. En algunos lugares, el enemigo que se encontraba a diez metros de distancia, irrumpe en las zanjas y en vez de ultimar a nuestros soldados a bayonetazos, los abrazan, les dan agua y se apresuran a ofrecerles sus paquetes sanitarios.

 

La verdad es que el Alto Comando Paraguayo, había instruido a sus soldados, para que evitaran el cuerpo a cuerpo, a fin de ahorrarse mayores sangrías, ya que el número de sus bajas hasta este momento, ha­bía sobrepasado toda expectativa. Mientras esto ocurre, y a la distancia, los capi­tanes paraguayos Fretes y Paredes gritan mi nombre. También a gritos les conminamos a no avanzar puesto que nuestros jefes aún están parlamentando. Disminu­yen la marcha, pero prosiguen. Tratan de persuadirnos con razonamientos amables. Sostienen que siempre hemos sido hermanos, que debemos evitar el derrama­miento inútil de sangre, que no tenemos por qué seguir peleando. . . No obedecen a una última intimación. . . Mis soldados abren el fuego a quemarropa. Fretes, he­rido en la pierna, hace alto. Oficiales y soldados paraguayos invaden nues­tras posiciones, en el primer minuto furiosos, pero al percatarse del estado físico de sus adversarios, se apre­suran a extendernos la mano. . .¡ Extraño e insospecha­do desenlace!

 

Somos prisioneros del Mayor Britos, Coman­dante de Batallón del Regimiento “Itororó” II de In­fantería. Cegado por la modorra no atino a medir los acontecimientos en toda su magnitud. Súbita estupidez me invade. . . camino a tientas. . . ¡LA BATALLA DE BOQUERÓN HA TERMINADO!. El Comando Paraguayo hace desenterrar nues­tros muertos para contarlos. Colérico, no admite que Marzana hubiera combatido sólo con doscientos cua­renta hombres en los últimos días. Interrogatorios de guerra sumarios. . . ¿Dónde están las ametralladoras? Están destruidas – es la respuesta general – ¿La bandera del Fortín? Nadie sabe de ella. Con los ojos cubiertos por el sueño agobiante, veo desfilar la otrora altiva columna de mis soldados, rumbo al cautiverio, por los tortuosos senderos del Chaco. . . del infierno verde.

 

El Coronel Gaudioso Núñez, Comandante de la II División Paraguaya, hombre infinitamente humano y exquisito “gentleman”, nos retiene en su Puesto de Comando. Sus oficiales y soldados nos observan como a ejemplares raros. Nos ofrecen reparador mate con leche condensada y galletas. Mezclo estos caros ele­mentos con dos latas de “corned beef” de fabricación argentina. . . Ninguno de nosotros se cuida de engullir raciones que por fuerza tendrán que enfermarnos. . . De pronto, aparece el Coronel Marzana, saliendo de una picada, le conducen con los ojos vendados. Le conteplamos absortos. Las gargantas se anudan. Las lágri­mas inflaman los ojos resecos, imposible de contener los sollozos. Gaudioso Núñez, ordena: “¡Oficiales y soldados del Paraguay, saludad las lágrimas de estos valientes. Los guerreros también saben llorar! ¡Atención!”. Todos se cuadran y saludan. Ellos también llo­ran. Son los soldados que por veintitrés días nos han atacado furiosamente, hasta vencernos.

 

ISLA POÍ

 

Alguien me llama. . . Me presento. El doctor Recalde, Cirujano Mayor del Ejército Paraguayo, me ordena seguirle. Presiento alguna denuncia. . . En el Hospital de Isla Poí me muestra una cama en la que yace un herido. Me interroga: “Teniente, ¿reconoce a este cadete?” No, respondo. “Es el cadete Dionisio Barreiro, a quien usted curó y permitió le recogieran nuestros camilleros des­pués de un asalto. . . El Ejército Paraguayo se complace en reconocer que los oficiales bolivianos son generosos y humanitarios en la guerra. El cadete Barreiro ha soli­citado sea usted atendido junto a él en el mismo Hospi­tal. Puede permanecer a su lado”.

 

ASUNCIÓN

 

Rutilantes luces que copian en las tranquilas ondas del Río Paraguay, dibujan las formas de una ciudad desparramada en anfiteatro. La Cañonera “Hu­maitá” entra en el Puerto de Asunción. Trae a bordo a los prisioneros de Boquerón. Abigarrada muchedum­bre aguarda en los muelles. Los silbidos anuncian la hostilidad colectiva. Cólera y odio concitamos los que, en veintitrés días, habíamos colmado los cementerios y hospitales del Paraguay. Marzana, diez barbudos y rengueantes oficiales y doscientos soldados, somos empujados a tierra; pero no somos seres humanos, sino espectros, cadáveres arrastrándose. Las camisas, hechas girones. Los panta­lones, acortados hasta el ridículo. ¡Ridículo magnífico! Ninguno puede mantenerse en pie. La debilidad física vence a la altivez.

La multitud dispuesta al ultraje, se paralogiza. Vacila. Ha cambiado en segundos la faz de su indigna­ción. . .Grueso velo de lágrimas empaña las pupilas de hombres y mujeres. . .Los prisioneros de Boquerón son piltrafas humanas a las cuales un niño no haría daño. El pueblo paraguayo, hidalgo, no articula un reproche. El estupor y la consternación estrujan las gargantas. . . Un “mitaí” (niño), descubre a nuestro Jefe y Grita: “¡Bravo Marzana!”. Es la señal. La multitud rompe las filas. . .Unos ofrecen agua, otros cigarrillos y “chipás” (pan de man­dioca). Las mujeres preguntan por nuestras madres, quieren saber si tenemos hijos. . . Idiotizados, maltre­chos, malheridos, soñolientos, no atinamos a respon­der. ¡Dormir, dormir! es lo que anhelamos. Ojalá nos fuera dado dormir para siempre.

 

OCTUBRE 10 DE 1932

 

Informe del Comando del Ejército Paraguayo: Estigarribia, si bien consiguió en definitiva una victoria, ésta en lo moral, pertenece a los bolivianos. El Alto Comando Paraguayo ha incurrido en fallas im­perdonables; una victoria más como la de Boquerón y habremos emulado las victorias de Pirro. El procedimiento para la batalla se ha ceñido so­bre hipótesis absurdas que motivaron el empleo de la totalidad de nuestro Ejército, contra una insignificante “cobertura” del enemigo. Boquerón puede caracteri­zarse como una batalla mal prevista, improvi­sada, y sin dirección. La entrada victoriosa de nuestros soldados al re­cinto del histórico Boquerón fue empañada por la vista de la espantosa tragedia que envolvía a sus valientes defensores. Diez oficiales y doscientos cuarenta sol­dados, en último extremo de miseria física, desfilaron silenciosos, hacia Isla Poí. Por todas partes armamen­to destruido, equipo, cadáveres y escombros. En un galpón obscuro, cubierto de harapos, mugre, sangre, estiércol, y gusanos, se revolcaban más de cien mori­bundos sin curación, sin vendas y sin agua. En la pobre medida que le permitían sus propias circunstancias, el Ejército Paraguayo socorrió la miseria doliente de su adversario vencido.

 

PRISIONEROS DE GUERRA

 

Sombríos días de cautiverio jalonan nuestra per­manencia en tierra enemiga. Tribulaciones sin cuento. El martirio implacable del hambre, también es el diagnósti­co generalizado. La Cruz Roja Internacional rubrica el desconocimiento de todo derecho humano a los prisioneros de guerra en el Paraguay. Bajo el ardiente sol del trópico y bajo el látigo esclavista de los custodios sádicamente perversos, diez mil cruces, de diez mil prisioneros, marcan los hitos del progreso caminero en el erial Guaraní.

Soldados bolivianos heridos y prisioneros. 1932

 

Cuadrillas de “prisioneros de guerra” son dados en alquiler para ser subalquilados a los estancieros y capataces de los yerbatales y “capueras” del agro par­guayo. “Trabajos forzados” en las Canteras de Tacumbú y Emboscada. También Cañabé, Cambio Grande, Peña Hermosa, son la fosa común de una generación angus­tiada y encarnecida de bolivianos inermes en poder de los bárbaros negreros. ¡Honor para los que supieron llamarse bolivia­nos en suelo extranjero! ¡Gloria para los que sembra­ron sus huesos en ella! ¡Afrenta para los “estadistas” a quienes Dios perdonará pero que no merecerán de la Historia, ni el perdón de su olvido!

 

EVASIÓN

 

Tempestuosa noche alienta nuestra fuga del Campamento de Prisioneros de Paraguarí. Los Subte­nientes Clemente Inofuentes, Armando Escóbar Uría y yo, tomamos la abrupta ruta de la liberación hacia el Sud “clavado”. Extensos yermos debemos peregrinar incansable­mente, cruzando arroyos y esteros. El caudaloso Tebí Cuarí nos cierra el paso; lo vencemos. Alcanzamos la frontera argentina. Pobladores impiadosos nos cap­turan. Esbirros a caballo nos arrastran al paso de sus cabalgaduras. Somos entregados a la Comisaría para­guaya de Villa Florida en el Territorio de las Misiones. Nos recluyen en las celdas del Presidio de Asun­ción, destinado para delincuentes comunes. Asfixia. Promiscuidad infecta. La hez de la criminalidad para­guaya se revuelca en espantosas aberraciones sexuales. Otra vez el martirio del hambre implacable. Se ha firmado “La Paz del Chaco”. Florecen las esperanzas. . .

 

REPATRIACIÓN

 

Un tren cruza el norte argentino. Detrás queda Formosa. La “Comisión Militar de los Neutrales” nos convida a reparar las fuerzas en una fonda de Tartagal. Espectadores argentinos admiran nuestra torpe avidez. Una mano amiga pone un disco en la vitrola. Son brisas collandinas de allende el Pilcomayo: “. . . Llorarás cuando mañana/tal vez de mí nadie se acuerde/porque del infierno verde/sólo Dios se acordará”. Ganas dan de lagrimear. . . Tiernos, aún senti­mentales. . .

 

EN SUELO PATRIO

 

Aurora preñada de emocionadas alegrías anun­cia la proximidad de la Patria. Cielo Azul y reluciente esmeralda marcan la frontera de nuestras inefables an­sias. . . No lejos, un “palo a pique”, una casita de techo rojo y una tricolor ondulada por suave vientecillo, nos aguardan al parecer alborozados. . . Sones marciales de una charanga militar conmueven el alma obligándola a trances irreprimibles. ¡Al fin! ¡Yacuiba a la vista! Años de angustiada ausencia quedan atrás, orlados de imborrables cicatri­ces. . . Caemos de hinojos, en éxtasis, para coger puña­dos de tierra boliviana, la paladeamos: dulce, húmeda, perfumada.

 

EPÍLOGO

 

Mientras en el Paraguay, el “Presidente de la Victoria”, Eusebio Ayala y José Félix Estigarribia, el “Forjador de los Milagros”, eran conducidos cargados de cadenas a comparecer ante el soberano tribunal de su pueblo, para dar cuenta de sus errores y desaciertos en la conducción de una guerra en la que esa Nación, en resumen, capitalizó ganancias efectivas, en la ciudad de La Paz, hacían su entrada triunfal los “Generales de la Derrota”, derrotados en el campo de las armas, pero vencedores en la liza de las concupiscencias y la inmo­ralidad cívica. Ominoso espectáculo el que estos histriones brindaron a la bolivianidad acongojada, al terminar la contienda, luchando recién, con singular denuedo y arrogante porte, no ya para jugar a la guerra, sino para manosear con mano torpe los destinos colectivos y apoderarse de la más alta magistratura de la República. Infelizmente, en esa menguada hora de nuestros comunes destinos, no estuvieron solos al timón de la Patria desmantelada y empujada a la deriva en el proceloso mar de sus desventuras, también los doctos, consejeros del desastre chaqueño y de la capitulación “La Paz del Chaco de Buenos Aires”, ingenuos e inconscientes, al no medir el desangre humano y la impotencia paraguaya frente a las posiciones de Villa Montes, acudieron come­didamente a su vera, para quemarles mirra en sus tiendas levantadas sobre los escombros de la Patria y aclamar, con rajada voz, sus desatinos gubernamentales y el des­conocimiento de inmanentes derechos populares.

 

Los hechos, que marcan el comienzo del vía cru­cis boliviano en el Chaco, narrados en estas descarna­das páginas, forjadas en las horas de intenso dolor que le tocó vivir a mi generación, angustiada y castigada duramente por todos los infortunios, aureolada con la corona del martirio y dueña de una tradición de lucha en servicio de la Patria en los Campos de Batalla del infierno verde, justifican ante la Historia del Pueblo Boliviano, las causas substantivas que motiva­ron la insurgencia revolucionaria en el campo político, económico y social, de Excombatientes consagrados por su ejecutoria guerrera, como réplica viril y sanción condigna al claudicante y traidor ejemplo que le quisie­ran imponer los derrotados del Chaco.

SACA PUNTAS

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SUMA

Los trabajos y las charlas de salud de la periodista, Karla Revollo, revelando información que es importante conocer, especialmente para los padres de familia, entendiendo que el acceso a la misma es un derecho universal. 

RESTA

El desencuentro entre las instituciones departamentales. Nuevamente el gobernador, Adrián Oliva y la presidente de la Asamblea, Sara Armella, no pudieron concretar acuerdos por los créditos y fideicomisos.